RIRCA

Representación, Ideología y Recepción en la Cultura Audiovisual

«Derry Girls»: resarce a nuestra educación sentimental

Sin duda, en la década de los 80 e inicios de los 90, la televisión fue una de las principales plataformas de acceso a una cultura del entretenimiento que intervino, de forma notable, en nuestra educación sentimental. Gracias a ella, accedimos a todo un abanico de propuestas narrativas en una cultura del ocio incipiente –al menos en nuestros lares-, que nos conectaban con comunidades imaginadas y formas de ver el mundo que nos permitían soñar con una subversividad cultural a golpe de estallido de humor totalmente ajeno a nuestra herencia casposa –y no por ello, necesariamente mala-.

Hoy, la cultura el ocio y el entretenimiento, ya no es lo que era. La multiplicidad de pantallas y de autopistas de distribución virtual, permite una diversificación en nuestras elecciones. Multipantallas, textos que se retroalimentan los unos a los otros, mil canales de distribución y consumo que se diseminan por doquier según fórmulas corporativas y que consiguen aglutinar cierta experiencia visual como si de una marca se tratara; la consolidación de la cultura fan que habría que pensar hasta dónde ha evolucionado y la legitimación de una apropiación cultural freak, gracias a las múltiples posibilidades que el advenimiento de las redes sociales y sus mil espacios captadores y distribuidores de experiencias proporciona. Todo ello, sin duda, pauta el acceso y la experiencia audiovisual.

Ahora bien, poco se ha movido en cuanto a contenidos se refiere si tenemos en cuenta que, lamentablemente, todas estas mil posibilidades experienciales no sean siempre sinónimo de una mayor y mejor representación de distintos modelos de los roles arquetípicos. De la masculinidad y la feminidad; de las distintas sexualidades y manera de definirse culturalmente en este mundo. Con temor a que una afirmación como esta pudiera malentenderse como una aseveración que negara o desautorizara los espacios de revulsión, contestación, y múltiples e interconectadas vías de escape cultural que han posibilitado reivindicaciones de identidades subalternas, racializadas, feministas y queer entre otras, descomprimiendo así los altos índices de normativización social en los que vivimos, también sin temor, se puede afirmar que, en esta línea, aún son puntuales las narraciones subversivas. Y más si tenemos en cuenta que la cultura del consumo tiene la habilidad de acabar normativizando lo que en un momento fue extraño, marginal, o subordinado. Así las cosas, Derry Girls (Channel 4 2018), en la que circulan 4 adolescentes en la Irlanda del Norte de los 90, en pleno desarrollo del conflicto armado político y civil con Inglaterra, y sin mayor aspiración que sobrevivir por y a pesar de su limitada visión del mundo, supone un revulsivo a esta continuidad transhistórica, intertextual y transmediática.

En el terreno de lo popular el derecho a la ironía y a la autoparódia son sinónimos de prestigio. Tanto cultural, como histórico, como de participación social. Si puedes parodiar o puedes (re)producir una mirada social cínica, significa que tu voz vale –mucho-, y que tu experiencia y tu lugar en el mundo son incuestionables e irrenunciables.  En los 80, aunque aquí nos llegaran a los 90, ahí estaban, como ejemplo, The Young Ones (BBC2 1982-1984), serie de culto producida protagonizada por cuatro jóvenes de clase media que, con un sentido del humor surrealista, cínico, e incluso violento, se convirtió en uno de los mayores exponentes mediáticos capaz de trazar una mirada crítica a un sistema de promoción social clasista propio de la incipiente propuesta económica y cultural del neoliberalismo. Con su punzante sátira a la cultura popular y de consumo, capaz de desencantar el instinto de superación, y capaz de instrumentalizar las voces ideológicas disidentes en forma de ismos despolitizados, su aportación a los procesos de contestación o subversión parental tan típicamente británicos, fue celebrada y reconocida de forma global. Y como es sabido, esta forma de humor, si bien digna de ser celebrada, es totalmente masculina y masculinzadora. Por más identidades sexuales híbridas que pudieran supurar en el texto, el tono, la ridiculización, el salvajismo y todas las demás licencias narrativas y que supusieran la ruptura de un supuesto buen gusto o saber estar, pertenecen al reino del “aquí estoy y yo puedo”.

Salvando todas las distancias, en el terreno nacional también tuvimos nuestros pinitos. Y con más mérito, creo yo, pues de una forma inesperada la propuesta de la directora Lolo Rico, a quién hay que reivindicar mucho, envalentonó a la infancia del país a reconocer el mal –el capital- al más puro estilo gamberro y freak, de la mano de unos electro-duendes y toda una pasarela de artistas de la Movida en plena construcción de la transición. Y aunque aquí la intención es celebrar La Bola de Cristal (RTVE 1984-1988) como uno de los minúsculos capítulos de la historia de la subversividad y crítica social en España, también cabe darse cuenta de que aún faltaba un poco para un cambio de roles que interpelara a las niñas y su propia idea de poder. Pues la amenaza de la pérdida de la lavadora, epítome del avance tecnológico en el universo femenino, aún era latente y propio de la temerosidad de las mujeres.   

Sé que dejamos muchos títulos y muchos aspectos en el tintero. Y sé que, a muchas personas les rechinará que se cuestione los múltiples beneficios y avances que la crítica social audiovisual ha podido y puede proporcionar en avances y sensibilidad social. Ahora bien, en la soledad y lo íntimo que supone toda educación sentimental, siempre eché de menos que las mujeres pudiéramos ejercer autocrítica, exhibir nuestras flaquezas, y contribuir a las narraciones irónico-cínicas con la única intención de hacer crítica social.

En este sentido, Derry Girls supone un resarcimiento a nuestra educación sentimental. Permite una parodia y una revisión histórica de como la presión ideológica se personifica en la experiencia y cuerpos de cuatro adolescentes, sumergidas en un contexto conflictivo que ni entienden ni forma parte de sus preocupaciones, precisamente por ser adolescentes, pero que sí las hace vulnerables civil y socialmente.  No hay un ejercicio de autoconsciencia en ellas en ninguno de los capítulos, pero en forma de parodia, situaciones hiperbólicas, palabrotas a mansalva, y la ridiculización constante de la idea del poder, sí vemos los efectos que todo el aparato ideológico tiene sobre las mujeres. Sobre lo que sufren y sobre lo que está previsto para ellas. Es por ello, y nada más ;-), que Derry Girls me parece sobresaliente en un panorama mediático que, hasta ahora, no ha dejado que nos riamos con plena autoridad de la mojigatería femenina. Esa mojigatería mediante la que hemos estado educadas, mediante la que hemos encontrado y controlado nuestro estar en el mundo y que, incluso, hemos reivindicado. Y reírnos de ello, claro está, no para ridiculizarnos o autoparodiarnos simplemente, sino para hacer crítica social.

Y vaya si lo hace: la desafección y la sobreafectación religiosa; las familias nucleares matriarcales con permiso del padre, en la que los pocos sueldos alimentan a 6 personas mínimo; los favores vecinales para sobrevivir a horarios imposibles; el prestigio social en lo local-barrio, como privilegio y falso sentimiento de heroicidad; las relaciones sociales plagadas de prejuicios culturales y sexuales como el reconocimiento de una sociedad obtusa y demasiado preocupada por entender y controlar hechos que trascienden a toda intervención popular (religión y nacionalismo); la parodia absoluta del amor romántico ante la veneración pop por el cura del pueblo hiperpagado de sí mismo, con crisis de identidad y fe, epítome del ridículo de la imposición de las ideologías dominantes; el aburrimiento total y social de la monja quien se sabe atada al sistema para siempre, con toda la autoridad que ello, paradójicamente, le proporciona; y la perfecta construcción de cuatro chicas adolescentes y el primo James, el inglés, que personifican el estado lerdo por excelencia en una sociedad que, a ningún efecto, les tiene en cuenta. Y todo contado y parodiado desde la mirada mujer.  Y, ya ves, cuestionando temas de normativización sexual, de clase, y racial (la mirada condescendiente, racista y clasista de quién hace el bien a quien menos tiene, en este caso a los niños de Chernobyl, es simplemente TOTAL).

Gracias, Derry Girls, por resarcir mi educación sentimental. Gracias por reproducir la mojigatería femenina como merece. Por lograr que podamos contribuir a la crítica social a través de mofa y la autoparodia consciente y, sobretodo, autorizada.

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