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Representación, Ideología y Recepción en la Cultura Audiovisual

5 razones para no ver «The Strain» (2014-)

La pasada semana se estrenó la tercera temporada de The Strain. La historia que comienza una noche de invierno en el JFK de Nueva York pivota sobre un incidente que tiene en vilo a Seguridad Nacional. Un Boeing 767 se detiene en la pista de aterrizaje con 210 cadáveres en su interior y bajo la sospecha de un ataque terrorista de carácter biológico. Interviene entonces el Centro para el Control y Prevención de Enfermedades liderado por el Dr. Goodweather y su equipo, personajes centrales para esta historia que narra la expansión de una pandemia vampírica por toda la ciudad de Nueva York.

La adaptación de las novelas de Guillermo del Toro y Chuck Hogan a la televisión fue sin duda alguna uno de los acontecimientos televisivos del 2014. El primer capítulo a cargo de Guillermo del Toro tiene realmente mucho potencial, pues trata desde una óptica científica uno de los productos culturales más versátiles y manidos del imaginario occidental: el vampirismo. A del Toro le avalan películas del género fantástico y de terror como Hellboy, Mimic, o El laberinto del fauno y, desde luego, el primer episodio de The Strain cumple con todas las expectativas. Desafortunadamente, estas expectativas no son del todo cubiertas a medida que la primera temporada se desarrolla a manos de otros guionistas y directores. Estos son los cinco motivos por lo que no aconsejamos The Strain:

La serie se caracteriza por una narración que necesita de numerosos flashbacks para contar la historia de determinados personajes que son esenciales para la trama. Sin embargo, ya sea por falta de cuidado, ya sea por falta de financiación, estas escenas históricas (la mayoría en un campo de concentración nazi) son rodadas con numerosas inconsistencias que abarcan cuestiones lingüísticas, nazis hablando en inglés a judíos polacos, hasta cuestiones históricas o estéticas del vestuario. No es en realidad una cuestión importante en el género de la fantasía distópica creada por del Toro, pero sí pone de manifiesto el poco cuidado que tanto guionistas como productores han puesto en un producto audiovisual que podría haber sido inmejorable.

Esto nos lleva a otro aspecto que en el ámbito de la telefantasía es primordial: la credibilidad (o en este caso, la falta de). Los efectos especiales, digamos sobrenaturales, todo aquello que tiene que ver con la representación icónica del vampiro están relativamente bien logrados, pero en otras ocasiones, cuando la trama alcanza diversos puntos álgidos (batallas que se antojan espectaculares, explosiones que cambian el curso de la historia, y un largo etcétera), la calidad de la producción resulta muy mejorable, hasta el punto de que al espectador no le resulta creíble que el derrumbamiento de una viga en medio de una nave industrial y un poco de humo puedan parar a un vampiro casi-centenario.

Esta dejadez también se manifiesta en los guiones de la serie. Dos aspectos muy mal diseñados, entre los múltiples que podemos encontrar, son el desarrollo de la personalidad de Zack, el hijo adolescente del Dr. Goodweather, y el tratamiento de la pandemia vampírica como tal. Zack, un adolescente frustrado que ha perdido a su madre (ahora convertida en vampiro) despierta casi tanto rechazo como el personaje de Carl Grimes en The Walking Dead. ¿Pero es este rechazo generado por la escasa habilidad de los dos actores que han interpretado a Zack durante dos temporadas? ¿O más bien la nula atención que los guionistas han conferido a un personaje adolescente que es central para el desarrollo de la trama y los diversos giros dramáticos que tienen lugar especialmente durante la segunda temporada? Lo cierto es que la audiencia no entiende las motivaciones que llevan a Zack, como adolescente, a actuar del modo en el que actúa. Será que las culpas debieran estar repartidas a partes iguales entre guionistas y director.

Lo mismo acontece con el tratamiento de la pandemia vampírica que asola Manhattan. Si en los primeros episodios el riesgo de contagio era muy elevado, lo que obligaba a tomar numerosas medidas sanitarias para tratar con estos seres, con el paso de los episodios tanto el guión como las directrices que marca el director se vuelven descuidadas. Si en los primeros capítulos eran necesarios guantes o mascarillas para tocar a los gusanos que trasmiten la enfermedad, en la segunda temporada sólo les falta hacerse un guiso con ellos. Ah, no espera, si realmente se hacen un guiso con ellos.

Para finalizar, ese giro inesperado y auténtico que aporta una perspectiva médica a una serie televisiva de vampiros, y que tan bien explota del Toro en el primer episodio, se diluye automáticamente a la mitad de la primera temporada para convertirse en otro de esos relatos  épicos que narran viejas batallas entre el bien y el mal, aderezado con tramas románticas innecesarias. Desde luego sí merece la pena leer las novelas, pero en lo que se refiere a su adaptación televisiva, me quedo con Buffy Cazavampiros.

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