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Representación, Ideología y Recepción en la Cultura Audiovisual

Birgitte Nyborg, la estrella de Borgen

La serie danesa Borgen (Danmarks Radio, 2010-2013) se ha convertido en un ejemplo de ficción de calidad producida desde Europa. Y lo ha hecho con un tema, a priori, nada fácil, la política, y con un protagonismo rotundamente femenino, elementos ambos que, a la par, son poco o nada frecuentes en la ficción audiovisual mainstream.

Protagonizada por Birgitte Nybord (a quien interpreta la actriz Sidse Babett Knudsen), la serie fue creada por el productor Adam Price y los escritores Jeppe Gjervig Gram y Tobias Lindholm. Pone el foco en la llegada excepcional al Palacio de Christiansborg (conocido coloquialmente como Borgen, situado en el centro de Copenhague) de la primera mujer que accede al cargo de Primera Ministra en Dinamarca y, paralelamente, se interesa por las relaciones entre la prensa y la política. Un tercer elemento de interés es la difícil relación, sobre todo para las mujeres, entre empleo (o política) y familia.

El personaje de Nyborg, políticamente, tiene mucho que enseñar en tiempos como los que vivimos. Es una mujer que llega al poder de manera imprevista, tras una compleja coalición con varios grupos políticos distintos. Estas alianzas crean la necesidad de emprender una política de pactos y diálogos constantes donde el personaje de la Primera Ministra destaca por el coraje, la inteligencia y la capacidad de comunicación.

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Desde el punto de vista personal, al inicio de la serie la conocemos como una mujer feliz, que ha establecido un pacto con su marido Phillip Christensen (interpretado por Mikael Birkkjær): él se encarga de su hijo e hija mientras ella se dedica en cuerpo y alma a su carrera política. La pareja, durante muchos episodios, se nos presenta mediante una relación de complicidad y confianza mutua que, más tarde, se resquebraja ante la dedicación exclusiva que exige el puesto que ocupa Nyborg. El precio de estar en la alta política y de la constante vigilancia de los medios de comunicación también será alto para su hijo y, sobre todo, para su hija adolescente.

Este tipo de situaciones, junto a las propias de las esferas del poder, irán cambiando a Birgitte, incluso físicamente: al inicio de la serie aparece algo insegura respecto a su imagen, con cierto interés por perder peso. Más tarde se convierte en una mujer mucho más poderosa en este sentido y renuncia a estas preocupaciones. Al mismo tiempo deja de necesitar el apoyo de personas que primero habían sido esenciales para ella, con las que discutía la toma de decisión política ante múltiples conflictos. Este abandono progresivo de sus mentores indica, por un lado, su propio crecimiento como política pero, además, nos enseña cómo se va endureciendo, perdiendo ingenuidad e, incluso, tomando decisiones que éticamente no hubiera abrazado tiempo atrás. La Primera Ministra se hace mayor políticamente y, con la pérdida de la inocencia, pierde también algunas señas de identidad.

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Con todo, la integridad no deja de ser una parte esencial del personaje, aun cuando algunas de sus medidas, avanzada la serie, demuestran que está inmersa en el círculo de poder de la vieja política, más allá de los intereses ciudadanos. No obstante, ante conflictos clave resurge la mujer honesta que hace lo que se debe hacer y no lo que le permite mantener el poder, una mujer que cree en la democracia y en la necesidad de alcanzar acuerdos más allá de intereses personales o partidistas.

En Nyborg es muy interesante cómo se aborda el rol afectivo. Feliz con una familia que la entiende ante su total dedicación, cuando todo se viene abajo intenta sostenerse con dignidad, especialmente ante la marcha de un marido que parecía que siempre estaría a su lado. La debilidad de una mujer enamorada que no puede retener a su compañero ayuda a construir la humanidad de una Nyborg cada vez más dura en el terreno político, al tiempo que el guion demuestra que la política es inhumana y agotadora.

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Nyborg es también generosa: tendrá que pasar mucho tiempo antes de que escuchemos cómo le dice que, en realidad, Phillip tuvo muy poca paciencia y se fue demasiado pronto. Quizá este aspecto es el que mejor demuestra el difícil coste que la política tiene para mujeres y hombres. Aquel matrimonio tan igualitario se desmorona ante la decepción de una mirada feminista: ni siquiera Phillip es capaz de gestionar el éxito de su compañera y renunciar al suyo propio… tal y como hacen la mayoría de esposas de varones poderosos.

La novedad de Borgen, al situar el poder fuera de la Casa Blanca y con una protagonista mujer, nos ofrece la posibilidad de pensar la política como una actividad necesaria (y democrática) junto a la definición de un perfil femenino positivo en las altas esferas. Borgen, y Birgitte Nyborg en particular, rompen tabúes como la supuesta ausencia de cualidades para la alta política de las mujeres o la imposibilidad de total dedicación a esta actividad cuando se ha nacido mujer.

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