Representación, Ideología y Recepción en la Cultura Audiovisual

Sobre Koreeda (XV): «Broker» (2022) o aquello que aprendimos en el viaje

Pareciera que Koreeda todavía no estuviera listo, cinematográficamente hablando, para volver a su Japón natal tras finalizar la producción de The Truth en 2019. En 2020, tras haberse encontrado con las tres piezas actorales —Song Kang-ho, Gang Dong-won y Bae Doona, con la que ya había trabajado en Air Doll (2009)— que participarían en calidad de protagonistas en su película, nuestro director se embarcaría en una nueva aventura argumental de la mano del sistema de adopciones surcoreano con Broker (2022). Más allá de que la producción sea surcoreana, la decisión por parte de Koreeda de tratar un tema como este no debería cogernos desprevenidos. No solo es una reincidencia del director en su ya prototípico universo de la infancia, sino que este producto también responde a una evolución orgánica de los intereses que comenzó a cultivar desde algo como Like Father, Like Son (2013) y que supondrían un elemento capital en su celebérrima Shoplifters (2018). Al fin y al cabo, como ya hemos repetido cuantiosas veces en el ciclo que aquí nos ocupa, Koreeda lleva manteniéndose fiel a sus temas desde el comienzo de su filmografía, presentando variaciones de las mismas motivaciones en cada una de sus películas. Imbuye su filmografía con una sensación cohesiva y coherente, como una suerte de sistema de pensamiento que progresa adecuadamente con el tiempo y que se va haciendo más grande a medida que uno explora las circunstancias específicas de los seres humanos.

Con Broker, el director tokiota nos lleva a Corea del Sur con el fin de contarnos el periplo que Ha Sang-hyeon (Song Kang-ho), Dong-soo (Gang Dong-won) y Moon So-young (Lee Ji-eun) llevan a cabo para encontrar a los padres perfectos que puedan permitirse comprar un bebé. Los dos primeros son dos traficantes que se dedican a coger bebés abandonados para venderlos en el mercado negro a padres que puedan permitirse pagar una cantidad relativamente elevada —diez millones de wones surcoreanos en el caso de los niños y ocho en el de las niñas—, y la última es la madre de uno de estos niños abandonados que, arrepentida de haber abandonado a su hijo a merced del sistema de adopciones y orfanatos surcoreano, decide acompañarlos para asegurarse de que el bebé termina en las mejores manos posibles. Sin embargo, estas tres figuras están seguidas muy de cerca por Soo-jin (Bae Doona) y la detective Lee (Lee Joo-young), dos investigadoras de la sección policial del servicio de menores y mujeres que buscan terminarle el chiringuito a la asociación de Sang-hyeon y Dong-soo. La historia, en tanto que está construida en clave de road movie, nos llevará por múltiples derroteros que dejarán profundas improntas en la psicología de nuestros protagonistas y propiciarán un cambio en sus ideas y sensibilidades. Como siempre, y a modo de comentario de rigor, en esta discusión de Broker abundan los spoilers.

El viaje supone el centro estructural principal que Koreeda utilizará para vehicular la evolución y el reconocimiento mutuo de sus personajes.

El paisaje con el que Koreeda inicia su película se fundamenta sobre una base expresiva básica y prototípica. Vemos una figura encapuchada caminar bajo una lluvia que, inclemente, parece caer directamente desde el cielo nocturno. Es suficiente información para señalarnos que, sea lo que sea que esté sucediendo o vaya a suceder, muy probablemente no responda a motivaciones felices. Y, en efecto, no lo hace. La figura encapuchada, que más tarde conoceremos que es la propia Moon So-young, se para delante de una baby box de una iglesia comunitaria para dejar en el suelo a un bebé prácticamente recién nacido. Tras marcharse, aparece la imagen de la detective Soon-jin desde su coche, acompañada por la detective Lee. “No tengas un bebé si vas a abandonarlo”, sentencia de forma taxativa la policía, y acto seguido sale del coche para ir hasta donde está el bebé e introducirlo debidamente en la baby box que Moon So-young había decidido no utilizar. Una vez dentro de la caja, el niño es recogido por los dos traficantes Sang-hyeon y Dong-soo.

Con esta primera escena, Koreeda ya coloca de forma inteligente la base sobre la que va a construir el resto de su película. Siendo como es un director talentosamente versado en la configuración de argumentos sobre la empatía y la familiaridad, el espectador avezado en el cine del tokiota se dará cuenta de que lo que está haciendo realmente es plantear varios interrogantes. El primero, por supuesto, tiene que ver con el motivo del abandono del bebé. Koreeda nos enseña la cara, aunque sea parcialmente, de la mujer que abandona al niño. Este detalle no es baladí, pues la madre, Moon So-young, pasará a formar parte del cuerpo de protagonistas de la película y, así, se podrá explorará la psicología del personaje y tratar de esbozar las razones detrás de la acción. La segunda pregunta, quizá algo más sutil, tiene que ver con la increpación de la detective Soon-jin al manifestar, de forma sentenciosa, el juicio que recogíamos en el anterior párrafo. ¿A qué viene esa falta de empatía para con esa mujer? Los mundos cuadriculados de las personas no son más que un síntoma orgánico de la distancia. Alguien que lidia con estas realidades de forma prácticamente diaria no puede permitirse una sentencia tan cínica y taxativa como la que formula Soon-jin. Ambas preguntas, en este sentido, son pequeñas semillas que Koreeda planta con el fin de regarlas a medida que avance la película y, con suerte, poder disfrutar de las respuestas que brotarán de ellas.

La naturaleza de la historia y de la filosofía que lleva adherida nos exigen un ejercicio de empatía que, en este caso, puede resultar bastante arduo: ¿hasta qué punto estamos dispuestos a simpatizar con dos personajes que tienen como motor identitario principal el tráfico de bebés?

Con la revelación de la trama del tráfico, realmente, hay una tercera pregunta, pero esta no pasa a formar parte de la base emocional de la película de manera orgánica. En realidad, esta tercera pregunta —que evidentemente podría concretarse en un ingenuo “¿por qué Sang-hyeon y Dong-soo trafican con bebés?”— pasa a formar parte del trasfondo sociopolítico que, en un primer momento, motivaría a Koreeda a producir esta película. La infraestructura sociocultural de Corea del Sur parece no estar del todo preparada para la gestión competente de sistemas de adopción y orfanatos. Se considera algo francamente deshonroso el abandonar un bebé, punto de vista que perfectamente podría resumirse en esa frase que formula la detective Soo-jin y que recuperábamos con anterioridad. Esto es algo que se muestra de forma bastante cristalina en Broker. So-young decide abandonar a su bebé porque no puede permitirse criarlo como madre soltera tanto por una cuestión de recursos como de estigma social. A esto sumémosle la presión de terceros para que abortara el niño —hay una trama francamente secundaria en la que la esposa del padre del bebé exigió a través de un pago que So-young se deshiciera del feto— y el hecho de que se dedicaba a la prostitución. Aquí entraría la pregunta de qué pasaría con el niño abandonado. La respuesta no es demasiado optimista, pues algo de lo que se ocupa en formular Koreeda a través de esta película es la poca atención gubernamental y presupuestaria que se le presta a los orfanatos de todo el país, llegando a experimentar generosos recortes que les obliga a hacerse cargo de cada vez menos niños. Simultáneamente, el mundo de las adopciones rápidamente comienza a tratarse como una suerte de mercado en el que el valor del niño o de la niña depende de algunos factores, siendo dos de ellos el atractivo y la edad. Difícilmente un niño de siete u ocho años va a conseguir ser adoptado por una familia que busque activamente un hijo, más que nada porque prefieren criarlo desde pequeño e incluso, si es posible, hacer que pasen como hijos biológicos. Visto el panorama, el futuro del hijo de So-young en manos del sistema surcoreano no parecía apuntar a estrellas demasiado brillantes.

A través de este fondo sociopolítico y cultural, tanto Sang-hyeon como Dang-soo justifican su labor como traficantes de bebés: una forma de agilizar el proceso sin intermediarios burocráticos que solo busquen poner pegas y dificultar la adopción y también librar a los niños de los efectos nocivos del sistema de orfanatos surcoreano. Esta forma de pensar viene correspondida por la propia experiencia de Dang-soo al haber sido una persona que se ha criado en orfanatos y que nunca ha sido adoptada por nadie. Esta dinámica se entrelaza felizmente con los deseos de So-young de buscarle al niño a los mejores padres posibles, razón principal por que la desde un primer momento ha decidido embarcarse con los dos traficantes en un viaje que los llevará por varias ciudades surcoreanas. Sin embargo, estas no son todas las razones por las que trafican con niños, especialmente en el caso de Sang-hyeon. Este personaje está metido en lo que podríamos llamar en román paladino como un lío de narices al deberle a unos gánsteres una suma relativamente grande de dinero. Por supuesto, por su propio bienestar, le urge ingresar de forma rápida y sencilla una suma lo suficientemente cuantiosa para poder satisfacer las exigencias de los extorsionadores. Vemos, por lo tanto, que no todo lo que reluce es oro y que detrás del sistema de justiciero social que Sang-hyeon coloca como superficie se esconden algunas motivaciones algo más turbias que no resultan para nada ideales.

La agente Soo-jin (Bae Doona) es, quizá, el personaje que de forma más evidente demuestra un arco de personaje cambiante a lo largo de toda la película.

Claro está, y a merced de lo que comentaba en el anterior segmento, que no estamos ante una película de cualquier director. Como ya tendremos bien aprendido después de quince películas reseñadas, el trabajo de Koreeda nunca termina de quedar completo sin sus debidos ejercicios de simpatía, y en base a esto construye unos personajes de personalidad plástica que terminan con una visión del mundo que varía notablemente de la que tenían para cuando empezaban el viaje. Sang-hyeon y Dang-soo se encariñan, no solo del bebé con el que están traficando, sino también de la madre, So-young, remarcando el ya a estas alturas arquetípico modelo de la familia encontrada que de forma tan reiterada plantea Koreeda en sus películas. A su vez, la agente Soo-jin, la que tiene el placer de formular sonoramente la primera frase de toda la película —recordemos: “No tengas un bebé si vas a abandonarlo”—, recorre todo un arco de personaje que la llevan desde la antipatía cuadriculada al abrazo empático de aquellas personas que, por una circunstancia u otra, se ven obligadas a abandonar a sus hijos. Sin embargo, en Broker sucede algo que en otras películas de Koreeda no sucede, quizá con excepción de The Third Murder (2017). ¿Le es al espectador tan sencillo empatizar con Sang-hyeon y Dang-soo? Uno puede argumentar que la llegada de So-young los “humaniza” al exigirles una cura exhaustiva de aquellos padres que se merecen criar a un niño y aquellos que no, pero incluso así, ¿acaso no siguen traficando con bebés, a pesar de todo? Nuestra simpatía y cariño hacia estos personajes depende exclusivamente de la lectura que hagamos de las circunstancias sociopolíticas de Corea del Sur, que desde una perspectiva occidental puede llegar a verse como atrasada. Al fin y al cabo, elementos como Sang-hyeon y Dang-soo no debería existir en ninguna circunstancia, pero en el marco de un sistema de adopciones y orfanatos precario como es el que presenta el país, su cabida parece encontrarse algo más justificada. Como señalaba, el grado de empatía que uno construya con estos personajes dependerá exclusivamente de la lectura que uno haga de la situación, de forma que es natural que este sentimiento pueda no presentarse de forma tan orgánica como sí lo hacía en anteriores películas de Koreeda.

Koreeda firma con Broker una película extraña, colmada de todos los motivos que hacen de su cine algo francamente especial e intransferible, pero también irradiada por algunos temas que de bien seguro pueden provocar algún levantamiento de ceja. Es, simultáneamente, su película más cómoda a nivel estructural al casi parecer que se ha dejado llevar por los tipificados dramas coreanos para construirla. No ayuda, tampoco, que haya tramas secundarias que distraigan la atención del núcleo principal, provocando que las más de dos horas que dura puedan equipararse —y así lo han hecho muchos medios de crítica cinematográfica— a un enredo de las cosas innecesario. Koreeda funciona mejor cuando aquello que quiere contar lo hace a través de caracteres totalmente identificados que no se deslindan de su marco de forma demasiado notable. Puede manejar varios personajes de forma simultánea siempre y cuando estos compartan una idiosincrasia o un fin determinado, como bien demuestran cosas como After Life (1998), Distance (2001) o Still Walking (2008). Hay algo bizarro en lo que ha terminado siendo Broker, hecho que sin duda la coloca en una posición algo incómoda dentro de la filmografía de su director, pero tampoco creo que sea lo suficientemente grave como para que no merezca la pena su visionado. Considero que hay suficiente calidad expresiva y argumental como para que uno, como mínimo, intente entrar en este lío de afecciones, empatías y cuestiones sociopolíticas.

 

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