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Una distopía rural: «Vulcania», ópera prima de José Skaf

Hace poco más de una semana que se estrenó en nuestras carteleras el primer largometraje del cineasta argentino José Skaf, Vulcania – la que tengo que reconocer que desconocía por completo hasta, prácticamente, el día de su estreno. Siendo esta su ópera prima, cuenta con un reparto coral muy potente. A Miguel Fernández y a Aura Garrido como protagonistas, les acompañan los veteranos José Sacristán, Ginés García Millán, Ana Wagener y, debutando en el género dramático, Sílvia Abril. Con una propuesta de partida interesante y que plantea un cierto desafío para tratarse de una película española, Skaf nos introducirá dentro de una historia puramente distópica, tanto en las premisas narrativas como en sus elementos estéticos. Pero, vayamos por partes.

Vulcania nos sitúa en una España, donde la localización y la época nos son desconocidos, dentro de una pequeña comunidad perdida en medio de la montaña aislada del mundo exterior,  segregada en dos familias rivales y donde sus habitantes trabajan duramente en una fundición para ganarse la vida sobre la atenta mirada de los patriarcas de los respectivos bandos. Dentro de esta sociedad obrera y completamente hermética, Jonás (Miguel Fernández) comenzará a cuestionarse la vida más allá de la fábrica y de las verjas metálicas que se levantan alrededor del pueblo. La película tiene una clarísima influencia de los pensamientos del escritor británico George Orwell quien gracias a su novela más aclamada, 1984, se convirtió en el padre de los mundos distópicos criticando la manipulación de la información, la vigilancia masiva del Estado sobre la población – recordemos al Gran Hermano – y, sobretodo, la represión política y cualquier tipo de totalitarismo. En este sentido, Vulcania sigue las premisas orwellianas y es un acercamiento a una fábula sobre la libertad y los abusos de poder.

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Aura Garrido es Marta, la protagonista femenina de la cinta

Sin embargo, con todos los elementos temáticos y conceptuales sobre la mesa, la propuesta de Skaf se queda a medias. En una especie de amalgama de referentes estilísticos y narrativos muy reconocidos – si me permitís la combinación, algo así como si 1984 de Orwell conociera a El Bosque (2004) de M. Night Shyamalan con un toque de la miniserie de AMC de The Prisoner (2009) – el director presenta una propuesta distópica demasiado prototípica que no aporta nada nuevo al género que no hayamos visto antes. No se arriesga ni se aleja de las convenciones del mismo, desaprovechando a algunos de sus actores – sobretodo a un José Sacristán bastante insulso y a una Sílvia Abril que, en esta película, apunta por el buen camino – y desperdiciando ciertas vías temáticas interesantes que se disipan durante la película, sobretodo las que conciernen a la relación entre los líderes de la comunidad y al tono de thriller conspirativo que se intuye, pero que no acaba de culminar.

Si bien los títulos que he ejemplificado anteriormente, El Bosque y The Prisoner, se enmarcaban dentro de un contexto específico que constituye la base de su premisa inicial y, en consecuencia, de su resolución – por un lado el aislamiento como modo de supervivencia y, por otro, como consecuencia de un sistema de vigilantismo corporativo (respectivamente) – Vulcania no responde a ningún principio concreto, lo que hace muy difícil la implicación con la historia. Con una atmósfera muy similar al Distrito 12 de The Hunger Games, parece que la perfecta recreación de esta sociedad pobre, oprimida e industrial y la belleza estética de la puesta en escena engulle la intencionalidad del autor en reiteradas ocasiones. Un intento de realizar una aproximación metafórica al desencanto de la sociedad por la crisis actual que se pierde debido al énfasis en ciertos elementos, la precipitación de algunos acontecimientos y por algunas lagunas argumentales indispensables para el entendimiento de su tesis final. Y es que no hay nada peor que tener todos los ingredientes y no saber cómo cocinarlos…

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La estética de la película es su mayor atractivo

Sin embargo, he de confesar que cada vez estoy más orgullosa de las producciones españolas. Y lo digo sin ningún tipo de complejo. Y sí, con esta confesión pretendo que muchos de los espectadores que tachan a nuestros productos audiovisuales – tanto en cine como en televisión – de «productos de mala calidad» hagan un esfuerzo por abandonar dicha afirmación. O, al menos, que se lo replanteen. No me voy a inmiscuir en los gustos personales de cada uno, obviamente. Pero sí que hay que admitir la indudable mejora en la calidad y cantidad de las producciones nacionales. Poco a poco, la industria cinematográfica y televisiva española está haciendo un esfuerzo enorme por ofrecer al público nuevas propuestas más ambiciosas acercándose cada vez más a las fórmulas narrativas y estéticas de Hollywood. La inmersión en los géneros supone la predisposición de nuestra industria a realizar productos más arriesgadas, sobretodo en el terreno técnico, y la búsqueda de una identidad propia. En busca de la consolidación de la famosa «Marca España». Cada vez es más frecuente encontrarnos thrillers de acción (Celda 211, Toro, Grupo 7, El Desconocido), thrillers con una reminiscencia fincheriana (El Cuerpo, La Isla Mínima), comedias gamberras al más estilo Apatow (Embarazados, Cómo Sobrevivir a una Despedida, 3 Bodas de Más), comedias corales más prototípicas (Las Ovejas no Pierden el Tren, Ocho Apellidos Vascos, Perdiendo el Norte), y, por supuesto, el cine más autoral (La Novia, Magical Girl, Requisitos Para Ser una Persona Normal); incluso, series de televisión con una complejidad destacable y de un género concreto (El Ministerio del Tiempo, Vis a Vis, Mar de Plástico)

Por eso, más allá de sus aciertos y carencias, se agradace – y mucho – una cinta como Vulcania. Un film distópico sin zombies, sin un futuro postapocalítico, ni con un futuro tecnológico. Solamente una trama distópica tradicional estrictamente orwelliana en cada uno de sus elementos. Una propuesta ambiciosa y diferente con una temática muy poco vista (por no decir nada) dentro de la filmografía española.

En conclusión, Vulcania es una película correcta. Demasiado correcta, diría yo. Vulcania no es una mala película. A pesar de su cadencia pausada, se deja ver. Y es que, con los precedentes en los que se inspira es muy complicado realizar un mal trabajo. Sea como sea, Vulcania es una buena manera para José Skaf de comenzar a abrirse paso dentro de la industria y es una carta de presentación de la tipología de cine que le veremos en un futuro. Sin embargo, es una verdadera lástima que partiendo de unas bases tan interesantes y tan claras, el film pueda parecer que se quede a medias en su discurso y no aproveche la oportunidad de explorar el género en mayor profundidad.

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