Representación, Ideología y Recepción en la Cultura Audiovisual

El delirio y la liberación: «Shirley» (Josephine Decker, 2020)

He de admitir que siempre que veo a Elisabeth Moss protagonizando una película sé que ésta va a ser intrigante y poco convencional. Algo que, en mi opinión, es extremadamente positivo y que se atribuye a la predilección de la actriz por escoger roles emocionalmente extremos, antipáticos y psicopáticos en todas sus variantes. The One I Love (2014), Her Smell (2018), Queen of Earth (2015), El Hombre Invisible (2020), incluso en El Cuento de la Criada; todos personajes femeninos llevados al límite que demuestran la portentosa energía y demencia de Moss a la hora de darles vida. La última en sumarse a esta lista es Shirley (2020) de Josephine Decker, una adaptación de la novela homónima de Susan Scarf Merrell acerca de un segmento de la vida de la exitosa escritora de terror Shirley Jackson. Sin pretender ser un biopic – de hecho, el propio libro de Scarf Merrell se anuncia como una historia de ficción – la película intenta ser una aproximación al mundo interior de Jackson a través de la mirada de Rose, una joven inquilina en su hogar en Vermont.

Así, el film se centra en la convivencia entre Shirley (Elisabeth Moss) y Rose (Odessa Young) quienes se ven “abandonadas” por sus respectivos maridos, Stanley (Michael Stulbarg) y Fred (Logan Lerman) quienes permanecen todo el día fuera en sus trabajos en la universidad. Sin embargo, mientras Shirley ve en ello una oportunidad para trabajar en su próxima novela, Rose sucumbe a la excéntrica personalidad de la escritora llevándola a revelar su lado más irreverente y sombrío; incluso, rozando el delirio.

La convivencia con Shirley transforma a Rose quien saca su lado más oscuro e inconformista

Como hemos comentado, la película pretende ser un acercamiento al universo de la novelista de obras de terror como La Maldición de Hill House, La Lotería o Siempre Hemos Vivido en el Castillo reflejando un entorno que se mueve entre la decadencia de pensamiento, el intelectualismo moderno y la obsesión creativa donde la línea entre genialidad y locura se desdibujan sin poderse apenas separar. Nos encontramos, pues, a una Shirley Jackson en pleno bloqueo artístico y reinvención autoral donde su contacto con la realidad inmediata – es decir, Rose – la influye en su labor creativa y viceversa. Un vínculo que se desarrolla con un ritmo lento en la cinta al servicio de la retroalimentación y paralelismos entre los dos personajes. Para ello, Decker y su guionista – Sarah Gubbins – se decantan por una narración metaficcional que alterna entre la fantasía y la realidad con una fuerte atmósfera onírica. Como en la novela de Scarf Merrell, lo que es verdad o ficción se entremezclan en Shirley creando una historia con un fuerte peso simbólico más o menos sutil y acertado.

Una misteriosa joven desaparecida es la protagonista de la próxima novela de Shirley Jackson, así como el objeto de su obsesión

Una carga simbólica que sobrevuela el mundo ilusorio de Shirley y Rose que intenta reflexionar acerca de las causas y síntomas del comportamiento de los personajes más allá de sus extravagancias y demencias personales. Así, Decker dirige su atención hacia la represión de las mujeres en la década de los años 50 y lo que se esperaba de ellas. Las figuras masculinas de Stanley y Fred interponen su voluntad que transita entre lo castrador, la indiferencia y lo afectuoso. Una reivindicación hacia la liberación femenina que subyace en Shirley y que se aprecia en su puesta en escena. La soledad y el aislamiento – dos conceptos que van de la mano en la película – se expresan a través de una dramaturgia espacial cuidada siendo lo mejor confeccionado del film. Si bien el ritmo, el desarrollo de personajes y el simbolismo se presentan de manera un tanto desigual durante la cinta, la dirección artística de Kirby Feagan y la fotografía de Sturla Brandth Grøvlen se mueven entre lo perturbador y lo bello. La dicotomía de la arquitectura como espacio represor y la naturaleza como escenario liberador es una de las partes esenciales que potencia el discurso de Shirley.

El espacio y la composición de plano encierran a las protagonistas como reflejo de su delirante y solitario mundo interior

Shirley plantea un universo de dualidades – ficción/realidad, locura/genialidad, represión/libertad, hombre/mujer, dentro/fuera – que, a pesar de sus irregularidades tiene un discurso sólido e intrigante. Poco importa si la historia es fidedigna o no a la vida de Shirley Jackson, si se trata de una aproximación o simplemente todo sea una invención. Las licencias históricas de la película ofrecen una lectura cercana al minority biopic, término acuñado por el académico de film studies Dennis Birgham en su libro Whose Lives are They Anyway? The Biopic as Contemporary Film Genre (Rutger University Press, 2010) que, a grandes rasgos, establece la diferencia entre los biopics que exponen unos datos biográficos y aquellos que se aprovechan para reivindicar/reflexionar sobre temáticas de interés social, sobre todo aquellas que afectan a las minorías. En el caso de Shirley, las temáticas que se exploran pesan muchísimo más que su rigor histórico.

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