Representación, Ideología y Recepción en la Cultura Audiovisual

“Bridgerton” (Chris Van Dusen, 2020): un drama de época con toques de romance morboso

La nueva serie de Netflix y estrenada la pasada Navidad de 2020 se basa en la saga de novelas de Julia Quinn. Se trata de la adaptación de la novela a la construcción por parte de la productora Shonda Rhimes de una serie de época de la Inglaterra del siglo XIX (que bien nos recuerda a “Orgullo y prejuicio” de la BBC en 1995) con toques de una incipiente reflexión pre-feminista nos sitúa en historias de la Regencia con tintes de cuentos de hadas llenos de decorosos bailes, festines, largos vestidos, apuestos príncipes, hijas perfectas y madres en búsqueda de un buen partido para ellas, cuyo valor se minimiza al importe de su propia dote.

La premisa narrativa de la serie de la plataforma Netflix nos muestra una sociedad donde el sentido último de la mujer (y no se trata solamente de un tópico literario, sino de una realidad tangible) es encontrar un buen marido e insertarse en una buena familia. Se trata de una transacción casi económica y comercial donde la posición social y el apellido es el bien más preciado, aunque sea una máscara muy bien lograda y artificiosa llena de carencias. Las damas se preparan toda su infancia y adolescencia a ser una joven promesa, bella, decorosa, con dotes musicales y que tenga modales suficientes para llevar una vida de aparentar ser la mujer más feliz, aunque su vida esté ligada a un contrato matrimonial perverso donde la pareja, en líneas generales, no se conoce y, quizá, no se atrae ni se gusta. Y donde pasar su vida bordando y organizando almuerzos y bailes, ajenas a las verdaderas ocupaciones interesantes y útiles para la sociedad, obviamente restringidas al género masculino.  

Podemos identificar varios planos narrativos que intentarán aportar un toque de aire fresco a la serie, basada en la familia de los Bridgerton: una voz en off que nos desvela los secretos más íntimos de la sociedad en forma de folletín firmado por una ficticia Lady Whistledown (que avergonzará a algunos por sus pecados indecorosos y dejará en ridículo a otros que no se comportan con respecto a su posición social). Un segundo plano, la escena y la acción en sí misma, con algunas acciones desenfadas porque precisamente la risa y la emoción de la serie reside en las escenas que van más allá del encorsetado estatus, las acciones que desafían los límites permitidos. Por último, un tercer plano que es el personaje coral de la sociedad, representada especialmente por las madres tremendamente preocupadas por hacer de sus hijas el “mejor trofeo”, la “mejor candidata”, dentro del panorama de la temporada de bailes donde se suceden los encuentros sociales para presentar a las damas/hijas en sociedad, que sean reconocidas y puedan desembocar en un enlace matrimonial exitoso; además de ello, la presentación en sociedad supone un gran espectáculo en la época victoriana, incluso para la reina que, como elemento “rompedor” es de color, así como su sobrino, el duque de Hastings, la fuente desencadenante para nuestra otra protagonista, Daphne Bridgerton.

Hija mayor en edad de los ocho hermanos Bridgerton, una rica, prestigiosa familia, Daphne se resiste a los cánones marcados y rechaza la idea de casarse por decisiones ajenas a su propia voluntad, aunque acepta que “su camino” es encontrar un buen marido, desea que el enlace matrimonial se sustente en el amor y no absolutamente en mantener la posición social. Pese a distintas muestras de atención de otros jóvenes de la alta sociedad, será el duque de Hastings quien llamará la atención de Daphne, el cual es un gran amigo de su hermano y no ha crecido en una familia estructurada, sino que ha estado viajando por todo el mundo y su infancia ha marcado su aparentemente fuerte convicción de no casarse y no tener hijos. No obstante, esta convicción está causada por la muerte de su madre tras el parto y por criarse sin el cariño de su padre, que finalmente perderán peso con la tórrida y morbosa historia de amor y sexo con Daphne. El duque, asustado por la responsabilidad que implica una vida conyugal y que va en contra de sus principios, decide huir de Inglaterra, dejando a Daphne destrozada y con una petición formal de matrimonio por parte del príncipe. Aunque finalmente, antes de irse el duque asiste a su último baile en Londres y acaba besando sensualmente a Daphne y lastimando su honor por lo cual debe batirse en duelo con el hermano de Daphne al día siguiente. Finalmente, ella interviene para perdonarle la vida con la condición de que se case con ella por haberla deshonrado, pero con un engaño: el de que él no puede tener hijos. Esta mentira será descubierta por Daphne y respondida al conocer el trauma infantil. 

Otras polémicas ayudan a parodiar esa alta sociedad, cursi, encorsetada, pero donde también aparecen el sexo y el morbo, la cara B de ese lujoso Londres entregado a los placeres más mundanos y la perversión. Existen numerosas escenas de sexo que se agradecen para digerir la representación encorsetada de la sociedad y que también enriquecen la parodia de la misma. Puede leerse la denuncia irónica del mercadeo de las jóvenes en la época las cuales eran vendidas por sus ansiosas madres que lo justificaban para “poder asegurarles un mejor futuro” y para mantener su posición social. 

A pesar de ello, y de los líos de faldas telenovelescos que pueden verse con los Bridgerton, cabe destacar la importante crítica que se hace de las mujeres solas, sin “clase”, ni marido, ni porvenir porque se ganaban la vida como podían o sabían, las cuales sufrían más si cabe el machismo imperante de la época y acaban siendo cosificadas y utilizadas en prostíbulos, ya que la mujer tenía muy pocas oportunidades: cortesana, pobre trabajadora o prostituta, en muchos casos eran los únicos destinos posibles.

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