RIRCA

Representación, Ideología y Recepción en la Cultura Audiovisual

“Festival Altres Cinemes: Cinemes Africans.” El placer de las ‘otras’ narrativas.

Ir a un festival de cine siempre es una buena cosa. La emoción de programar el tiempo libre ante una consecución de estrenos en pantallas. El gusanillo que despierta el preguntarse si ‘lo que viene’ seguirá cultivando nuestras filias y fidelidades a la maravilla que suponen las narraciones en movimiento. Los encuentros y re-encuentros que se suceden en las colas y bares aledaños, a veces esperados y, a veces, inesperados. Un sinfín de sensaciones que, además, si el festival en cuestión se plantea como un espacio de descubrimiento, aproximación y alucinación a cines no comunes en nuestros espacios comunales de ocio, se multiplican. Y el “Festival Altres Cinemes: Cinemes Africans”, promovido por la Conselleria de Servicios Sociales y Cooperación de las Islas Baleares, bajo la dirección de programación del experto en narrativas africanas Sebastian Ruiz, coordinado por el magazine especializado en artes africanas Wiriko, y que ha contado con la colaboración de distintas entidades locales, ha sido uno de éstos.

Cines africanos en Mallorca. Más que un buen plan, la oportunidad de asomarse y asombrarse ante un universo que, lamentablemente, no es prácticamente desconocido. Aprendiendo de lo escuchado en una de las tertulias que anticiparon las proyecciones, la celebración de tal evento no quiere suponer una mirada condescendiente, ‘buenista’ y autocomplaciente al que el manierismo occidental suele caer cuando se quiere explicar al mundo nuestra capacidad aperturista para apreciar lo que un día sometimos. Sin más, la celebración de este espacio quiere ser un grito de ¡por fin!; ¡por fin otras narraciones tienen cabida en nuestra pantalla!, ¡por fin las reconocemos!; y, ¡por fin!, podemos aprender de éstas.

Quizá en otro momento podamos hablar de la tiranía de la globalización cultural y económica que impone carreras de obstáculos, casi imposibles de superar, a los ‘otros’ cines, las ‘otras’ miradas. El difícil acceso de estas ‘otras’ narraciones en espacios de ocio y divulgación del mundo occidental es más que notable. Ni los procesos de construcción de agendas culturales, ni los procesos de producción y distribución altamente endogámicos, saben, a estas alturas, articularse con la diversidad. A no ser que queramos darle un toque exótico o cumplir con la cuota, claro está. Pero ahora, y en tiempos en que los premios del mundo occidental aun elogian historias heroicas al estilo tradicional al que, de un modo incipiente, dejan entrar a otras pieles, culturas, sexos y sexualidades, quizá es importante hablar de lo importante que es poder acceder y poder crear otros ordenes narrativos. Enfatizar que ‘otros’ sistemas de narración y representación son posibles pues implican, de un modo absolutamente necesario, otro sistema de relaciones y comprensión al mundo.

Narrar es situarse. Es decir: yo lo veo así. Y esto que actualmente está tan contaminado por la cultura de la individualidad, y cuyo valor trascendental está seriamente amenazado por la cultura de la ‘opinión’ en detrimento de la del ‘discurrir’, debe aclamarse y reclamarse. Es en este enclave dónde se sitúa el nivel de calidad. No estamos hablando de gustos. La ‘otredad’ no es en sí misma un valor, sino que el valor reside en la capacidad que se pueda tener, o no, el saber contarla. La capacidad de darle un giro a los sistemas de representación que construyen y dan sentido a un relato.

Desde este mismo blog, muchas veces nos hemos interrogado sobre los retos que se nos plantean cuando deseamos subvertir el orden narrativo tradicional. Sobre cómo cuestionar la idea de heroicidad clásica. Sobre cómo dar cabida a otras representaciones que permitan incorporar otras maneras de resolver y mirar al mundo. Sobre cómo fracturar, al fin y al cabo, el discurso de la heroicidad tan masculinizada y tan latente en nuestra cultura que, aun siendo un anti-heroica, no podemos dejar de sublimar. Ahí están todas esas heroicidades que, aún al hacer un ejercicio de responsabilidad social, se auto-complacen. Ahí están todas heroicidades que, aun sin utilizar la violencia para resolver conflictos, se dejan aplaudir. Ahí están todas esas heroicidades que por más freaks, inadaptadas o marginalizadas que sean, tienen la capacidad de erigirse como líderes en pretendidas comunidades subalternas. Y ahí están, por supuesto, esas heroicidades no necesariamente heteropatriarcales, que se elevan como insignias de un movimiento o revolución sin que se cuestionen lo la esencia de la heroicidad implica y pretende. Esto es, una firme auto-convicción de que la honorabilidad de una heroicidad, una manera de estar en el mundo, depende de un código de honor históricamente masculinizado: yo lo valgo.

Pues bien, ante una mirada occidentalizada tan neutralizados ante tanta profusión de mensajes heroicos en los que, insistimos, cada vez más dejan entrar a ‘otros’ personajes que o deben copiar el modelo heroico tradicional, o deben copiar el modelo heroico tradicional, el espacio de este festival supone todo un revulsivo. Es en este espacio, y no en otro, dónde hemos podido disfrutar de películas tan complejas a nivel narrativo y de representación como Akasha y Dem Dem.

En Akasha (2018), película del Sudán firmada por Hajooj Kuka, es fascinante el modo en como con un despliegue de medios irrisorios a nuestra industria, se es capaz de deconstruir el complejo de la masculinidad heroica con un relato que juega con el humor negro, el surrealismo y la crítica social. El protagonista, Adnan, un soldado que se resiste a reincorporarse a las filas de las guerrillas, debate su amor entre Lina, su amada, y Nancy, su rifle. Ya desde el inicio del film, se establece una conversación que discurre de la manera más natural imaginada. Lina, ante el vanidoso discurso del soldado que se le presenta como el salvador, corta tajante su pretensión con una simple afirmación: tu no me salvas.  ¡Impensable casi cual herejía! ¡Impensable por su tono, por no ser forzada, por no querer reivindicar lo que es sabido –que las mujeres también contamos- sino planteada como una cuestión de sentido común! A partir de aquí empieza el viaje del héroe. Un viaje que mientras nos deja vislumbrar la injusticia de una guerra no decidida pero sí perpetua, hace tropezar al héroe, una y otra vez, ante la mentira del que parece ser el único discurso que sustenta la identidad masculinizada: contarse a sí mismo, exhibirse a sí mismo, individualizarse.

El valor del montaje, impagable. La secuenciación de situaciones delirantes, conversaciones no venidas a cuento pero que tienen la función de vapulear su gallardía y virilidad, el encuentro con una espiritualidad que es capaz de revelarle la verdad, conducen el viaje del héroe hacia un reconocimiento de su impostura sin que este acto de valor sea, en sí mismo, un elemento de autocomplaciencia más. Pues al fin y al cabo la guerra sigue, la vida sigue.

En Dem Dem (2018), corto de apenas 25 minutos firmado por los senegaleses Chistophe Rolin, Marc Recchia y Pape Bouname Lopy, el cuestionamiento de la herocidad se explora hacia límites trascendentales. Cuestiones como el valor y la fragilidad de la propia identidad, cual es mi lugar en el mundo, quien soy-qué quiero-de dónde vengo, son el motor de acción de una narración nada artificiosa. Trascendencia que se centuplica si tenemos en cuenta que el contexto del film se enmarca en la realidad de los movimientos migratorios. O lo que es lo mismo, el derecho a la movilidad que hoy se penaliza no solamente por un derecho de restricción de libertades, sino por la propia esencia e imperativo de la idea de identidad que se impone a través de los nacionalismos occidentales. A partir de aquí, con una puesta en escena preciosista y contemplativa, el protagonista se busca a sí mismo. Matar, encuentra un pasaporte belga y algo cambia en él. El deseo de ser y no ser, el deseo de usurpar una identidad que puede cambiar su situación en el mundo, hace que se fracture a sí mismo. Qué genial el plano en el que se mira ante un espejo roto; qué sutil y tan significativo el modo en el que él desaparece; y qué importante la relación que establece con el sabio loco que desea medir las nubes y la magnitud de su empeño. Luego, ideas o idealizaciones implícitas en la vivencia de la heroicidad clásica como la idea de la permanencia, del saberse tan seguro de que uno vale y merece, el pensar que solamente hay una manera de mirar al frente y de frente, se diluyen necesariamente. Nos damos cuenta, entonces, que la cuestión de la identidad es tanto un ejercicio de autoridad y libertad, como una herramienta de constricción y expulsión social.

Hay que mirar ‘otros’ cines. Hay que aprender de ‘otras’ narraciones. Debemos aprender para de-construir y proponer un sistema de representación y narraciones que nos abran la mirada al mundo. Otra manera de relacionarse, es posible.

 

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