“El cuento de la criada”, una distopía demasiado real

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El clásico de la ciencia ficción de Margaret Atwood The Handmaid’s Tale (El cuento de la criada) se convertía este año en una serie de televisión realizada para Hulu y protagonizada por Elizabeth Moss (Mad Men) y Alexis Bledel. La novela había tenido ya una adaptación televisiva a principios de los noventa, pero que no tuvo apenas impacto, y los tiempos en los que vivimos reclamaban una puesta en escena del laberinto distópico que plantea Atwood en su obra.

En El cuento de la criada, la serie nos traslada a unos Estados Unidos, donde, tras unos supuestos ataques terrorista, una facción ultraconservadora y religiosa llega al poder y proclama la república de Gilead. De esta manera, el nuevo país se basa en una concepción fundamentalista del cristianismo que suprime las libertades individuales y divide en castas la sociedad. Debido a los problemas de reproducción de las élites, las mujeres aptas para procrear son convertidas en criadas, y su único fin consiste en engendrar los vástagos de las familias de la clase alta.

Cuando Margaret Atwood escribió su novela, que ha sido reeditada en español convenientemente gracias a la serie de la que hablamos, se propuso no inventar nada de lo que describiera en El cuento de la criada. Todos los detalles forman parte de algo ya existente: tanto la psicosis entre la población por los posibles espías infiltrados, el fundamentalismo religioso, o la eugenesia, todo está sacado de la vida real, y eso quizá es lo más terrorífico de la serie.

La producción es muy fiel a la novela original, es más, a pesar de que hay cambios inevitables fruto del cambio de lenguajes que requiere una producción audiovisual, el mensaje de la autora sale reforzado con el cambio. La actualización del conflicto, así como el punto de vista feminista actual, hacen de la serie una obra imprescindible para nuestros días.

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Factores que en el libro son secundarios, en la serie se desvelan enseguida. La producción audiovisual se enfonca principalmente en cómo June (Elizabeth Moss) tiene que adaptarse a la nueva situación que vive y cómo se enfrenta a ella. La puesta en escena es sublime. La fotografía siempre busca recrear un ambiente frío y sórdido, y a eso contribuyen las localizaciones elegidas, que en cierta forma reproducen esa alienación de la población de Gilead. El sentido gregario de esa sociedad se manifiesta en los excelentes planos de las criadas desfilando o acudiendo a los actos a los que se las conducen. La banda sonora está muy bien escogida para ser opresiva y claustrofóbica. Y a eso hay que unir el talento de las varias directoras de la serie (Kate Dennis, Floria Sigismondi, Kari Skogland) por ofrecer un punto de vista feminista, apoyadas en la magnífica actuación de Moss. Su actuación en Mad Men no tiene nada que ver con el excelente trabajo que realiza aquí, con una carga sentimental aplastante. Moss domina los silencios y sabe transmitir las emociones tan sólo con su cuerpo, puesto que básicamente ése es el tema de la serie: la agresión al cuerpo femenino desde todos los puntos de vista.

Porque de esa agresión a lo femenino nace el terror en el que desemboca toda la serie: una represión total, un miedo visceral que es ejercido desde el poder, en el cual toda la sociedad es una víctima callada. Es una serie para ver y para reflexionar en grupo, con muchas secuencias que quitan el aliento, como aquella en la que una pareja de lesbianas son capturadas y una de ellas es ejecutada en un largo plano secuencia que deja totalmente paralizado de miedo al espectador.

El cuento de la criada, por más que algunos busquen los resquicios por los que se cuela una distopía que sería imposible que se realizara en nuestro mundo, es un alegato contra la misoginia, la violencia machista institucionalizada, el fundamentalismo religioso de cualquier signo. La primera temporada cubre todo el argumento del libro original, así que queda por ver cómo se encauzará la segunda y si realmente continuará el espíritu de la obra.

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