El joven Sheldon: reseña de episodios 6 y 7

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El episodio 6 se titula “Un parche, un módem y un Zantac®” y el 7, “Una falda de ternera, un vudú y Cannonball Run”. Empezaré por señalar algunos rasgos del primero, centrado en desvelar el origen de otra de las características del Sheldon adulto: su fuerte atracción por la física teórica. Todo surgió como consecuencia de la visita de un científico de la NASA al instituto al que asisten los Cooper. Éste trató a todos los jóvenes -y Sheldon no fue una excepción- como si fueran niños pequeños incapaces de llegar a captar el alto nivel de razonamiento en que se mueven los especialistas de dicha institución, otorgándoles como consolación un parche de la NASA (ya podéis imaginar la cara que pone el protagonista ante tal “presente” sustitutivo de la respuesta que había solicitado del experto). Esta es la chispa que desencadena en el joven Sheldon su ya de por si exacerbada inquietud por la investigación. Hasta que se encuentra con la necesidad de un ordenador con el que seguir desarrollando la hipótesis que tiene pensado demostrar a científico de la NASA. Tras comprobar que la contribución de su abuela (9 dólares y un peso “calentito”, que saca del interior de su sujetador), no es suficiente para su objetivo, decide recurrir a usar el módem de Radio Shack. Pero, tan pesado se pone insistiendo en que le lleven, que su madre decide castigarle sin ir durante un mes, lo que le produce una úlcera estomacal (de ahí el tercer elemento del título de este episodio, referente al medicamento recetado por el especialista al que le llevan, aunque el propio Sheldon ya se había hecho el diagnóstico correctamente). Todo este sufrimiento tiene al final recompensa, ya que el pequeño consigue hacer llegar el cuaderno con sus conclusiones al científico de la NASA que había estado en el punto de mira de Sheldon durante todo su tiempo de investigación, sirviéndole a su vez como reto y acicate para no cejar en su empeño.

En relación a este tema, se deja ver cómo, aunque el padre de Sheldon se mueve en una línea vital diferente a su hijo pequeño y a menudo no le entiende, también se muestra propicio a hacer lo que haga falta con tal de hacer feliz a su niño. De este modo, viendo que éste no recibe respuesta de la NASA por correspondencia, se planta delante de la mismísima oficina del mencionado científico y hace que tenga más remedio que escuchar el razonamiento que con tanto esfuerzo e interés había estado llevando a cabo su hijo. El especialista se queda asombrado ante las pizarras llenas de ecuaciones y demás silogismos del pequeño y, tras reconocer que es todo correcto, le dice que, sin embargo aún no pueden poner en práctica todo lo que él ha demostrado en teoría. Entonces, Sheldon, se llena de satisfacción ante el reconocimiento por parte de las instancias superiores que este señor representa, de que “está por delante de su tiempo”, y le pide, a su vez, que le avise cuando consigan alcanzarlo. El episodio termina con un flashforward a 2016 (recordemos que la serie se sitúa en la década de 1980), donde aparece Elon Musk consultando a hurtadillas los apuntes que Sheldon dio en su día al científico de la NASA, confirmando así aún más la validez de sus hipótesis.

El séptimo episodio, “Una falda de ternera, un vudú y Cannonball Run”, ratifica el hecho de que para entender en detalle esta serie, es conveniente estar familiarizado con el mundillo de la Texas profunda o al menos con la cultura estadounidense. Si en el episodio quinto, el tema específico era el del futbol americano, ahora en el séptimo es el de la importancia de la comida especialmente en relación a la derivada del ganado. Así, el programa empieza proyectando un “mapa” de una vaca con todos los tipos de carne que ofrece según de qué zona son extraídos, con un despliegue de términos que se escapan a cualquiera que no esté ducho en la materia. Hay que tener en cuenta, pues, como digo, la importancia que se otorga en este contexto cultural a los asados de carne, si queremos llegar a entender el gran altercado familiar en que deriva el hecho de que Mee Maw no quiera compartir con su yerno, George, el secreto de su receta de asado de falda de ternera, que le parece el manjar más exquisito jamás degustado. Y es que el patriarca reprocha a su mujer el que se ponga de lado de su madre cada vez que tienen un enfrentamiento, lo que da lugar, a su vez, a discusiones entre el propio matrimonio. Tanto es así que los tres hijos frutos del mismo temen que esta unión acabe en divorcio. De ahí que, en un momento casi epifánico, Sheldon se esfuerce y consiga finalmente recordar la receta del tan codiciado plato, que le había sido revelada por su propia autora cuando él tenía tan solo 23 meses (la probabilidad de que esto sea cierto hay que contemplarla dentro del contexto de una mente privilegiada como es la del protagonista de la serie).

Así pues, todo este peregrinaje en busca del santo grial de la receta de la falda de ternera, en el que hay incluso un allanamiento de morada por parte de George Sr. en casa de la abuela para tratar de conseguir tan anheladas instrucciones culinarias, y una serie de instrucciones falsas y más que complicadas que le hacen relacionarse con el vudú, termina con una reunión familiar. Allí, Sheldon informa a todos de que, para tratar de que se limen las diferencias entre los miembros de la familia y en pro de su unidad, va a comunicar la receta del asado. Mee Maw no cree que sea posible hasta que empieza a escuchar las palabras de Sheldon, que siguen al pie de la letra el proceso de cocinado que nunca había escrito para no arriesgarse a que se lo copiaran. El argumento da un giro inesperado cuando George Sr. interrumpe a su pequeño diciendo que ya no quiere la receta y reprocha a su suegra que él mismo nunca le ha parecido lo suficiente para su hija. Mee Maw lo reconoce, pero él, lejos de volverse a enfadar, le dice que la comprende, que ahora que él tiene una hija también, cree que tendría la misma reacción que ella en circunstancias similares. Este “abajamiento” por parte de George Sr. hace que también Mee Maw reaccione de forma positiva, pidiéndole perdón de corazón y dando lugar al acercamiento familiar que Sheldon quería proporcionar. Y, como estamos en una comedia, aunque George Sr. declara a su suegra que su reacción vale más que la ansiada receta, no tarda en pedirla a su pequeño en cuanto que la abuela sale de su hogar.

En general y para concluir, podemos decir que los episodios siguen enganchando a la audiencia, y los personajes secundarios, concretamente los miembros de la familia Cooper, van adquiriendo mayor peso argumental. Lo que voy echando un poco en falta es algo más de expresividad en el pequeño protagonista, cuya gesticulación permanece demasiado a menudo tan impertérrita como su meticuloso peinado (incluso recién levantado de la cama). Ya sabemos que las emociones no van ni con el joven ni con el adulto Sheldon, pero éste último sí que “pone caras”, aunque sea a su manera, e incluso se ríe, aunque los demás no entiendan por qué lo hace. A ver si el personaje del niño Sheldon, a medida que crece, se va convirtiendo en el Sheldon que conocemos, también en este sentido.

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