Desvelando la belleza de Belleza oculta

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Esta película dirigida por David Frankel (que ha dirigido otras películas como El diablo viste de Prada, 2006; y Una pareja de tres, 2008) y escrita por Allan Loeb (también autor de Cosas que perdimos en el fuego, 2008; o Un pequeño cambio, 2010) no ha recibido muy buenos comentarios por parte de la crítica especializada, según he podido comprobar, aunque no ha ocurrido lo mismo en cuanto a la recepción del público. Yo me sitúo a mitad de camino entre ambas posturas (o quizá debería reconocer abiertamente que me identifico más con el segundo grupo) y luego explicaré por qué.

Pero antes voy a resumir de qué va esta película. El argumento se mueve entre la realidad y la fantasía: aunque esto último es algo que yo al menos no capté casi hasta el final (llamadme básica). El protagonista es Howard Inlet, un exitoso publicista que basa sus arengas a sus trabajadores en la pregunta: “¿Cuál es tu por qué?”; y que responde con: “Tiempo, amor y muerte. Todos los seres humanos de la Tierra tienen en común estas tres cosas. Anhelamos el amor. Deseamos tener más tiempo. Y tememos a la muerte”. El problema es que sus teorías dejan de servirle cuando pierde a su hija de seis años a causa de una extraña enfermedad. A partir de entonces se muestra como un ser sombrío que dedica gran parte de su tiempo en la empresa antes exitosa en hacer grandes circuitos de dominó (que le encantaban a su hija) para después, simplemente, tirarlos, reflejando así metafóricamente cuán sin sentido está su vida y su actividad diaria: en un continuo “hacer” vacio y que no le lleva a ninguna parte. Sus compañeros de empresa (y, sin embargo, amigos), creen que lo mejor que pueden hacer es demostrar oficialmente que no se encuentra en saludables condiciones mentales y vender las acciones de la empresa, que si no, se va a ir a pique. Para ello, contratan a una detective privada que capta una cartas que Howard escribe precisamente a los tres elementos antes mencionados (amor, tiempo y muerte). Con ellas como pruebas, tratan de conseguir su objetivo. Pero van un paso más allá y deciden contratar a unos actores que encarnen físicamente a estos conceptos, para hacerle reconocer al propio Howard el lamentable estado mental en que se encuentra. Lo curioso es que cada uno de los tres compañeros del protagonista se beneficia también precisamente de cada personaje del que les toca encargarse, con lo que las enseñanzas que se derivan del filme se pueden aplicar, pues, a dos niveles: tanto al del protagonista, como al de los personajes secundarios. Para no dar demasiados detalles, diré que el final es feliz, dentro de lo que cabe, pues la pequeña no resucita, pero podemos decir que sus padres, en parte, sí, con lo que ofrece un halo de esperanza a aquellas personas que se encuentren en circunstancias tan tristes en la vida real.

Volviendo a las críticas recibidas, son muchos los especialistas que echan en cara a este trabajo el que su argumento trate de forma simplona el del archiconocido cuento de Dickens, Cuento de Navidad, de 1843. Añaden que la película carece de giros inesperados, que busca la lágrima fácil (a pesar de que su protagonista no derrame ni una), que está llena de frases de pseudo-filosóficas o de autoayuda demasiado trilladas o básicas, que Will Smith no actúa de forma creíble y a penas si habla si quiera; y que se apoya de forma descarada para intentar tener éxito en un casting lleno de galardonados y nominados actores y actrices como las “oscarizadas” Kate Winslet y Helen Mirren; los nominados al mismo premio Will Smith, Keira Knightley, Edward Norton y Naomi Harris, entre otros grandes artistas como Michael Peña o Ann Dowd.

Yo no digo que todas estas críticas carezcan por completo de fundamento, pero creo que no se pueden tomar al pie de la letra. Por ello, a continuación, voy a tratar de matizarlas, tratando de quitarles la asertividad con que las presentan sus autores. Para empezar, tiene toda la lógica que una obra maestra como es la de Dickens, escrita hace ya casi dos siglos, haya hecho eco en distintas versiones artísticas, entre las que se encuentra, cómo no, el cine. Yo tuve la suerte de ver la película sin saber que se basaba en el cuento de Dickens y quizá gracias a ello me gustó más. Y sí que encontré giros inesperados que voy a contar porque creo que no es justo decir lo contario (así que atención a spoilers). Yo no me esperaba, sobre todo, que al final, los actores que contrataron no fueran actores realmente, sino las personificaciones de los conceptos amor, tiempo y muerte: esto me encantó. Y otro giro es que la directora de las sesiones de terapia de grupo era finalmente la propia esposa de Howard, que estaba respetando la petición que su marido le dio por escrito pidiéndole que actuaran como perfectos desconocidos. Además, que la actuación de estos tres conceptos-personajes surtiera efecto llena de esperanza. Soy partidaria de que nos nutramos de experiencias que enriquezca nuestro espíritu en vez de conseguir el efecto contario. Para ello es cierto que se usan también frases típicas de autoayuda, que no se profundiza en cada uno de los tres conceptos, pero, si lo hubieran hecho, seguro que se le criticaría que más que una película parece un tratado filosófico. Y por último, sobre la crítica de que Will Smith tiene un papel poco hablador o expresivo, creo que una persona en las circunstancias de su personaje puede comportarse perfectamente así; eso es lo que yo esperaría, al menos en su fase de duelo. Por otra parte, este gran actor ha conseguido atraer tanto a los espectadores en papeles tan completamente opuestos, basados en el humor y la acción, que se hace difícilmente creíble en roles tan dramáticos como este. Pero yo lo achacaría a las expectativas encasilladoras que tiene creadas, más que a una auténtica mala praxis. Por último, el resto de estrellas que lo rodean también contribuyen a que la película se disfrute tanto como la disfruté yo. Que se llora, sí. Que se reflexiona sobre conceptos que ya habrán circulado anteriormente por nuestras reflexiones: sí. Pero en medio de este mundo de ritmo frenético y actuaciones mecánicas, en el que parece que nunca va a ocurrirnos nada malo y que la muerte es un tema tabú, creo que engrasar nuestro conductos lagrimales y mentales, no nos viene nada mal. Vedla. Llorad. Y reflexionad. Ninguna de las tres cosas os hará mal.

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