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Madres ausentes e infancias perdidas: «Sonata de otoño» (Ingmar Bergman, 1978)

El 14 de julio de 1918 en Uppsala, una ciudad cercana a Estocolmo, Suecia, nacía Ingmar Bergman; guionista, director de teatro y cine, considerado un creador clave de la segunda mitad del siglo XX y, según muchos académicos, el más grande de la historia del cine. Un cineasta sumamente reflexivo y crítico con su trabajo que confesaba estar demasiado involucrado emocionalmente con todo lo que hacía. 

Ingman Bergman en el rodaje de Sonata de otoño junto a Ingrid Bergman y Liv Ullmann

Tras el fracaso de El huevo de la serpiente (1977), una coproducción germano-estadounidense protagonizada por David Carradine y ambientada en el Berlín de posguerra, Bergman regresaría el año siguiente con un drama más íntimo y familiar con Sonata de otoño (1978). Aunque ha sido discutido si es o no una obra maestra, comparándola con otros largometrajes del autor como Gritos y susurros (1972) y Escenas de un matrimonio (1973), es sin duda uno de los films más remarcables del autor.

La película retrata el explosivo reencuentro, tras seis largos años, de una hija herida y su ensimismada madre. La madre, Charlotte, una apasionada pianista concertista de sesenta años, es interpretada por la gran Ingrid Bergman en su última gran actuación (fallecería pocos años después). Los dos Bergman habían planeado trabajar juntos por más de una década e Ingmar, durante la escritura del guion, tuvo siempre a Ingrid en mente. Por otro lado, el papel de Eva, una hija de treinta y tantos años, fue para Liv Ullman, colaboradora habitual del director que aparecía por primera vez en su innovador drama Persona (1966) a la que se le sumarían ocho películas posteriores.

Al igual que Persona, el corazón de Sonata de otoño es la psicología femenina, en este caso, centrada en la rabia reprimida de una hija que siente que su madre la ha abandonado y la lucha de la madre por justificar su apatía a consecuencia de su propia negligencia emocional. La película tiene un poder constante y acumulativo. La mayor parte de la acción tiene lugar durante un período de veinticuatro horas en la remota casa parroquial noruega que Eva comparte con su esposo Viktor (Halvar Björk). La naturaleza intrínsecamente teatral de este drama, compuesto por un pequeño número de personajes encerrados en un espacio reducido, se ve reforzada por el uso puntual de soliloquios de Bergman a lo largo de la película para permitir que sus personajes se expresen.

Los primeros planos se solapan con planos generales que observamos desde el umbral de las puertas, como pinturas de Vermeer

La película inicia con Viktor hablándonos directamente, nos explica su relación con Eva y cómo siente que ella es incapaz de aceptar plenamente su amor, la primera indicación de que su capacidad afectiva ha sido mortalmente herida a causa de su relación con su madre. Sin embargo, es Eva quien busca a su madre, escribiéndole una carta cuando se entera de que su amante ha fallecido recientemente y la invita a quedarse en su casa. Charlotte acepta la invitación de inmediato, tal vez porque teme la soledad. Una vez reunidas todo parece estar bien, madre e hija intercambian bromas y parecen alegrarse genuinamente de verse.

Con todo, las primeras palabras hirientes no tardan en ser lanzadas y las acusaciones astutas comienzan a desenterrar el pasado, revelando viejas cicatrices que nunca habían sanado. Eva es la instigadora principal, lo que nos hace preguntarnos si su decisión de invitar a su madre fue impulsada por el deseo subconsciente de confrontarla, de desatar el dolor que ha estado reprimiendo durante toda su vida.

Las primeras tensiones llegan cuando Eva le informa a su madre que su hermana menor, Helena (Lena Nyman), vive con ella y Viktor. Helena sufre de una enfermedad extenuante que la hace completamente dependiente de los demás; corporalmente inválida e incapaz de comunicarse, más allá de gruñidos y gemidos, ella es la manifestación física de las carencias maternas que Charlotte les causó, una cuestión que Eva le recriminará en el momento más devastador emocionalmente de la película cuando la acusa de ser responsable de la condición de Helena.

En otra escena, Eva interpreta el Preludio Op. 28 nº 2 en La menor de Frédéric Chopin para Charlotte. Su actuación es torpe y amateur. Inmediatamente, siente la condescendencia de su madre en sus impostados cumplidos. Cuando Eva insiste en que Charlotte corrija sus errores, Charlotte adopta, rápidamente y de un modo pedante, el rol de maestra y le explica afanosamente la diferencia entre emoción y sentimentalismo y cómo Chopin pretendía expresar su dolor. Puede sentirse la ira de Eva en ebullición. Esta pequeña explicación musical acarrea consigo décadas de resentimiento, ya que le recuerda a Eva cómo siempre pasó a un segundo plano frente a la carrera musical de su madre, permaneciendo perpetuamente a la sombra del ferviente deseo de Charlotte de ser amada y aplaudida como artista.

Eva y su madre, Charlotte, interpretan el Preludio Op. 28 nº 2 en La menor de Frédéric Chopin

Como es típico en las películas de Bergman, Sonata de otoño se rodó casi en su totalidad en primeros planos, con la excepción de los flashbacks, que observamos desde la lejanía, desde el umbral de las puertas, como pinturas de Vermeer, en contraste con la inmediatez del presente. El director de fotografía, Sven Nykvist, mezcla tonos cálidos y fríos, haciéndonos sentir el aire otoñal del exterior que acompaña la creciente hostilidad entre las protagonistas.

Estos constantes primeros planos exigen actuaciones de gran poder y sutileza, a las que tan solo las maravillosas Bergman y Ullman podrían estar a la altura. Charlotte es un personaje sumamente egoísta, por lo que es tan complicado disipar las acusaciones de Eva de ser una pésima madre. Y a pesar de esto, cuando Charlotte ofrece primero excusas y luego pide perdón, sentimos su dolor, lo difícil que fue para ella amar a sus hijas y por qué estaba tan ausente poniendo su carrera musical por delante de todo lo demás, pudiendo incluso comprenderla y excusarla.

En ese sentido, la actuación de Ullman es crucial para equilibrar la de Bergman, ya que debe encarnar todo el dolor y la rabia de una niña abandonada, a la que vemos mediante flashbacks agridulces (interpretados por la hija de Liv Ullman e Ingman Bergman en la vida real, Linn) en los que era excluida de la vida de su madre. Escondida tras unos grandes lentes de montura de alambre, vestidos anticuados y largas trenzas, Eva es un ser triste, inseguro y cohibido, lo que hace que su eventual explosión sea tan desgarradora, la consecuencia de años de ira, resentimiento y decepción, hasta el punto que la esperanza de perdón, mucho menos de reconciliación, es nula.

Los frecuentes primeros planos nos dejan ver los rostros devastados de Eva y Charlotte

Es posible que Sonata de otoño no sea una de las primeras películas que uno acostumbra a pensar al oír el nombre de Ingmar Bergman, pero sin duda es una de sus grandes obras maestras. El espectador no puede no acabar hecho polvo al visionar la cinta, porque uno pareciera participar de las furiosas discusiones entre madre e hija, ya que, de cierto modo, sí, tomamos partido en esa batalla de rencores y traumas del pasado. El poder de los diálogos de Bergman penetra en lo más profundo de nuestro interior, de nuestra memoria, y nos invitan -o nos fuerzan, quizás- a sufrir una completa catarsis. Uno acaba de ver una película de Bergman siendo otra persona.

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