Representación, Ideología y Recepción en la Cultura Audiovisual

Detrás de esta bruma (esta isla, esta vida…) misteriosa, la nada. «Pacifiction» (Albert Serra, 2022)

De Roller, el alto comisario de la república francesa de Tahití, es un hombre un tanto desgastado por los años, pero intenta ocultar el paso (y peso) del tiempo bajo un aspecto joven. Un traje completamente blanco, puro, unas gafas de sol «modernas» y un peinado engominado hacia atrás. Como «buen» político se codea con todos los habitantes y personalidades de la isla. Pero la aparente tranquilidad y harmonía de la isla parece verse corrompida con la llegada de un pequeño grupo de soldados liderado por un inofensivo comandante de baja estatura. Su llegada comienza a inquietar a los habitantes, que no tardan en manifestar a De Roller su disconformidad y preocupación porque la presencia de los militares pueda significar la reanudación de pruebas nucleares en las islas de la Polinesia Francesa.

Este es el punto de partida de Pacifiction la nueva película del aclamado -a la vez que odiado- director catalán Albert Serra: uno de los realizadores más innovadores, originales y provocadores del panorama cinematográfico actual. Siempre fiel a su visión de la vida y la creación artística, Serra, ha causado sensación a través de unos films catalíticos cuya estructura y puesta en escena dista mucho de las películas a las que el público medio pueda estar acostumbrado. Honor de Cavallería (2006), Història de la Meva mort (2013) o Liberté (2019) son algunos de sus largometrajes más aclamados, donde el director, junto a su troupe de Andergraun films, generan una experiencia fílmica arriesgada, incómoda y difícil.

De Roller se reúne con unos nativos tahitianos que pretenden manifestarse en contra del gobierno de la isla

Sus films -así como la manera en la que Albert Serra los lleva a cabo- no son para todo el mundo. Pese a ello es interesante aproximarse a ellos para descubrir nuevas formas de creación. Pacifiction -estrenada mundialmente en la competición oficial del Festival de Cannes y en España en el Atlàntida Mallorca Film Festival- vuelve a ser una prueba de la capacidad de Serra por crear universos únicos que permiten que el espectador se adentre a una justa medida.

El realizador de Banyoles aclara haber rodado aproximadamente 540 horas de metraje en la Polinesia Francesa. De toda esa inconmensurable cantidad de material ha conformado una cinta de casi tres horas de duración que supone, según el director, lo mejor y más original del metraje. La originalidad es la obsesión de Serra, quien siempre persigue la innovación y captar algo único que nadie haya visto y que valga la pena retratar. Y lo consigue. Sea como sea, es difícil comparar sus films a los de algún otro realizador.

Asimismo en esta odisea en Tahití sí podemos reconocer ecos de realizadores admirados por Serra. La isla donde suceden y conviven los misteriosos personajes de Pacifiction recuerda a aquel puerto de Brest donde sucedía Querelle (1982), la obra maestra y última película de Rainer Werner Fassbinder; realizador alemán al que Serra rindió tributo en su cortometraje Cuba libre (2013). Es más, el club nocturno Paradise Night donde De Roller lleva a cabo todas sus relaciones políticas y donde todos los personajes merodean escondidos en silencios, luces de neon y miradas misteriosas recuerda mucho a Feria: el burdel del film de Fassbinder que funcionaba como el centro neurálgico donde los personajes acudían para ahogar sus penas y desatar sus tensiones.

De Roller siempre aparece con una actitud amigable, cautivadora y carismática -siempre vestido con su puro traje blanco- para conseguir aquello que quiere

De Roller -el personaje protagonista interpretado por un Benoit Magimel que ha perdido ese atractivo juvenil latente en La pianiste (Michael Haneke, 2001) pero que todavía es capaz de ofrecer una interpretación sublime- clarifica en un extenso monólogo -quizá el único momento de (posible) transparencia en la que Serra permite que, durante unos minutos, su personaje se abra al espectador para después volver a su misterioso hermetismo- que para él «la política es como una discoteca: personas en la oscuridad que ni siquiera se miran, desconectadas de la realidad.» Y es cierto que uno de los discursos que plantea la cinta es no solo la inutilidad de una sociedad política incapaz de mirar más allá de su propio ombligo y cómo somos representados por personajes cuyo ego les lleve al fin de su/nuestra propia existencia sino también cómo pese a los años que el ser humano lleva viviendo en la Tierra sigamos siendo uno de los mayores misterios del Mundo.

Pacifiction está construida a través de unos personajes opacos imposibles de comprender ni entender. Son el verdadero retrato de la naturaleza humana decadente: ególatra, decrépita y (auto)destructiva. Lo único que tenemos claro de cada uno de los personajes es que anhelan el éxito y están dispuestos a realizar cualquier cosa para conseguirlo. Serra es muy claro y no pretende generar suspense de ello. Vemos que De Roller no teme en amenazar a un sacerdote que no permite que sus feligreses acudan al casino que está a punto de inaugurarse. O que Shannah (Pahoa Mahagafanau) tiene claro desde el primer momento que desea convertirse en la nueva mano derecha del alto comisario. O cómo vemos desde el primer momento que el comandante francés (Marc Susini) -cuya patética concepción nacionalista y militarista nos recuerdan a la del personaje que interpretaba Sterling Hayden en ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú (Stanley Kubrick, 1964)- tan solo se interesa por los jóvenes nativos a los que aborda con propuestas indecentes. Una vez claras las intenciones de los protagonistas, todo lo demás es puro misterio.

Un siniestro político, el comisario De Roller, Shannah y un gallo. Distintos personajes de Pacificion cuya verdadera naturaleza queda oculta al espectador. Tan solo vemos su apariencia superficial, su estado físico, su cáscara.

Serra plantea a sus personajes y trabaja con sus actores a través de la incomprensión y el impedimento. Sus actores saben que existen en la ficción del director, pero apenas conocen nada sobre la misma. Los personajes nacen de la unión entre el espacio, el tiempo, Serra y la propia naturaleza interior del actor. Es una concepción que podría recordarnos a la de Robert Bresson –Pickpocket (1959)- que detestaba el uso de actores profesionales y concibió la teoría de los modelos -actores no profesionales que usaba tan solo una vez- cuya interpretación y esencia se ocultaba en su interior y se desvelaba a través de la no-actuación. En sus Notas sobre el cinematógrafo escribía la siguiente afirmación:

«MODELOS:
Movimiento de afuera hacia adentro.
(Actores: movimiento de adentro hacia afuera.)
Lo importante no es lo que me muestran sino lo que me esconden,
y sobre todo aquello que no sospechan que está en ellos.
Entre ellos y yo: intercambios telepáticos, adivinación.»

Desde luego una concepción única que podría recordarnos a la del propio Albert Serra, pues sus personajes siempre se mantienen detrás de un velo de misterio. Sus rostros silenciosos ocultan seres ni buenos ni malos sino incomprensibles. Ni siquiera el propio director se atreve, ni quiere, juzgar o conocerlos. Es el espectador el que acaba juzgando. Da la sensación de que no acabamos de conocer a los personajes y quizá se trata de eso. ¿A quién conocemos realmente? Quizá detrás de sus silencios y máscaras no haya nada. La nada absoluta. Personajes y personas vacías. Y estamos en sus manos.

El paraíso y el ser humano. Conceptos inciertos. Posiblemente contrarios.

Pacifiction es, entonces, un film construido a través de la incerteza y que progresa del mismo modo, adentrándonos en unos personajes sumidos en una perfecta e incierta neblina. Lo paradisíaco de la isla de Tahití es superficial. La isla intenta imponerse (los sonidos de la naturaleza llegan en muchas ocasiones a -casi- solaparse con los diálogos) a unos habitantes que no hacen justicia a la espiritualidad del lugar y que solo provocan la pronta putrefacción del archipiélago. La fuerza de la naturaleza -y la minúscula pero imponente presencia del ser humano- es retratada brillantemente por Artur Trot; reconocido director de fotografía y montador de las películas de Albert Serra. Todas esas imágenes y personajes cobran vida en un montaje que acaba por convertirse en la guinda de un pastel/film muy difícil de olvidar y que deja suficiente espacio al espectador para pensar, construir y destrozar.

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