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Breaking Bad o cómo echarse a perder

Breaking Bad (AMC, Vince Gilligan, 2008-2013), que el escritor Stephen King calificó como la mejor serie de televisión de la historia, contiene sobradas razones para formar parte del peculiar Olimpo de los mejores dramas de la ficción seriada. Su excelencia se apoya en el uso de la narrativa discontinua, un gran esfuerzo artístico y un alto grado de riesgo por su subversión. Son elementos clave de su calidad la creatividad visual –debido sobre todo al montaje y el uso de planos, colores y paisaje–, la excelencia de la interpretación, la precisión del contexto científico –especialmente en los diálogos–, el gusto por el detalle –en títulos de crédito, música o multitud de elementos que (re)aparecen muchos capítulos después, como los pantalones que se pierden en el episodio piloto y que podemos ver en el final– y, sobre todo, en la instrumentalización argumental del concepto de moralidad como nunca antes se había hecho en un drama televisivo. En esta ficción, queda claro qué cosas están bien y cuáles no. Y se permite que los personajes elijan por sí mismos en qué lado quieren estar. El título ya nos ofrece la respuesta (la expresión Breaking Bad se emplea cuando alguien se ha salido del buen camino para irse por el malo).

La historia de un anodino profesor de instituto que, diagnosticado de cáncer en fase avanzada decide fabricar droga para garantizar la supervivencia económica de su familia, se ha convertido en un fenómeno cultural, a pesar de lo incómodo de su argumento. Su audiencia no hizo más que aumentar progresivamente a su emisión. El último capítulo obtuvo una audiencia de 10,3 millones en Estados Unidos, una cifra tan espectacular como los 22.000 tuits por minuto que generó esa última emisión. Una aplicación en Internet permite construir nuestro nombre con la fuente que usa la serie,, existe una Breaking Bad Wiki, se pueden comprar caramelos azules que imitan la metanfetamina y en Alburquerque, donde se celebró incluso un funeral por Walter White, ya existe una ruta turística que visita las localizaciones del drama de Gilligan. Incluso ha generado una spin-off: Better call Saul (AMC, Vince Gilligan, 2015- ), que comparte título con el episodio 8 de la segunda temporada.

Breaking Bad recibió más de un centenar de premios, entre ellos dieciséis Emmy y dos Globos de Oro, y se ha convertido en una serie de culto a pesar de carecer de los elementos que supuestamente garantizan el éxito: no hay personajes atractivos, ni historias de sexo o amor relevantes para la trama y, además, no es apta para el consumo familiar. Incluso la belleza de los paisajes desérticos está reservada para el disfrute de un público reducido pues los escenarios mainstream suelen elegir otro modelo de naturaleza.

Una de las características sobresalientes de Breaking Bad es la relación que establece con la ciencia, entendida casi como una religión por su protagonista, Walter White, interpretado por Bryan Cranston. La precisión de los guiones se debe a que recibieron supervisión por parte de profesorado universitario de química, pero también por la DEA, la Agencia federal estadounidense contra el tráfico de drogas que vigiló que el grado de verosimilitud no fuera tal que permitiera a cualquier público copiar el proceso de elaboración de metanfetamina. Muchas escenas de Breaking Bad han sido replicadas por el programa de televisión Cazadores de mitos, con diferentes resultados. Aunque existen exageraciones –como la escena en que se disuelve un cadáver en una bañera en un tiempo muy inferior al que se necesitaría en realidad– y alguna licencia creativa, la serie contiene un alto grado de realismo y, sobre todo, un deseo de otorgar un papel protagónico a la propia química. Seguramente permitirá volver a pensar sobre esta disciplina a jóvenes que antes no habrían sentido ninguna atracción por el mundo de los elementos químicos.

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La importancia dada a los detalles en Breaking Bad se puede comprobar en los títulos de crédito, muchos de los cuales responden a juegos de palabras o acertijos relacionados con la Tabla Periódica, esta última formando parte del nombre del elenco actoral en la apertura donde también se puede leer C10H15N junto al número 149.24 y la palabra meth: C10H15N es la fórmula de la metanfetamina, que tiene un peso molecular de 149.24. El último episodio se tituló Felina que, según recoge Natalia Marcos –del blog Quinta Temporada– es el anagrama de finale y la unión de Fe (hierro, elemento dominante en la sangre), Li (litio, utilizado en la producción de metanfetamina) y Na (sodio, elemento químico presente en las lágrimas). Sangre, metanfetamina y lágrimas. Entre estos ejercicios de creatividad sobresalen los episodios de la segunda temporada que contienen flashworwards relativos al accidente aéreo. Los títulos de los capítulos Seven Thirty-Seven (2×01), Down (2×04) y ABQ (2×13) permiten componer la frase Un 737 cae sobre Alburquerque.

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Con todo, es quizá la evolución de su protagonista el aspecto que convierte este producto en obra maestra. Breaking Bad es un proceso y un camino al que el público asiste fascinado: el que recorre el anodino Walter White para convertirse en el temido Heisenberg. De aquel tímido profesor de instituto, dominado por su mujer en el hogar, ridiculizado por su propio alumnado y ninguneado por su jefe, no quedará nada al final. La liberación que experimenta Heisenberg –de la condena a la que le somete el cáncer, de la vida gris que le ha tocado vivir– es la explicación. No hay ninguna excusa, reconoce el protagonista: “Esto lo hago por mi”. Breaking Bad habla de la codicia, de la violencia, de las drogas, incluso del cruel sistema de salud de Estados Unidos que condena a la muerte a quienes no tienen dinero… pero sobre todo habla del poder, del que siente White cuando comprende que dispone de conocimientos expertos que otros no tienen y con los que puede elegir echarse a perder a cambio de sentirse vivo.

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