Ciclo cine “Life-and-death children” (I): «The Sixth Sense» (M. Night Shyamalan, 1999)

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Este es el primer post dedicado al ciclo cinematográfico que titulamos “Life-and-death-children” y que pretende aportar una serie de muestras de nuestra contemporaneidad en las que los protagonistas infantiles se posicionan como nexos de comunicación con el más allá así como con los seres que cohabitan espacios (in)visibles a nuestros ojos pero capaces de ser percibidos por niños dentro de la ficción. Hablamos, entonces, de niños a través de los cuales podemos establecer puentes e incluso superar barreras temporales y espaciales entre la vida y la muerte, el aquí y el más allá, la luz y la oscuridad, lo conocido y lo desconocido, conectando con nociones freudianas del uncanny cuando nos referimos a lo extraño conocido o el término que utilicé en una entrada de post anterior como lo “paranormal cercano”, el cual apliqué al The Enfield Case (BBC, 2015).

Centrado en una historia de terror, la película puede incluso parecernos un cuento de fantasmas en los que éstos tejen los hilos de los personajes del mundo de los vivos y éstos condicionan, simultáneamente, su existencia espectral. El retrato de Cole Sear (H.J.Osment) se sustenta bajo la caracterización de un niño que vive con su madre tras ser abandonado por su padre, bondadoso, inocente, inteligente y sensible al que los demás sancionan o no aceptan por sus ocurrencias y por ser, en suma, peculiar. Su falta de comunicación con su madre y una socialización inventada expresamente para sus ojos (recordemos cuando su supuesto “amigo” va a buscarlo a casa para ir a la escuela mientras su madre les ve) así como su capacidad extrasensorial de vislumbrar personas y hechos que nadie más ve le conducen a vivir en una soledad fragmentada. Es decir, en una burbuja personal permeable para los que ya no están y poco accesible para los vivos: debemos recordar que Cole es tan solo un niño que tiene miedo, un miedo por ver lo que los demás no ven el cual no comparte con los otros sino que  intenta gestionar consigo mismo.

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En un primer momento siente rechazo ante lo que ve y querría erradicarlo: busca refugio espiritual en la iglesia donde ve a Malcolm (Bruce Willis) y a partir de ese momento, éste se convierte en el único que puede ayudarle porque es el único que cree en él, en su magia real, más allá del diagnóstico psicológico o de un cuadro esquizofrénico. El avance de su relación se fundamenta en una cuestión de fe: de creer en algo y en alguien y en sentirse que el otro cree y confía en él lo cual provoca que su nivel de compromiso crezca y cada uno sienta que no puede fallarle al otro. Aunque la iglesia no será el único lugar propicio donde se unen la vida y la muerte sino también el viaje en autobús por delante del cementerio así como la casa donde una niña fue envenenada por su madre y en la que él la ayuda a que su padre conozca la verdad, dándole una cinta de vídeo en el que el secreto de la madre sale a la luz para que se haga justicia. Estos lugares provocan en Cole un sentimiento ambivalente en el que transita del rechazo de lo que ve y siente a la predisposición de querer ayudar a los fantasmas cuando realmente ha entendido su poder. Consideramos que, metafóricamente, la casita montada con varias sábanas rojas de su propia casa es también un lugar espiritual y de protección para él y el cual está vetado a los demás (Do not enter): en su interior ha creado su propio santuario lleno de amuletos, piezas y figuritas a las cuales se aferra cuando siente miedo. Sin embargo, ese miedo desaparece cuando está preparado para ver, siendo consciente de lo que puede hacer si escucha las peticiones de los muertos.

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¿Podríamos plantear The Sixth Sense desde una mirada infantil en el que el Cole en tanto que héroe-protagonista transita entre los (in)franqueable límites entre el mundo de los vivos y de los muertos? Los espíritus fantasmales son aquellos que aclaman su ayuda y cuyos deseos se ve forzado a satisfacer o alcanzar, dotando de un carácter espiritual in crescendo en toda la película. La misión (o el compromiso) de Cole con los muertos después de percatarse de su poder, de la incertidumbre de no saber cómo gestionarlo radica en ayudar a resolverles las acciones inconclusas de sus vidas que solamente una persona viva podría llevar a cabo para poder descansar en paz.

Así pues, finalmente Malcolm enseña a Cole a cómo convivir con las visiones de personas muertas que cohabitan todos los lugares donde él crece y se desarrolla (desde su propia casa, la escuela, las calles de su vecindario como la misma ciudad de Filadelfia) mientras que Cole le permite desdibujar su remordimiento de no haber podido ayudar a su ex paciente Vincent quien, años después, se presentó en su casa el día en que había recibido un galardón a su labor como psicólogo infantil y acaba disparándole y provocándole la muerte.

El giro argumental final radica cuando Malcolm se percata de su propia identidad: después de haber sido sometido a una situación inicial (un ex paciente, Víctor, le dispara e inmediatamente se suicida) en la que su mundo se torna un enigma que descubrir, unas piezas de engranaje que encajar, unos misterios que descifrar y a los que dar sentido, Malcolm se vuelve también un enigma entre la vida y la muerte para el espectador y para él mismo hasta la escena final cuando descubre que está muerto. Es por ello que The Sixth Sense, entre otros motivos, nos obliga a los espectadores a reinterpretar la película para otorgar el verdadero valor que podía resultar ambiguo ante una primera mirada precisamente por los franqueables límites entre la vida y la muerte así como a la concepción de una identidad “real” de los protagonistas ante una primera lectura (inocente, digamos).

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Si se nos permite la consideración, la ya paradigmática frase “I see dead people” dibujó una conceptualización de la infancia no normativa con la presentación de niños agentes y puentes de comunicación con el Más Allá. La función del personaje en tanto que médium subraya la importancia en la que podríamos interpretar como la creencia de la muerte quizá no como el final de la vida sensu stricto sino como la prolongación de la misma o incluso en la superposición y convivencia de seres vivos/muertos que, como Cole afirma, a veces creemos perdidos cuando, en realidad, solamente su mueven. Este mensaje subyace cuando Cole es capaz de confesarle su secreto a su madre cuando están parados dentro del coche tras un accidente en la ciudad: los muertos eran los que le provocaban heridas pues querían llamar su atención y ser escuchados como vía para solucionar aquello que, en vida, quedó pendiente. Su abuela, con el colgante de abeja, también le transmitió a Cole que se sentía orgullosa de su madre cada día.

A modo de cuento, Malcolm desaparece cuando Cole ya ha aprendido la lección pues ya no le necesita y su secreto es ya una realidad con la que ha aprendido a convivir. En definitiva, The Sixth Sense nos ofrece una rica lectura que hace cuestionar nuestros conceptos de vida y muerte a la vez que nos permite plantear a un niño como nexo de comunicación entre vivos y muertos, abriendo un abanico de posibilidades ideológicas y creativas diversas que entroncan, también, con nuestras creencias y nuestra espiritualidad, conectando con nociones del postmodern sacred y la New Age Spirituality.

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