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Representación, Ideología y Recepción en la Cultura Audiovisual

«Dark» (Netlfix, 2017). Todo está conectado: los misterios de Winden, los bucles temporales y el cuestionamiento físico

“La pregunta no es quién, es cuándo”. Esta frase es repetida en múltiples ocasiones a lo largo de la primera temporada precisamente porque el eje temporal resulta el factor esencial en la serie alemana producida por Netflix y estrenada en 2017, recomendada en RIRCA con las “5 razones” de Ignacio Pillonetto. La serie está dirigida por el cineasta suizo Baran bo Odar y escrita por la guionista y actriz Jantje Friese. Producida por Quirin Berg, Max Wiedermann y Justyna Müsch, y protagonizada por Oliver Masucci, Karoline Eichhorn y Louis Hofmann.

La premisa narrativa reside en desaparición de Mikkel, un niño de Winden, un recóndito pueblo alemán (argumento que bien puede recordarnos a la primera temporada de Stranger Things) con un corte nostálgico y de misterio/ciencia ficción con un toque distópico que se centra en la desaparición y que parece estar constantemente anclado a un pasado que tiene muchas respuestas que se van a ir dando de manera paulatina. El tiempo es personaje y condiciona el marco narrativo, atrapa a la audiencia hasta que capta su atención para hacerla girar en un espiral donde al encontrar una respuesta, aparecen muchas más preguntas. La introducción ya nos sitúa en el discurso de Einstein sobre la no linealidad del tiempo y la superposición de sucesos, que, a nivel visual, se materializa en el recorrido de fotos de las mismas personas en distintas etapas de sus vidas, además de un búnker lleno de armas, indicadora de algún tipo de fin del mundo apocalíptico rodeada de desechos nucleares. Tras toda esta sucesión de imágenes de la introducción, vemos en escena a un hombre cerrando una carta escribiendo instrucciones para que ésta se abra a una hora y fecha concreta e, inmediatamente, se suicida desde una viga. Todo ello seguido de los créditos y del inicio del primer capítulo.

A partir de ahí, el elemento local y costumbrista nos dibuja la vida de los habitantes de Winden, quienes parecen transcurrir en una desidia por vivir allí. La lentitud del tiempo y el deseo de los jóvenes del instituto por salir de allí dan cuenta de que no parece, a priori, un lugar fascinante en el que vivir. Sin embargo, la central nuclear situada en el mismo bosque, las grutas, así como la escuela e instituto y la estación de policía esconderán mucho más de lo que parece. Pues, las apariencias engañan, como indica la cultura popular, y Winden y sus habitantes esconden más secretos que la primera impresión que pueden dar y el estatismo no es más que un espejismo narrativo.

A lo largo de los distintos capítulos podemos ir descubriendo piezas de un puzle en el que podemos descubrir que cada 33 años regresa una maldición en Winden: niños y jóvenes, especialmente, comienzan a desaparecer sin dejar rastro. No obstante, la desaparición de Mikel en 2019, momento en el que se nos sitúa la trama, viene acompañada del hallazgo de un cuerpo con ojos quemados con un Walkman y con ropa de los años ’80. Los eventos extraños y las incógnitas se multiplicarán con el paso de los capítulos y tendrán como foco todo lo que rodea la central nuclear, la cual será el epicentro para los viajes en el tiempo hasta el traslado a cuatro épocas distintas en las que conectan los mismos personajes en ejes temporales distintos, pues, como leit motiv de la primera temporada: “Todo está conectado” y Winden aporta mucho sobre debates y paradojas de la física y sus consecuentes complicaciones existenciales para sus habitantes.

Dark consigue majestuosamente conectar los distintos personajes en sus distintas épocas y la norma de que todas las acciones pueden afectar, irremediablemente, al tiempo presente. Cada personaje y cada evento está cohesionada de manera muy minuciosa, como un artefacto programado que funciona a la perfección. Así pues, cada personaje, aunque aparente tener una función secundaria, tiene una función esencial en el desarrollo de los eventos y en la comprensión del entramado narrativo: el pueblo como tal está representado por su amplio elenco de personajes cuya individualidad se plasma en la profundización de secretos, traumas o venganzas.

Winden atrapa en una realidad asfixiante a sus habitantes con su personalidad sombría y su ambiente claustrofóbico y nostálgico, que condensa las tragedias de la historia de sus habitantes en bucles temporales eternos, condicionados a una supuesta maldición con una hipotética explicación física cada 33 años. Este bucle temporal transmite, ante todo, un suspense creado desde la incertidumbre considerable en la audiencia: Jonas, como personaje central, nos va descubriendo más sobre cómo funcionan los viajes en el tiempo y sus túneles, pero en la primera temporada no sabemos aún quién construyó los túneles, quién puso sus puertas y por qué se puso el repetido verso latino “Sic mundus creatus est”.

La alquimia, la tabla esmeralda que tradujo Newton del latín que contiene los 12 puntos principales de la filosofía hermética, así como la trinidad, están detrás del misterio más grande que envuelve la serie, cómo funciona el tiempo. En Winden tenemos algunas pistas sobre las posibles máquinas del tiempo que son capaces de crear agujeros negros para llevarnos a otro tiempo y que Noah parece querer utilizar supuestamente para purificar al mundo y salvarlo, para buscar la verdad subyacente en ella, en ciclos repetitivos de 33 años que conectan ejes temporales entre pasado (con el enigmático personaje de Noah), presente (con Jonas como eje) y futuro (representado por Claudia). Sin duda, habrá que esperar a la siguiente temporada para poder ir descubriendo la verdad que se esconde tras los viajes en el tiempo y sus plausibles efectos en sus habitantes.

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