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Representación, Ideología y Recepción en la Cultura Audiovisual

El elogio de la locura inconformista: «El hombre que mató a Don Quijote» (Terry Gilliam, 2018)

El mes de junio de 2018 se estrenó en España El hombre que mató a Don Quijote. Haciendo un símil totalmente fácil y totalmente previsible, podríamos decir que Terry Gilliam «venció» a sus particulares molinos de viento que, bajo la forma de falta de presupuesto, enfermedades de los protagonistas, problemas con los derechos del guión y catástrofes naturales ha ido viendo pospuesta la producción de esta película cuya andadura se inició en 2000. Fue en ese año cuando el  antiguo miembro de los Monty Python —y director de películas como Brazil (1985), Twelve Monkeys (1995) o The Brothers Grimm (2015)— puso en marcha el rodaje de un film en el que el publicista Toby Grisoni (Johnny Depp) se convertía en un time traveler aterrizando en la España del Siglo de Oro en la que conocía a Don Quijote (Jean Rochefort) y a su gran amor (Vanesa Paradis). Los distintos problemas que hemos mencionado abortaron completamente la filmación cuyos materiales fueron recuperados por Keith Fulton y Louis Pepe en su documental estrenado en 2002 con el título Lost in La Mancha y narrado por el actor Jeff Bridges.

Así pues, tras los avatares sufridos por Gilliam (y su co-guionista Tony Grisoni) que muestran la complicación del proceso de creación en la industria cinematográfica, no es de extrañar la expectación por el estreno  en mayo de El hombre que mató a Don Quijote en el Festival de Cannes. Sin embargo, las turbulencias volvieron a azotar al film  que sufrió un intento de boicot por parte del productor Paulo Branco debido a un litigio por los derechos del guión; un litigio que, finalmente, se resolvió a favor de Branco y que deja a Gilliam en un cierto terreno de ilegalidad. Esas turbulencias se han visto también en las valoraciones recibidas que, de manera general, van a pivotar en torno a una premisa ya de por sí demoledora: «la película es mala» —siempre hemos pensado que es mejor usar algo como «no es muy buena». De esta manera, las opiniones de la crítica van a señalar la pretenciosidad de Gilliam por intentar rodar la novela de Cervantes, van a remarcar su falta de comicidad dada la trayectoria personal del director que hilvanará fragmentos inconexos, y, finalmente, la salvarán mínimamente diciendo que «no es tan mala como decían». En conclusión, para la crítica, el film es un auténtico fiasco… y para los puristas cervantinos parece que también. Justamente estos dos elementos van a ser la base de nuestro post que, como la película misma, llega con bastante retraso motivado por el escaso tiempo que El hombre que mató a Don Quijote estuvo en cartelera, un hecho subsanado por su emisión en plataformas como Vodafone o Filmin.

El rodaje más que tópico de la historia de Don Quijote

La propuesta de Gilliam es, sin ningún género de duda, una apropiación de los materiales cervantinos y como toda apropiación supone una selección de materiales del original y, de manera especial, el ofrecer una lectura personal de los elementos que le han parecido más pertinentes para contar no solo una historia sino especialmente una concepción de la existencia. En este preciso sentido, cualquier pretensión purista —algo muy socorrido y a veces cansino en críticas y estudios de películas o series de televisión con una base literaria— resulta absurda. Porque Gilliam no ofrece para nada una adaptación de la novela de Cervantes.  Gilliam utilizará en buena medida algunos de los episodios de la novela y, de una forma un tanto particular, el esquema de interpolaciones que hace de El Quijote una obra moderna y con un planteamiento absolutamente fragmentado, casi una narrativa mind game a su manera. Desde estos parámetros, es cierto que «cuesta entrar» en la película pero a medida que va avanzando la narración, Gilliam consigue crear un efecto empático con el espectador; bueno, con algunos espectadores como hemos visto.

Y es que El hombre que mató a Don Quijote nos habla de la recuperación de la creatividad y los ideales perdidos por la inmersión del sujeto en la comodidad y el conformismo social.  Una reivindicación del espíritu inconformista que situará al espectador ante el vacío creativo de Toby Grisoni (Adam Driver) que está rodando una película más que típica y tópica sobre El Quijote. Durante esta crisis creativa, en una cena con los productores, un gitano-top manta (Óscar Jaenada) le ofrece el dvd de su propia película experimental rodada años atrás que le encumbró en la industria cinematográfica, El hombre que mató a Don Quijote. En este punto se disparan todas las alarmas de Toby quien rememorará parcialmente su rodaje juvenil y las personas que colaboraron en el mismo —el zapatero/Don Quijote (Jonathan Pryce) y la hija del dueño del bar, Angélica (Joana Ribeiro) así como los habitantes del pueblo de «Los Sueños»— al tiempo que iniciará un viaje personal que le llevará a asumir el rol de Sancho Panza primero y del Quijote después.

Toby (Adam Driver) sufre una crisis creativa

El esquema básico que hemos apuntado tiene unas implicaciones más que interesantes y que, desde nuestro punto de vista, no lo alejan excesivamente de los planteamientos cervantinos que, evidentemente, ha visto transformada su dramaturgia en un ejercicio de metanarración más que importante. En primer lugar, el espectador asiste una revisión comprimida del proceso de El hombre que mató a Don Quijote en dos sentidos diferentes: uno personal y otro eminentemente literario. Gilliam, a través de Toby, plasmará las distintas vicisitudes de sus intentos de rodaje del film aunque el destino de la película de Toby y el suyo propio son totalmente diferentes coincidiendo en la recuperación de una idea aparentemente «descabellada». Y Gilliam planteará el viaje personal de Toby, su quijotización, en un contagio del espíritu del hidalgo manchego, que compartirán el zapatero Javier y la joven Angelica quien, dicho sea de paso, tendrá bastantes concomitancias con el personaje del Orlando Furioso de Ariosto.

Y aquí es donde las referencias cervantinas aparecen insistentemente como hilo conductor de la historia. Javier creerá realmente ser Don Quijote tras leer compulsivamente el texto de Cervantes y ver en bucle la película El hombre que mató a Don Quijote en su vivienda-barraca marginal. La inconformista-espíritu libre Angélica será el gran amor de Toby quien seguirá idealizándola a pesar de dedicarse a la prostitución tras fracasar en su afán de convertirse en actriz tras su participación en la película de Grisoni. Toby se reencontrará con Javier-Quijote a quien seguirá en sus andanzas por los entornos para protegerlo y que se implicará en sus nuevas aventuras: el enfrentamiento con molinos de viento, el episodio de los odres de vino en una venta-patio de Monipodio poblada por inmigrantes magrebíes tomados por terroristas islámicos, el enfrentamiento con el dueño del bar convertido en Sansón Carrasco, y, finalmente, el episodio de Clavileño en una fiesta en la que los organizadores tendrán los rostros del productor de la película, el manager de Toby y su esposa. Todas las aventuras en las que se ve implicado Toby lo acercarán al espíritu quijotesco quizá excesivamente tópico pero en su plena esencia justificando completamente la premisa del film: el elogio/recuperación de la locura/inconformismo individual frente al corsé social.

Toby- Sancho Panza acompaña a Javier-Quijote en sus aventuras

En definitiva, Terry Gilliam plantea una película con una lectura compleja que va más allá de la historia que nos presenta y que merece —aquí ya nos ponemos en el papel de investigadora—  una reflexión más profunda. El hombre que mató a Don Quijote no es un film fácil, es un film de digestión lenta y quizá dirigido deliberadamente a espectadores no generalistas, que no quiere decir elitistas. Tal como comenta sistemáticamente Gilliam, el film es su obsesión personal, quizá también podamos hablar de una cierta quijotización del director. Solo por eso vale la pena darle una oportunidad alejada de cualquier perspectiva canónica.

El teatro y la literatura en general han sido uno  grandes suministradores de argumentos para
La literatura es uno de los principales suministradores de materiales para la elaboración de guiones cinematográficos,
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