“Black Mirror” regresa con seis nuevos ejercicios de imaginación en clave de distopia

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La producción de Charlie Brooker regresaba el pasado 30 de diciembre con su cuarta temporada, emulando la estructura que ya presentaba en la anterior. Nuevamente nos encontramos ante seis episodios aparentemente inconexos que narran historias en clave de distopia. La premisa es sencilla: las tecnologías del futuro podrían tener un impacto nocivo sobre individuos y sociedades dependiendo del uso que les demos. Black Mirror puede pecar de hiperbólica, lo que sin duda le restará credibilidad a ojos de un gran número de espectadores que detectarán sus múltiples incongruencias y perderán el interés rápidamente. Sin embargo, esta es una estrategia deliberada que puede surtir el efecto contrario; esto es, atraer la atención y hacer reflexionar acerca de los avances científicos en clave de futuro, pero también de actualidad.

“USS Callister” es el episodio que abre la temporada. Destaca en primera instancia por su estética, que hará las delicias de los fans de Star Trek. En él nos encontramos con Robert Daly, un genio de la creación capaz de desarrollar un mmorpg (un videojuego de rol multijugador masivo en línea), pero incapaz de entablar interacciones sociales satisfactorias en el mundo real. Hasta aquí el episodio habla de la alienación de la que podemos adolecer hoy mismo al ocultarnos tras las múltiples pantallas que nos rodean. Sin embargo, el director Tim Van Patten introduce un nivel extra de complejidad al concebir al personaje de Daily como un megalómano capaz de crear copias digitales de sus compañeros de trabajo a través de un proceso de escaneado de ADN. Así logrará todo el reconocimiento, adulación (y sometimiento) de aquellos que se lo niegan en su entorno laboral. De modo similar a como ocurría en el episodio “White Christmas”, que cerraba la segunda temporada anterior, aquí se plantea una duda razonable de cariz ético-moral: ¿Es una copia de una mente una copia o una mente? La respuesta muy probablemente dependa de los niveles de empatía de cada cual.

Black Mirror

La tripulación de la nave virtual USS Callister es prácticamente un calco de las de Star Trek.

El siguiente episodio se titula “Arkangel” y nos llega de la mano de Jodie Foster. En este caso la tecnología que se presenta es un sistema de seguimiento en tiempo real que permite a los progenitores tener un control absoluto sobre sus hijos. Esto se logra a través de un chip implantado en el cerebro de la persona en cuestión y de una sencilla tableta. El invento cumple también con la función de bloquear contenido visual, de tal modo que las imágenes que pueden causar estrés emocional al menor por su alto contenido violento o sexual aparecen distorsionadas. Como cabría esperar, los efectos de este sistema son potencialmente devastadores, algo que se ve representado en una madre obsesionada con proteger a su hija y salvaguardar su inocencia. Este procedimiento termina por provocar un resultado opuesto al deseado. Los niveles de ansiedad, curiosidad y sensibilización de la chica se ven ampliamente acentuados.  Foster parece atacar aquí la obsesión por el control parental.

En “Crocodile” una detective utiliza una nueva tecnología para resolver casos. Se trata de una suerte de máquina de la memoria capaz de reconstruir la escena de un crimen en base a los recuerdos subjetivos de distintas personas presentes en el lugar y momento indicados. El trabajo de la investigadora consiste en cosechar estos fragmentos para así reproducir los hechos de la forma más objetiva posible y dar así con el criminal. En este caso, un caso menor le llevará a dar por accidente con una asesina aislada en un paraje frío y desierto de vida humana que bien podría representar lo que se oculta en lo más hondo de su alma. Especial mención para la fotografía de este episodio, que destaca por sus preciosos paisajes montañosos.

El cuarto episodio de esta temporada es uno de los que mejor acogida ha recibido, con reminiscencias claras del celebrado “San Junipero”, buque insignia de la temporada anterior. “Hang the DJ” habla de una aplicación diseñada para encontrar un amor perfecto y sin fecha de caducidad. Este sistema empareja a personas potencialmente compatibles con el objetivo final de dar con la definitiva. Esta dinámica puede recordar a la de programas de entretenimiento actuales como “First Dates”. Sin embargo, a diferencia de este aquí los participantes pueden saber cuánto tiempo durará su idilio desde el primer instante en que se encuentran, ya se trate de horas, días, meses o años. Paradójicamente este procedimiento exige que los candidatos acaten unas normas que por momentos se tornan contraintuitivas, forzándolos a mantener relaciones de una sola noche con extraños o a alejarse de una persona a la que desearían conocer más a fondo. Para justificarlo, se aduce que incluso los encuentros más fugaces proporcionan información valiosa de cara al proceso de selección final. “Hang the DJ” propone temas como la baja tolerancia a la frustración en lo concerniente al amor, que conduce a la exigencia de una garantía de amor eterno, o la posible artificialidad de los encuentros sexuales de una noche.

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En “Hang the DJ” las parejas disponen de un pequeño artilugio que les permite conocer la duración de su relación.

“Metalhead” es una distopia post-apocalíptica en un mundo en blanco y negro en el que la humanidad ha sido diezmada a consecuencia de un conflicto bélico al que se alude sin entrar en detalles. Las personas se aíslan en refugios con escasos recursos mientras unos perros robóticos de presa campan a sus anchas esperando la siguiente oportunidad para dar caza a un humano. La estética de este episodio es uno de sus grandes aciertos, ya que proyecta una imagen metálica y deshumanizada de los entornos que aparecen en pantalla. La advertencia en este caso parece apuntar con bala a la industria armamentística y a los peligros que esta entraña. La creación de máquinas de matar inteligentes y extremadamente eficientes podría redundar en la extinción virtual de la humanidad. “Metalhead” plantea un terrorífico futuro en el que el calor humano es presa del frio metal, en el que quizás sea el punto más desgarrador de esta temporada.

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“Metalhead” es, sin lugar a dudas, uno de los episodios más terroríficos de toda la serie.

Y, para acabar, nos encontramos con “Black Museum”; un episodio plagado de huevos de pascua. La acción transcurre en un museo dejado de la mano de Dios que alberga un gran número de artefactos que pertenecieron a personas que cometieron un error y/o fueron malvados en un momento dado. La trama echa a rodar cuando una chica hace una visita a este lugar regentado por un guía que narrará para ella tres historias con ADN Black Mirror dotadas de una estructura que replica a la de “White Christmas”. Este es un episodio muy relevante para aquellos seguidores de la serie que sostienen la teoría de que todos los universos en ella representados confluyen en uno mismo, ya que en el museo aparecen objetos de otros episodios y temporadas.

¿Es posible que Black Mirror no sea tan fragmentaria como parece? Lo cierto es que muchos episodios incluyen guiños a otros, con tecnologías que se repiten en diferentes estadios de su desarrollo o personajes u objetos que cruzan de una dimensión a otra. Otro ejemplo de esta autorreferencialidad lo encontramos en la canción “Anyone Who Knows What Love Is (Will Understand)” de Irma Thomas, que aparece hasta en cuatro historias. Además, el deseo de los creadores de fomentar este tipo de debates entre los fans se manifiesta en pequeños fragmentos de texto que aparecen ocasionalmente y que se dirigen directamente al espectador. En cualquier caso, ya sea posible o no establecer una cronología y una lógica subyacente a todos los episodios, Black Mirror ha conseguido en esta cuarta temporada plantear nuevamente una serie de cuestiones acerca de nuestro uso presento y futuro de las nuevas tecnologías, aunque debe reconocerse que la fórmula puede llegar a resultar a estas alturas algo repetitiva.

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