Representación, Ideología y Recepción en la Cultura Audiovisual

El juego de espejos y los dobles multiplicados: el regreso de «Westworld» (tercera temporada)

El 16 de marzo HBO estrenaba la tercera temporada de Westworld. Una nueva entrega que debo confesar que esperaba digamos que ansiosa pero al mismo tiempo «inquieta» tras ver el desigual desarrollo de la serie. De este modo, la primera temporada es absolutamente magistral en su planteamiento de la creación del parque temático de Robert Ford y Arnold Weber, en sentar las bases del personaje de Dolores Abernathy y su posterior papel de liberación de las inteligencias artificiales, en  diseñar a Maeve Millay y sus dudas acerca de su identidad y en plantear las distintas superposiciones y combinaciones de líneas temporales de la narración. Por el contrario, la segunda temporada resultaba extraordinariamente reiterativa en cuanto a los elementos de construcción de la acción y, de manera especial, en el crecimiento de los personajes ya que, en realidad, toda la temporada se centra en cómo Dolores-Wyatt elimina a los guests y en ver cómo los personajes van a salir del parque; unas premisas que tienen dos excepciones: el viaje de Maeve al Shogunworld y la historia de Akecheta y la espiritualidad indígena. Una escritura y un interés, pues, absolutamente desiguales.

Captura de pantalla de la página web de Incite

El inicio de la tercera temporada no ha podido ser más brillante. Como esperábamos, el tándem Nolan/Joy ha vuelto a la dramaturgia a la que nos tiene acostumbrados: construcción de personajes contradictorios, mundos distópicos ubicados en la contemporaneidad y, finalmente, cómo esos mundos distópico-tecnológicos inciden en la vida cotidiana. Y el primer nombre que debemos recordar es el de Incite, la compañía tecnológica dirigida por Liam Dempsey Sr  —aunque el personaje esencial es el de su hijo interpretado por John Gallagher Jr— que, a través del big data y la aplicación de algoritmos concretos —como también sucede aunque de otro modo en Devs de Alex Garland— predetermina la capacidad laboral de las personas, así como su futuro en una sociedad absolutamente dirigida además de controlada. Algo que nos remite no solo al origen de The Machine en la serie Person of Interest del propio Nolan o al sistema Sybil del anime japonés Psycho Pass, sino especialmente a la creación de estados dictatoriales tecnológicos cuya creación y consolidación tiene la ayuda esencial, consciente o inconsciente, de la población. Foucault en estado puro al que se unirá otro referente de la (ciencia)ficción, Aldous Huxley porque no en vano el primer episodio reitera el uso de los fármacos como mecanismo de evasión o de reafirmación personal para las clases más poderosas. A modo de ejemplo, la página web de Incite creada como producto transmediático.

Caleb en su puesto de trabajo al inicio de la temporada

En este escenario se sitúa la solitaria y ciertamente marginada existencia de Caleb (Aaron Paul) cuya backstory por el momento, lo sitúa en el ejército y con la muerte de un compañero como obsesión aprovechada por el sistema Incite. Rodeado exclusivamente de instrucciones y relaciones tecnológicas como compañeros de trabajo con una imaginería semejante aunque certeramente invertida a la de las fotografías de la construcción del Empire State Building, un logro tecnológico de principios de siglo, Caleb solo busca encontrar algo «real» aunque, paradójicamente, lo más real con lo que se encuentra es Dolores convirtiéndose en candidato a ser el doble de Teddy (James Marsden). Y es que la tercera temporada de Westworld está planteando un constante engaño entre lo real y lo no real, lo humano y lo artificial. Una narración que se construye a base de reflejos, como ya anuncian los magníficos títulos de crédito de la temporada, y de doppelgangers más que multiplicados. El cruce de líneas temporales, si es que las hay, no parece que tengan excesiva importancia por el momento. Aunque esto no se podrá saber hasta que la temporada esté más avanzada.

La sede de Delos rodada en la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia

Un juego de espejos y de dobles multiplicados que se extiende a la lucha corporativa entre Incite y Delos desdoblado en el intruso Serac (Vincent Cassel) como financiador esencial de los parques temáticos y de los hosts que quiere recuperar las informaciones que tiene Dolores de The Forge recuperando para ello a Maeve. Un juego de espejos que alcanza a los personajes ya conocidos del mundo del Oeste tras la debacle de la segunda temporada en el  que Lee Sizemore será replicado en su versión más amable, como también resulta ser artificial Ashley Stubbs (Luke Hemsworth) convertido en aliado, por el momento, de un estéticamente hipster Bernard. Así, todos los ingredientes de las luchas-persecuciones entre personajes está más que planteada desde el inicio de la temporada, algo que no ocurrió en la entrega anterior, un planteamiento que cumple con las condiciones esenciales de los espacios dramatúrgicos en los que se produce —y producirá, sin duda— una extrema permeabilidad entre los espacios enfrentados. Así, Westworld parece dirigirse hacia un argumento posiblemente más cercano al technothriller que al canon del cyberpunk del que mantiene su estética. Aunque solo estamos en los primeros episodios de la temporada.

Dolores y Charlotte en el episodio tercero

Todos los personajes convergen en Dolores Abernathy y en su doble «natural» Charlotte Hale (Tessa Thompson) —denominada como «Halores» por sus creadores y fandom—  como se pudo ver al final de la segunda temporada de Westworld estableciéndose, de manera lógica, una relación simbiótica entre ambas cercano al ying/yang como vemos en el episodio tercero en una más que reveladora imaginería. Sin embargo, más allá de esta configuración inicial  resulta extraordinariamente interesante la construcción del personaje de Charlotte ya desde las primeras escenas de la temporada en las que se recuperan las imágenes de la muerte física de Hale además de la grabación de un mensaje dirigido a un ser querido. Justamente estas imágenes van más allá de saber cuál fue el final de la representante de Delos, son el elemento esencial de construcción de un personaje  contradictorio que busca su propia identidad —una especie de versión de Maeve en las entregas anteriores— mostrando sus debilidades y la extrema dependencia hacia Dolores. Una contradicción asimilable a la pregunta reiterada en la ontología posthumana, ¿quién soy yo en realidad? y que probablemente sirva para mostrar a Charlotte como un personaje poliédrico. Una fractalidad que es la esencia del personaje de Dolores en su proyección personal en nuevos personajes participantes en el proyecto de liberación de las inteligencias artificiales programado desde la primera temporada por Robert Ford. De hecho, una de las principales preocupaciones del fandom es saber de quiénes son las perlas-host CPU que se trajo consigo Dolores desde el parque. Aunque creo que deberemos esperar para saberlo y confirmar (o todo lo contrario) nuestras teorías.

No cabe duda de que la narrativa de la tercera temporada de Westworld ha dado un giro importante hacia la construcción fractal de los personajes y hacia la concreción de las acciones alejándose de la tónica divagadora teórica que es una de las características —no siempre positivas—  de Jonathan Nolan. Una narrativa que nos reconcilia de nuevo con la serie.

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