Representación, Ideología y Recepción en la Cultura Audiovisual

La espada y la rosa: la lucha por el trono de Inglaterra según «The White Queen» y «The White Princess»

El revisionismo histórico es uno de los objetos principales de la ficción audiovisual británica. Una fama bien establecida en la cultura popular, ya que el público es consiente que “las series británicas de época” tienen una calidad artística y narrativa que las distingue del resto. Seguramente debido a la riqueza histórica del legado social, político y cultural que forma parte de su identidad nacional y europea. Un periodo especialmente explorado es el comprendido entre los siglos XV y XVI como una de las épocas de mayores conflictos por el poder político del país y luchas por el trono. Henry VIII y Elizabeth I son dos de los nombres con un gran número de ficciones como grandes representantes de los cambios religiosos y diplomáticos de la era Tudor.

Sin embargo, para este post nos remontamos un poco atrás en el tiempo a uno de los acontecimientos más violentos y sanguinarios de la historia moderna: la Guerra de las Rosas. Así, nos encontramos con dos miniseries de la BBC/Starz, The White Queen (2013) y The White Princess (2017), que exploran el conflicto a través de las miradas de las figuras femeninas que tuvieron un papel importante en el devenir de la historia británica. Basadas en las novelas histórico-épicas de Phillipa Gregory dentro de su ciclo de La Trilogía de las Princesas, ambas series siguen las regencias de las reinas consortes Elizabeth Woodville y Lizzie de York, madre e hija al cargo de una etapa de grandes disputas internas y de grandes cambios de pensamiento. Ambas series siguen los esquemas de la narrativa regresiva épica mezclando romance, ambición y fatalismo trágico. Unas fórmulas características del género que se desarrollan de forma muy desigual entre las dos series. Pero, mejor vamos por partes.

Lizzie de York (Jodie Comer) y Elizabeth Woodville (Rebecca Ferguson) el día de su coronación

La primera, The White Queen se sitúa durante la guerra civil que enfrenta a las casas York y Lancaster por el trono de Inglaterra. Un intenso periodo de conspiraciones políticas, cambios de lealtad de aristócratas y terratenientes y vaivenes constantes de reyes/reinas que provocaron la deriva del país durante más de 30 años a finales del s. XV. La serie desarrolla, así, el devenir de los acontecimientos a partir de la perspectiva de tres personajes femeninos históricos relevantes: Elizabeth Woodville, Margaret Beaufort y Anne Neville. Basada en los tres libros de Gregory dedicados íntegramente a cada personaje – The White Queen, The Red Queen y The Kingmaker’s Daughter, respectivamente – la miniserie ofrece una multiplicidad de puntos de vista pocas veces tratados con profundidad en la ficción audiovisual. La mirada femenina es el hilo conductor del argumento, tanto en su viaje individual como en su entramado conjunto conjugándose perfectamente con los clichés del género histórico-épico medieval sin caer en mensajes panfletarios ni superfluos.

De esta manera, la serie despliega diferentes tipologías de reinas que se muestran como reflejo de las características de las narrativas épicas. Por un lado, la trama de Elizabeth Woodville (Rebecca Ferguson) se centra en su matrimonio con Edward IV (Max Irons) y su soberanía como reina consorte. Una historia que desarrolla las fórmulas del romance idílico y la fertilidad de la reina como procuradora de un heredero. Todos los clichés que pueden incitar las premisas de Elizabeth – como personaje que da nombre al título de la miniserie – se subvierten con su faceta personal. Por un lado, su transgresora elección como esposa del rey al ser una mujer madura, viuda, de familia no aristocrática y facción enemiga. Y, por otro lado, la supuesta brujería atribuida a la línea genealógica de las mujeres su familia materna. Esta última siendo una licencia creativa que aporta un toque de misticismo muy interesante a la serie y explorando la vertiente ocultista de la época. En definitiva, una “queen by choice” que la convierte en “la Reina combativa” a ojos de la corte.

Anne Neville, la Reina vengativa, y Margaret Beaufort, la devota Reina Regina. Los personajes más complejos y mejor desarrollados de «The White Queen»

Por su parte, Anne Neville y Margaret Beaufort (unas extraordinarias Faye Marsay y Amanda Hale) se convierten en los personajes más complejos e interesantes de la serie, a pesar de que su evolución se da a cuenta gotas. La primera esposa de Richard III (Aneurin Barnard) debe lidiar con la relación turbulenta con su familia, especialmente con su hermana Isabel (Eleanor Tomlison). Su perdida de inocencia la transforma en “la Reina vengativa” cargando con la culpa y desdén de los que la rodean como reflejo de lo más violento y despiadado del contexto histórico. Por otro lado, Margaret Beaufort representa la dimensión religiosa de la época siendo un personaje sacrificado, penitente, devoto y leal a la causa del conflicto monárquico. Madre de Henry Tudor, su lucha la lleva a sufrir por el destino de su hijo por convertirse «en rey por gracia divina». La idea del destino heroico se desarrolla a partir de la trama de Margaret como parte de la narrativa épica clásica donde la exacerbación religiosa guía los personajes. Igualmente, temáticas como la maternidad, el papel de la reina o la perpetuación de las líneas sucesoras del poder son elementos que conectan a las mujeres de The White Queen y de los que se reflexiona en todas sus facetas a través de los tres personajes.

Sin embargo, The White Princess muestra unas aptitudes completamente distintas a lo que al resultado final de la producción se refiere. Formulándose como una continuación directa de The White Queen, la miniserie de 8 episodios se sitúa al final de la Guerra de las Rosas donde la Reina Elizabeth (Essie Davis sustituye a Rebecca Ferguson) regresa de su exilio para dar en matrimonio a su primogénita, la Princesa Lizzie (Jodie Comer), con el nuevo rey Henry VII (Jacob Collins-Levy). Un enlace concertado que pone a la casa Tudor en el epicentro del linaje monárquico, pero del que Lizzie no está conforme. Basado en la novela homónima de Gregory, el argumento narra las vicisitudes de Lizzie por gobernar mientras lidia con un matrimonio no deseado. Así, el comportamiento rebelde y la fragilidad de Lizzie se ponen en entredicho como “la reina mártir” sacrificándose por cumplir con el legado de preservación de poder de su familia.

El enlace entre Lizzie y Henry VII supone el inicio del reinado de la Casa Tudor

Las premisas de la serie son exactamente las mismas de su predecesora: romance, traiciones, política y la historia a través de una mirada femenina. En este sentido, no se diferencian en exceso. No obstante, como ya hemos adelantado, The White Princess no presenta la misma calidad narrativa de The White Queen. Primeramente, debido a la falta de multiplicidad de puntos de vista que profundicen en las diferentes voces femeninas de la historia. Los personajes están tratados de forma maniquea sin mostrar la escala de grises que caracterizaba TWQ, especialmente de aquellos personajes que aparecen en ambas series. Margaret Beaufort o Elizabeth Woodville se desdibujan completamente o se convierten en clichés genéricos perdiendo la esencia de continuación del proyecto. Además del poco peso que se atribuye a los personajes masculinos. Unas fórmulas que se repiten, pero con un efecto melodramático y sin centrarse en su planteamiento coral ni su significado político. En la serie se mezcla lo tradicional – más bien lo cliché – con lo contemporáneo – los efectos digitales y la manera de actuar – que no terminan de casar de forma orgánica. Ni siquiera la cándida y feroz interpretación de Jodie Comer remata el conjunto. Con sus más y sus menos, The White Queen presenta un mundo cohesionado (incluso su parte más ficcional), una regresiva histórica intrigante, unos personajes femeninos complejos y un entendimiento de los clichés que ejecuta. Mientras que The White Princess es un ejercicio de “líos en la corte” que no supone nada nuevo para el género histórico.

A pesar de la insistencia de la libre interpretación de las obras de Gregory – una eminencia en la ficción histórica británica – y de su gran diferencia cualitativa (The White Princess es, en mi opinión, fallida pero simplemente disfrutable), ambas miniseries muestran el valor de los personajes femeninos que vivieron la historia. En este sentido, son ejemplares.

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