Representación, Ideología y Recepción en la Cultura Audiovisual

RIRCA recomienda: ficciones policiales (I)

En el vasto mundo de la narrativa multimediática, el thriller es, quizás, el género más consumido actualmente. La vida humana es ordinaria, rutinaria, con apenas destellos momentáneos de emoción, y la ficción es un escape ideal del mundanal ruido. Nos sumerge en tramas intensas, trepidantes, y nos enfrenta contra lo más oscuro de nuestra naturaleza. Y es que el thriller nunca es la historia del bien contra el mal; es una amalgama de tonos grises donde el contacto entre el policía/detective y el asesino se convierte en un choque entre ideologías particulares en torno a la justicia.

Pero, bajo la trepidancia del thriller se esconde un detective o policía que investiga el caso. En ocasiones, la historia es un juego del gato y el ratón donde el asesino siempre parece un paso por delante hasta su inevitable arresto. En otras, esta persecución pasa por los trámites de oficina. Los policías no solo unen pistas a través de espectaculares telarañas de hilos rojos sobre una gran pizarra de corcho; también deben organizar papeleo, revisar interminables archivos y contrastar información muchas veces oculta tras numerosas capas de pistas falsas o inconsecuentes. Esta parte de las investigaciones, pasadas por alto en la ficción en favor de un ritmo rápido, emocionante, se ha ido desligando paulatinamente de la sombra del thriller para convertirse en un género propio: la police procedural o historia procedimental.

La ficción policial nació de la detectivesca. El Arsène Lupin de Maurice Leblanc en 1905 o el inspector Maigret de George Simenon de 1931 son algunos de los referentes de la novela detectivesca donde se prima la investigación antes que el arresto del criminal. A partir de los cincuenta, estas historias procedimentales comenzaron a alcanzar el medio audiovisual, en su mayoría como adaptaciones de novelas y en territorio anglosajón o norteamericano. Fabian of the Yard (BBC, 1954-1956), la adaptación The Thin Man (MGM Television, 1957-1959) o The Untouchables (Desilu Productions, 1959-1963) serían algunas de las pioneras del género en televisión, dando paso a otras series centradas en detectives famosos de la ficción (Maigret [BBC, 1960-1963] y sus numerosas adaptaciones posteriores, Columbo [Universal Television, 1971-1978]) y la diversificación del medio con The F.B.I. (ABC, 1965-1974), The Defenders (CBS, 1961-1965) o Starsky & Hutch (Spelling-Goldberg Productions, 1975-1979).

Puede considerarse el origen de la modernidad del género con la entrada de Michael Mann en el mundo del cine y su producción de la rompedora Miami Vice (Anthony Yerkovich, 1984-1990). Más adelante, la archiconocida CSI: Crime Scene Investigation (Anthony E. Zuiker, 2000-2015) inició una franquicia que ha dado pie a numerosas secuelas y un universo transmediático todavía vigente en la actualidad. La llegada del nuevo milenio configuraría el género tal y como lo conocemos en la actualidad. Los nombres de varios creadores comenzaron a hacerse eco en un nuevo mundo televisado, tecnológico y en constante cambio: Shawn Ryan por su The Shield (2002-2008), Hart Hanson por la famosa y longeva Bones (2005-2017), Jeff Davis por la todavía en publicación Criminal Minds (2005-2020, renovada en 2022), Dick Wolf por la muchas veces parodiada Law & Order: UK (2009-2014), Bruno Heller por The Mentalist (2008-2015) y Andrew W. Marlowe por Castle (2009-2016), todas series longevas y de gran éxito.

Si bien un género criticado por la masculinidad hegemónica y racismo de sus protagonistas (además de su ausencia de mujeres en roles principales), además de su representación incorrecta de la investigación policial, en las últimas décadas se han ido enmendando estos errores a través de expertos consejeros en el proceso de escritura y producción de las historias. Es el caso de Elementary (Robert Doherty, 2012-2019) como renovación de la figura de Sherlock Holmes en la actualidad, el exhaustivo trabajo de Jonathan Nolan en Person of Interest (2011-2016), la comedia policial Brooklyn Nine-Nine (Dan Goor y Michael Schur, 2013-2021), la longeva The Blacklist (John Eisendrath, 2013-2023) o Inspector George Gently (BBC, 2007-2017). Con series como Hannibal (Bryan Fuller, 2013-2015) o True Detective (HBO, 2014-), el género comienza a combinarse con otros géneros y se centra en la exploración psicológica de sus dúos protagonistas.

Las police procedural son un género expansivo, si bien casi siempre relegado a televisión por su formato de casos episódicos con personajes recurrentes. En esta entrada y la siguiente, desde RIRCA pretendemos ampliar el interés por este género más allá de la televisión y ocupar medios como el cine o el videojuego, rindiendo también tributo a los grandes aciertos de las historias procedimentales televisivas.

Aitor Fernández de Marticorena Gallego: Her Story (Sam Barlow, 2015)

Como en cualquier arte narrativo, de vez en cuando, surgen en la industria del videojuego obras que expanden los horizontes de su medio. Entre la marabunta de triples A que rara vez apuestan por la novedad e indies experimentales que pasan bajo el radar, Sam Barlow es un nombre a tener en cuenta. Llevado al reconocimiento con su trabajo en Silent Hill: Shattered Memories (Konami, 2009), Barlow es conocido actualmente por sus narrativas interactivas a través del medio fílmico, una serie de experimentos que comenzaron con el videojuego aquí presente, Her Story, y continuaron con Telling Lies (Annapurna Interactive, 2019) y el reciente Immortality (Half Mermaid Productions, 2022).

Her Story es un experimento nacido del desafío a las narrativas lineales y tradicionales. En su núcleo, no hay nada original: la persona a los mandos investiga un misterioso caso de asesinato a través de vídeos de 7 entrevistas distintas realizadas por la policía a la principal sospechosa. La frescura, en realidad, se encuentra en su estructura y mecánicas. Las entrevistas se encuentran archivadas en la base de datos de la policía, pero el ordenador desde el que se realiza pertenece a los noventa y, por tanto, hace patentes las limitaciones de su época. En lugar de 7 entrevistas continuas, el ordenador las almacena en 271 clips desordenados; es la tarea del jugador descubrir la verdad escondida entre todos los clips. El loop de juego es tan sencillo como adictivo: el jugador abre un clip de varios segundos, la sospechosa dice una palabra que llama la atención («Glasgow», «baby», «Hannah», «murder»…), el jugador la escribe en el ordenador y revisa los clips que hayan resultado de la búsqueda. El toque de genio en el diseño del juego se encuentra en que puede haber 60 entradas con la misma palabra, pero el ordenador limita la búsqueda a los primeros 5 resultados.

Ya en 1999, Barlow había trabajado en el germen de Her Story con su primera obra independiente, Aisle. En aquella experiencia interactiva, puramente textual, el jugador podía introducir una única línea de texto para concluir la historia presentada por el juego. Así, cada acción provocaba un resultado diferente programado en base a cientos de posibilidades. Her Story es una continuación de ese espíritu, de ese desarrollador siempre un paso por delante del jugador. El juego comienza con una palabra ya en la barra de búsqueda: «MURDER», y 4 clips asociados a ella. El jugador o jugadora puede que realice varias búsquedas en base a esos clips, pero no descubrirá la verdad inmediatamente. Incluso cuando una palabra lleva a un clip donde se revela el pastel, Barlow guía al jugador a través de pistas falsas, frases sin sentido fuera de contexto y un constante tira y afloja con el proceso lógico de la persona a los mandos. Al final, se impone la opción de agarrar un papel y un lápiz para comenzar a elucubrar y conectar puntos en un bloc de notas hasta que, inevitablemente, se llegue a una conclusión.

Son tres los factores delimitantes para el correcto disfrute de la experiencia. Primero, la aceptación de Her Story como una fusión de géneros. Aunque el loop de juego pertenezca, sin duda, al medio videolúdico, todos los clips son vídeos grabados con la actriz Viva Seifert. Su estupenda interpretación se encuentra llena de matices y en ellos se encuentra la verdad oculta tras la historia. Segundo, por sus características específicas, el juego está disponible solo en inglés. La programación exprime la polisemia de los distintos términos a buscar y, por tanto, puede perderse mucho en el proceso de traducción. De todos modos, existe una versión en español traducida por fans que, aun perdiendo algo del original, es una solución válida para todos aquellos jugadores que no dominen el inglés. Tercero, el propio Barlow afirma que, en lo experimental de la obra, Her Story termina cuando el jugador esté satisfecho con el resultado. Hay un conato de desenlace, pero este solo se activa cuando la persona tras la pantalla asume haber encontrado la verdad. Parte de la gracia de Her Story es que, en base a los clips que cada jugador mire, terminará con una interpretación u otra de la protagonista, siempre con varios puntos argumentales comunes. Animamos desde RIRCA a que los lectores se atrevan con la experiencia y salgan con su propia versión de la historia. Es una forma única de disfrutar la narrativa.

Patricia Trapero: True Detective T2 (HBO, 2015)

No cabe duda de que el estreno de la serie antológica True Detective en 2014 inició la mitificación de uno de los personajes de su primera temporada, el detective nihilista Rustin Cohle (Matthew McConaughey), al tiempo que iniciaba la «mala costumbre» de convertirlo en una especie de cánon de modo que el resto de las temporadas emitidas se sometían a una valoración mejor o peor de acuerdo con ese hipotético canon. Y decimos mala costumbre porque lo interesante de True Detective está en la construcción de los distintos detectives que intervienen en cada uno de los casos presentados, todos ellos pertenecientes al más puro true crime como género truculento o con un fuerte impacto social al que no es ajeno lo mediático. Así se aprecia en la segunda entrega de la antología que indaga un cruento asesinato relacionado con la especulación urbanístico-industrial que intenta llevar a cabo el mafioso Frank Seymon (Vince Vaughn). Enfrentada, pues, directamente con los asesinatos rituales de la temporada anterior que se retoman en una extensión temporal en forma de cold case en el argumento de la tercera entrega, nuestra recomendación se enlaza directamente con la construcción y/o consolidación de las estructuras de poder y la corrupción que éstas conllevan. Elementos que también plantean de forma absolutamente crítica series como Penny Dreadful: City of Angels o las magníficas Perry Mason y Slow Horses. Consecuentemente, True Detective T2 retoma la esencia del thriller político-social que habitualmente rompe los esquemas del American Dream en el sentido más amplio del término y lo ubica en la contemporaneidad.

Todo ello a través de la construcción de individuos esencialmente torturados y conflictivos que deben integrarse en el trabajo de equipos policiales como ya anunciara en la década de los 90 la serie NYPD Blue —con el personaje del detective alcohólico Andy Sipowicz (Dennis Franz)— y continuada posteriormente por productos del género como Chicago PD o parte de la franquicia Law & Order. De este modo, en la segunda temporada el detective corrupto Ray Velcaro (Colin Farrell) quien tiene problemas familiares agravados por su adicción a las drogas además de trabajar para Frank Seymon se encuentra con Antígona Bezzeides (Rachel McAdams) con un pasado turbulento en las relaciones con su padre y su hermana, y con una dependencia del alcohol y del sexo promiscuo. El encuentro de ambos personajes, al que se une Paul Woodrugh (Taylor Kistsch) un veterano de Vietnam com estres postraumático, va más allá del trabajo detectivesco de dos individualidades contrapuestas y conceptualmente irreconciliables como sucede en su predecesora para convertirse en un proceso de sanación personal conjunta. Este es, sin duda, el gran valor de True Detective (2) y de nuestra recomendación. Todavía más si está protagonizada por actores que rompen con una imagen encasillada como Vince Vaughn o con trayectorias más que magníficas y en muchas ocasiones infravaloradas como son Colin Farrell —ahora en alza gracias a The Banshees of Inisherin— y especialmente la siempre magistral Rachel McAdams.

 Nuria Vidal: To Catch a Killer (Damián Szifron, 2023)

Si pensamos en los thrillers que nos ha ofrecido 2023 hasta el momento, seguramente destacan dos títulos: The Killer de David Fincher y A Haunting in Venice de Kenneth Branagh. Dos cineastas, especialmente el primero, que han dedicado si filmografía más reciente a crear entresijos criminales, ya sea desde el punto de vista del investigador o del asesino. Sin embargo, poco destacará el largometraje que recomendamos hoy: To Catch a Killer – o también conocida como Misantrope – dirigida por el argentino Damián Szifrón. El cineasta, a pesar de no contar con una filmografía muy extensa, es reconocido por ser el creador de la serie Los Simuladores (2002) y la película Relatos Salvajes (2014) que tuvo un gran éxito internacional. Con To Catch a Killer, Szifrón da el salto a la producción estadounidense y es la muestra de su madurez como cineasta.

Situada en Baltimore, la trama comienza en la celebración del fin de año donde un francotirador mata indiscriminadamente a 29 personas desde las azoteas del centro de la ciudad. Así, seguimos a una policía de patrulla, Eleanor Falco (Shailene Woodley), quien se convierte en la profesional más óptima para formar parte de la unidad de busca y captura del asesino en masa liderado por el agente del FBI Geoffrey Lammark (Ben Mendelsohn). A pesar de que se trata de un claro argumento de “gato y ratón” dentro de las ficciones policiales, la película no es un thriller de acción ni de grandes giros dramáticos. Se trata de una narrativa sosegada y reflexiva que se centra más en la construcción del perfil psicológico criminal. O, más bien, podíamos hablar de re-construcción de la criminalidad del asesino. Un acercamiento a la investigación policial que tiene en los personajes y su contexto social, político y cultural como centro discursivo.

En este sentido, el pasado turbulento de Eleanor y su perspicacia para adentrarse en la mente del criminal es uno de los ejes de la trama; a la vez que también se crea la psicología de la investigadora. La construcción de perfiles criminales es, pues, el epicentro de la película. La pugna entre la estereotipación criminal y la humanización del asesino chocan entre la policía, la opinión pública y los medios que especulan acerca de su origen y sus motivaciones. Unos porqués que Eleanor contempla como una mezcla entre sociales e individuales y cuyo contexto es determinante. Así, el discurso del film deriva hacia una narrativa claramente dentro de la era Trump con la concepción de “enemigo de EE.UU.”, la supremacía blanca, el uso sin control de las armas, los pensamientos de extrema derecha, el terrorismo y la criminalización de la inmigración. La crítica al sistema estadounidense está presente durante el transcurso de la película donde también se muestra la facilidad de la radicalización y la respuesta violenta, paranoica y visceral de la sociedad frente a los problemas sociales y políticos. Algo que es intrínseco en la mentalidad de la sociedad de EE.UU. Asimismo, esto se materializa en las dinámicas de poder que refleja la trama donde los cuerpos del estado pelean por obtener el favor de la opinión pública y entorpeciendo la investigación.

Igualmente, la película ha tenido críticas mezcladas entre los espectadores. A pesar de sus imperfecciones, es curioso fijarse en que las opiniones más destructivas provienen del público estadounidense frente al resto de espectadores que tienen una mirada más analítica y/o constructiva. Sea como sea, To Catch a Killer es un thriller reflexivo a la vez que intrigante que nos habla sobre nuestra sociedad y se convierte en una de las citas imprescindibles de la ficción policial de 2023.

 

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