Representación, Ideología y Recepción en la Cultura Audiovisual

De ángeles caídos: «Midnight Mass» (Netflix, 2021)

El 24 de septiembre, la plataforma Netflix lanzaba la esperada producción de Mike Flanagan Midnight Mass. Lo cierto es que los seguidores de este director esperábamos ansiosamente el estreno del último trabajo de Flanagan cuyo rodaje se vio aplazado por la pandemia y que suponía otra colaboración del creador con la plataforma que se inició en 2011 cuando Netflix asumió, por decirlo de alguna manera, la distribución del primer film de Flanagan, Absentia. Desde entonces, esta colaboración ha fructificado no solo en el hecho de que casi todas las películas de Flanagan están disponibles en la plataforma, sino, especialmente, en la producción de hasta el momento las tres series creadas por Flanagan: The Haunting of Hill House (2018), The haunting of Bly Manor (2020) y ahora Midnight Mass. En todas ellas se despliegan las características esenciales de la filmografía del director: la utilización de elementos clásicos del cine y la literatura del terror/horror que son actualizados, una planificación milimétrica que ayuda a la creación del tono de la historia, el despliegue de una cinematografía que sumerge al espectador en el entorno de la narración y la psicología de unos personajes que se ven absorbidos por ese entorno del que en muchos casos resulta difícil escapar y que sirve para definirlos, la participación emocional del espectador y, finalmente, el desarrollo de temáticas que van más allá de los clichés del género para convertirse en una indagación de la humanidad de los personajes. A lo que se une, sin duda, un elenco recurrente como parte del proceso de autoría.

La llegada del padre Paul (Hamish Linklater) desencadena la acción

Todo ello se aúna en Mignight Mass, una obra calificada por Flanagan de ser la más personal de toda su producción, sin ninguna relación con la novela del mismo título publicada en 1990 por F.Paul Wilson —que alejaría al director de sus más que magníficas adaptaciones—  y que es anunciada en dos películas: Hush (2016) donde la escritora sordomuda Maddie Young (Kate Siegel) recibe la visita de su amiga Sarah quien le devuelve su libro recién publicado Midnight Mass explicándole lo atractivo de los personajes de Riley y Erin y mencionando de pasada al padre Paul; y en Gerald’s Game (2017) en la que una esposada Jessie Burlingame (Carla Giugino) en un intento de escapar de sus ataduras palpa un libro en el estante situado encima de la cama que no es otro que el escrito por Maddie Young. Así, el estreno de la serie es el final de largo proceso creativo o, dados los comentarios de Sarah, el final de la maduración de este proceso.

Dividida en siete episodios, Midnight Mass sitúa al espectador en Crockett Island, una pequeña isla de pocos habitantes que espera la llegada de un nuevo sacerdote que debe ocupar provisionalmente la plaza del padre Pruitt. La llegada del padre Paul (Hamish Linklater) viene acompañada de una serie de hechos milagrosos pero también de acontemientos misteriosos de difícil explicación, inmersos en lo fantástico-siniestro y en lo supersticioso-fanático a partes iguales. De este modo, dos son las coordenadas de la serie que, como no puede ser de otro modo, se van a interrelacionar.

Lo siniestro-fantástico va a combinarse con lo fanático-religioso

La primera de ellas es la que podríamos denominar línea religiosa que lleva implícita un cuestionamiento importante que ha pasado un tanto desapercibido en favor de lo fantástico. En este sentido, no es gratuita la utilización de libros del antiguo y el nuevo testamento para titular cada uno de los episodios de manera que Midnight Mass seguirá el planteamiento conceptual de cada una de las premisas bíblicas. En el primero, «Genesis», la llegada del misterioso-para-las-audiencias padre Paul acompañado de un misterioso arcón a la isla inicia la caída del hombre: un hecho que conlleva no solo el inicio de la trama fantástica sino el planteamiento difuso entre el bien y el mal. Ni que decir tiene que a partir del segundo episodio,  «Psalms» —que en el Antiguo Testamento implica el encuentro con Dios en una dinámica de alabanza y adoración— se desarrollan los milagros de un magnético padre Paul cuyas misas tienen un efecto sanador en los isleños. Ello desata el fanatismo de la ayudante del sacerdote Bev Keane (Samantha Sloyan) capaz de realizar actos esencialmente aberrantes y quien ve en Paul una especie de Cristo reencarnado que ha llegado a Crockett Island para reinstaurar la fe de la que rehuyen algunos habitantes como son Riley Flynn (Zach Gilford), la profesora Erin Greene (Katie Siegel), la doctora/científica Sarah Gunning (Anabeth Gish) y el sheriff musulmán Hassan Shabazz (Rahul Kohli).

El sheriff Hassan Shabazz (Rahul Kohli) y Joe Collie (Robert Longstreet)

Justamente estas reticencias siguen en los episodios tercero y cuarto, «Proverbs» y «Lamentations», donde, de acuerdo con los textos sagrados, se plantea no solo la relación personal con la divinidad sino especialmente se relata la indiferencia de un pueblo pecador a las advertencias proféticas. Dos premisas que en un argumento lineal de Midnigh Mass sirven para reforzar la división entre los personajes adeptos al padre Paul y los reticentes. Una sección argumental quizá un tanto reiterativa en la serie pero que conduce de manera directa a los capítulos siguientes,  «Gospel» —episodio quinto— como fijación de las enseñanzas de Cristo y su transustanciación en la última cena así como «Acts of the Apostles» —sexto episodio— como base para la formación de la iglesia. Justamente este segundo acto y parte del tercero no solo desvelan, como es lógico por otra parte, la realidad de lo siniestro sino que plantea el paralelismo entre la esencia del vampirismo del género del terror y la religión donde la comunión se convierte en  un rito antropofágico-vampírico. Como es evidente, el último episodio, «Revelation», se centra en la derrota del mal, la llegada del juicio final y la institución de una nueva Jerusalén. O, si se prefiere, la destrucción de una comunidad/sociedad fácilmente manipulable, por una parte, y la redención de los personajes, por otra parte.

Riley Flynn (Zach Gilford) y Erin Greene (Kate Siegel)

Y es que esta primera línea que hemos trazado de manera argumental intentando no realizar muchos spoilers de sus giros  discurre de manera paralela a la construcción de los personajes principales de la serie. Todos son ángeles caídos en el sentido más lógico del término ya que una caída implica estar en una situación más o menos de bienestar y/o positiva que se deshace de manera bien gradual bien de forma abrupta. Así, la llegada del sacerdote es simultánea a la llegada a su hogar natal de Riley Flynn, un empresario de éxito, condenado a prisión por la muerte de una joven en un accidente en el que él estaba borracho. Riley se configura como un personaje desplazado y hermético que intenta dar sentido a una existencia marcada por la culpabilidad, los remordimientos y el escepticismo hacia una religión plagada de ritos y de mensajes de redención que considera exclusivamente propagandísticos. Riley se reencuentra con Erin, que en su juventud dejó la isla en la que se encontraba encorsetada, cuya trayectoria personal se ve marcada por la violencia y que, embarazada, regresa a Crockett Island como refugio donde poder criar a su futura hija a la que considera su tabla de salvación.

La doctora Gunning (Anabeth Gish) en una visita médica al padre Paul ante la atenta mirada de Bev Keane (Samantha Sloyan)

La doctora Gunning se configura como el pensamiento científico en el marasmo fanático religioso, por una parte, pero también como una persona marcada por la ausencia de la figura paterna de la que desconoce su identidad y la devoción por su madre. Finalmente, el sheriff Shabazz encuentra en la isla el refugio a la persecución islamofóbica derivada de los atentados a las Torres Gemelas; Shabazz es una persona conciliadora en lo institucional y en lo religioso a pesar de la incomprensión de los isleños. Las trayectorias de estos personajes pivotarán alrededor de la figura del padre Paul quien se desvelará como un personaje bien intencionado quien en su trayectoria personal ha sufrido una crisis de fe, una debilidad aprovechada por lo siniestro —como no podía ser de otro modo dado el género de la serie— convirtiéndose en catalizador y crisol de las dos líneas dramáticas de Midnight Mass. Un ejercicio de condensación de los arcos de los personajes más que envidiable dado el lapso temporal en que transcurre la acción.

Tal como hemos comentado al inicio del post, Flanagan se refiere a la serie como la más personal de todas sus producciones. Así, el director refiere en las entrevistas concedidas su relación con el personaje de Riley compartiendo con él su pasado como monaguillo que le conduce a un cuestionamiento de la religión, y sus tres años de sobriedad con lo que implica de consciencia del alcohol como forma de autodestrucción que en la serie tendrá no solo su reflejo en Riley sino también en el personaje de Joe Collie (Robert Longstreet). La religión y los efectos del alcoholismo atraviesan como hemos visto toda la serie donde, aparte de los recursos narrativos ficcionales, se despliegan  largos y a veces excesivos  diálogos acerca de la redención, la muerte y la trascendencia desde la contraposición entre una visión católica reaccionaria y otra ciertamente agnóstica que confluyen finalmente en la figura central de Midnight Mass, el padre Paul. En definitiva, una construcción milimétrica de acciones y acontecimientos siniestros, por una parte, y de reflexiones acerca de los personajes, por otra parte que convierten a Midnight Mass en otro escalón de lo que se ha dado en llamar el «terror humanista» de Mike Flanagan.

Crockett Island como espacio cerrado (y colectivo) donde transcurre la acción

En definitiva, la serie tiene una lectura más compleja de lo que puede parecer en un primer visionado. Por eso, y a pesar de que el poster promocional parece indicar una relación con Haunting of Hill House y The Haunting of Bly Manor, la nueva propuesta de Flanagan se aleja de los planteamientos del terror fantasmagórico de sus producciones televisivas para adentrarse en la indagación personal de los miedos de los personajes más cercano a algunas de sus películas que a sus predecesoras en la televisión. Quizá sea Midnight Mass un punto de inflexión en Flanagan en una pequeña vuelta a sus orígenes cinematográficos, quizá sea la culminación de un proceso personal. En cualquiera caso, sigue siendo una muestra de la consolidación de Flanagan como autor dentro del género del terror y de lo fantástico. Una autoría y una admiración que, tal como sucediera desde el estreno de Gerald’s Game y las ficciones televisivas de Flanagan, sigue contando con la bendición de Stephen King.

 

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