Diario de los muertos (VIII): ‘La venganza de los zombies vivientes’ (1989)

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Dentro del género de zombis, a su vez, subgénero del cine de terror, podríamos encontrar lo que llamaríamos zombixplotation: el abuso que en su momento resultó del éxito de las películas de muertos vivientes y que derivó en toda una serie de producciones, a cual más vacua, en la que lo que primaba era el rendimiento económico de la moda, y por lo tanto, sólo se recogía los elementos superficiales y estereotípicos de este tipo de producciones, sin reparar en que muchas de ellas habían sido productos culturales con interesantes contenidos semióticos más allá del despliegue de sangre y evisceraciones.

El cine de zombis, por tanto, también tiene su período de producciones masivas donde lo importante era realizar una producción rápida y que rindiera lo suficiente para iniciar otra. Este sería el contexto en el que podríamos encajar La venganza de los zombies vivientes (Revenge of the Living Zombies, 1989, también llamada Flesheater o Zombie Nosh), un film dirigido por Bill Hinzman, a quien todo buen aficionado al género reconocerá enseguida por ser el primer zombi que aparece en La noche de los muertos vivientes de Romero (1968).

Pues bien, precisamente Hinzman, el director de este engendro, también actúa y repite en el papel que le hizo famoso. Ésta es la única virtud que podemos encontrar en este film: que, involuntariamente o no, se convierte en la precuela perfecta de La noche de los muertos vivientes, de no ser por un pequeño detalle: el anacronismo que supone la época en la que se ambientan ambas películas (contemporáneas a la época en que se rodaron). Pero aquí se acaban esas virtudes.

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En la película, un grupo de amigos monta una fiesta en el campo la víspera de Halloween mientras un agricultor, cerca de allí, desentierra una lápida por casualidad. Sin atender a la advertencia gravada en ella, la abre y deja libre al Zombie 0 (Bill Hinzman), que vuelve a las andadas y va eliminando a todos los jóvenes de la fiesta, excepto una pareja que se refugia en un sótano. Los jóvenes, a su vez zombificados, se encargan de una familia que vive cerca de allí. Y ahí ya llega la policía, los refuerzos y las batidas de parroquianos armados que terminarán acabando con la plaga. ¿Con todos?

Al igual que sus protagonistas, tanto vivos como muertos, éste es un film sin alma: con actuaciones desganadas, víctimas de zombis que se dejan morder, atacar o matar sin oponer resistencia; efectos especiales que brillan por su ausencia, y una extraña indecisión del director por ofrecernos una película de terror con toques eróticos, por las escenas gratuitas de desnudos que encontramos en ella. Hinzman no aporta nada en esta película: el film sigue milimétricamente lo ya visto en el clásico en el que él actuaba, pese a que para entonces habían pasado ya veinte años y se habían rodado decenas y decenas de títulos sobre zombis. Ni siquiera Hinzman es capaz de variar el final de La noche de los muertos vivientes: después de toda una noche en la que una de las parejas sobrevive hacinada en sótanos y graneros, ésta es abatida a tiros por los cazadores de muertos vivientes.

No hay mucho más que indagar en esta película: todo es un mero reflejo de la película que encumbró a Hinzman como actor fetiche entre los aficionados al género. Nada se salva: presupuesto corto, ambientación floja, música machacona, actuaciones horrendas… Eso sí: gore, sangre color carmín al estilo de la Hammer, y pechos femeninos. Esto es lo que el espectador encontrará en esta cinta que se deja ver pero que no busca mucho más.

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