Representación, Ideología y Recepción en la Cultura Audiovisual

Luces, cámara, acción y quema de brujas. «Lux Aeterna» (Gaspar Noé, 2019)

 

«Siento que el cielo ha descendido a la tierra y me envuelve. Realmente he alcanzado a Dios que se introduce en mí. Todos vosotros, personas sanas, ni siquiera sospecháis lo que es la felicidad, esa felicidad que experimentamos los epilépticos por un segundo antes de un ataque»

Fiódor Dostoyevski

 

Con esta sentencia comienza Lux Aeterna, la nueva película experimental del polémico director Gaspar Noé. Después de arrasar en festivales como el de Sitges -donde recibió el más importante galardón-, el cineasta argentino-francés reta al mundo con una obra que promete caos, experimentación, violencia, brujas y (posibles) ataques epilépticos. Desde luego un amalgama de conceptos un tanto inusuales en el cine convencional, pero lógicos en el cine de Noé, ya conocido por trabajar sin temor a mostrar lo que le atrae. ¿Y de qué trata Lux Aeterna? Pues trata de un rodaje caótico en el que tan solo se respira hostilidad, misoginia, drogas y malos humos.

Noé comienza mostrándonos escenas de Häxan (Benjamin Christensen, 1922) y Vredens dag (Carl Theodor Dreyer, 1943); sobre todo de esta última haciendo un hincapié en el hecho de que Dreyer mantuvo a una actriz maniatada en un poste durante horas para conseguir una expresión real de terror de su rostro. Tras esta breve introducción, nos situamos dentro de un rodaje de una película. Está a punto de comenzar el ensayo de una difícil escena y la directora del filme, Béatrice Dalle, y su actriz protagonista, Charlotte Gainsbourg hablan sobre diferentes rodajes y anécdotas (casi todas de carácter sexual) que vivieron grabando filmes. «¿Te han quemado alguna vez?» le pregunta la más veterana a su compañera como si fuese una conversación entre bruja y bruja, y es que la película que están realizando se centra en el genocidio (o mejor dicho sexocidio) de mujeres consideradas brujas. Dalle recuerda el rodaje de una película en la que interpretaba a una bruja -posiblemente La visione del Sabba (Marco Bellocchio, 1988)- y lo compara con la película que está haciendo ahora. Las actrices siguen tratando temas encuadradas en un plano de pantalla partida que permite al espectador observar las reacciones y lenguaje no verbal de las actrices en todo momento. Es cuando comienza a llegar el resto de equipo y elenco cuando todo se vuelve turbio e incómodo. Entre diseñadores y ayudantes de vestuario, operadores de cámara, invitados que no paran de acosar y molestar a las actrices -Karl Glusman, quien ya apareció en Love (Gaspar Noe, 2015), entre ellos-, productores que tienen pavor a perder su dinero y un director de fotografía tiránico que se regodea de haber trabajado con un tal Jean-Luc (Godard, por supuesto) y que no teme en mostrar su desprecio por la nueva directora. Apenas nadie se fía de ella.

Béatrice Dalle y Charlotte Gainsbourg charlan, ríen y beben vino antes de grabar una difícil escena

Gaspar Noé cuenta que rodó este mediometraje en cinco días y que a pesar del clima apocalíptico que retrata, el rodaje fue de lo más tranquilo y divertido; algo que los personajes de su cinta no tienen. El director de filmes como Irreversible (2002) o Enter the void (2009) utiliza la pantalla partida en varios momentos para situar al espectador en espacios y climas diferentes. Por ejemplo, mientras en un lado muestra el escenario donde las actrices secundarias y extras se van colocando casi crucificadas en astas, en el otro Charlotte está hablando con su hija, quien dice haber sufrido una agresión en su clase. En un lado Dalle se pasea por los decorados vacíos, en el otro un joven la sigue con una cámara por orden del productor para vigilarla en todo momento mientras suena la variación de la Sarabande de Handel que compuso Leonard Rosenman para enfatizar, tan solo con el sonido de un contrabajo y un tambor, la tensión en los duelos plasmados por Stanley Kubrick en Barry Lyndon (1975).

La improvisación en la cinta es clave. Apenas había guion y los actores debían entender lo que se quería mostrar y sacar lo peor de sus entrañas. Toda esa furia lleva la narración al apoteósico clímax final: Charlotte atada a un poste gritando mientras un fallo en el sonido ocasiona un pitido constante y un desajuste de las gigantescas pantallas que la actriz tiene detrás emitan un baile de luces rojas, azules y verdes que «queman» tanto a la actriz como los ojos de los espectadores que deben decidir entre apartar la vista de la pantalla o seguir viendo la crisis de ansiedad de Dalle, los movimientos convulsos de Gainsbourg y la falta de empatía del director de fotografía que no para de decirle a la actriz que llore y llore y llore.

La pantalla se divide en tres para mostrar las siluetas de las actrices que se retuercen en un rodaje infernal lleno de gritos, luces y lloros

«Esta es mi película para todos los públicos» comenta Gaspar Noé riendo en la rueda de prensa de Sitges el año pasado. Y es cierto que comparada con sus anteriores cintas, Lux Aeterna no muestra ninguna muerte, ni ninguna relación -o abuso- sexual; pero si lo deja intuir o lo plasma a través del diálogo de los actores. No obstante, otras claves del director si siguen presentes en el filme: la fotografía que igual que en Climax remite al uso de colores saturados de Suspiria (Dario Argento, 1977), los temas que trata, actores no profesionales y, por supuesto, frases lapidarias que coloca entremedio del filme. Esta vez, estas sentencias corren a cargo de grandes directores como Carl Theodor Dreyer, Jean-Luc Godard, Rainer Werner Fassbinder y a Luis Buñuel cuya icónica frase «Gracias a Dios que soy ateo» cierra el filme.

Béatrice Dalle llora desconsolada al ver cómo su película se ha transformado en un entorno hostil e infernal

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