Hasta los genios tienen sus flaquezas: reseña de los episodios 19 y 20 de El joven Sheldon

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Los episodios número 19 (“Gluones, guacamole y el color púrpura”) y 20 (“Un perro, una ardilla y un pez llamado Pez”) de El joven Sheldon suponen un contraste entre ellos similar al que siempre solemos subrayar los profesores cuando estudiamos los períodos históricos e incluso artísticos, que -insistimos- se meven por relaciones de acción y reacción. Pues bien, el episodio decimonoveno se ceba en el leitmotiv de la serie: la extraordinaria inteligencia de este niño de tan solo nueve años que no solo puede estar al nivel de los estudiantes universitarios, sino que se encuentra en sus aulas como pez en el agua. En tal alto grado tiene esta cualidad que, sus hermanos, al verse en un contraste tan grande, llegan a preguntarse en este episodio si son realmente estúpidos. No obstante, esta experiencia hace que el personaje de George, el hermano mayor, se muestre de un modo distinto al que suele hacerlo, dejando a un lado su superficialidad para sacar a la luz su lado más sensible al hacer lo posible por que su hermana no se sienta mal. Su esfuerzo, plasmado en ayudarle a hacer los deberes, como solía hacer el ahora ausente Sheldon, se ve recompensado al final, cuando descubrimos que dicha tarea estaba bien hecha, para satisfacción de los dos autores.

En el episodio 19 aparece un personaje que fácilmente me siento tentada a ver como un “foreshadowing” de lo que Sheldon será en el futuro. Se trata del profesor de la clase de Física a la que asiste en la universidad, Dr. Strugis, interpretado por Wallace Shawn. Es más, Sheldon, a pesar de su corta edad, tiene unas características tan poco propias de ella en muchos sentidos (aunque no en todos: de ahí el encanto de la serie en gran medida), y a la vez coincide en tantos aspectos con esta eminencia (por ejemplo, a los dos les gusta el color azul, el helado de vainilla y la física, y toman al pie de la letra ciertas expresiones), que casi parece su alter-ego en pequeñito. Tan a gusto se encuentran estos personajes cuando están juntos, que Sheldon hará todo lo posible por que el profesor acabe siendo un miembro más de la familia, usando para ello como cebo a su querida Meemaw. Ni que decir tiene que el contraste entre los dos posibles “tortolitos” da lugar a situaciones de lo más graciosas, que se seguirán explotando en el episodio 21, como veremos en su momento.

Todo este despliegue de sabiduría y adulación a la inteligencia, presentes en el episodio número diecinueve, contrasta -como decíamos al principio- con el contenido del siguiente, el vigésimo, donde destacan el terrorífico pánico y la impotencia que el protagonista demuestra ante la simple presencia del dócil perro de sus vecinos, debido a una de sus múltiples fobias. Los dos episodios comparten, en cambio, la relevancia que concede el pequeño genio al saber teórico, cosa que parece encajar mejor con el episodio 19, centrado en la universidad, que en el segundo, enfocado en un tema tan aparentemente común como es el miedo a los perros. Pero, para los que ya conocemos al pequeño Sheldon, no nos resulta novedoso comprobar cómo este encuentra en los libros soluciones para toda clase de problemas, como ya hemos analizado en referencia a episodios anteriores, por ejemplo, cuando trataba de encontrar amigos, por citar uno de los muchos que existen. De ahí que, en el vigésimo, recurra a la biblioteca y su bibliotecaria (que dice haber leído todos los libros sobre fobias) para encontrar escrito el método por el que poner solución a este miedo que le acompañará hasta su madurez. Sobra decir que Sheldon sigue paso a paso todas las indicaciones recogidas en la obra recomendada, de modo que éste parte del visionado de una de las series protagonizadas por perros (la elegida es Scooby-Doo), y pasa por intentar tocar algún perro anestesiado o moribundo y llega, por fin, al enfrentamiento cara a cara con su miedo: el perro del vecino. Para ello se protege cual gladiador a punto de enfrentarse al león a vida o muerte: casco de béisbol y guantes de horno incluidos. El libro casi consigue demostrar su infalibilidad, pues Sheldon llega incluso a acariciar al perro, cuando vemos que Sheldon regresa a la casa chillando porque el animal -pudiera ser que agradecido por el acercamiento amistoso del pequeño- le ha lamido nada menos que la boca. Ni todo el Listerine del mundo es suficiente para que el niño vuelva a su estado natural.

Para tratar de ayudarle, Meemaw protagoniza varias iniciativas: aparece en mitad del episodio ofreciéndole una infusión calentita (práctica que Sheldon seguirá llevando a cabo en su madurez, cada vez que algún amigo necesita consuelo por algún motivo), tratando de arreglar el asunto con la vecina (Brenda) y, al final regalándole un pez a su nieto, por quien muestra una vez más un cariño capaz de llevarle a los puños por defenderlo (literalmente). Con el regalo del pez (a quien Sheldon llama “Pez”), tenía la intención de familiarizarle con alguna mascota (ya que otras habían sido descartadas por la propia Mary por las enfermedades que podían contagiarle -ya entendemos mejor de dónde pueden provenir las muchas aprensiones del genio). No obstante, para sorpresa de todos, el pez muerde al pequeño y, después, a su padre, tras meter el dedo incrédulo en la pecera. No obstante al final de lo que parece un corto en toda regla dentro del episodio (no sólo comienza con su propio título, sino que incluso al final de la historia del pez aparecen las palabras “The End”) es el pez quien sale peor parado: estrellado primero contra el suelo, luego de bruces contra el fondo de la pecera y, finalmente, según deducimos del sonido final del episodio (el de la cisterna de un váter)… en la cloaca.

El episodio está lleno de momentos graciosos protagonizados por los intentos de resolver la situación creada por las intrusiones del perro vecino por parte de las mujeres (Mary Cooper, Meemaw, Missy y Brenda) e incluso el sacerdote, cuya caracterización responde a estereotipos que le hacen parecer realmente ridículo, de un modo que juzgaría incluso de injusto de no ser por el hecho de tratarse de una comedia, con lo que de exageración y caricaturesco ello conlleva y que afecta a otros personajes y situaciones de igual modo. En conexión con estos momentos de humor, este episodio ha conseguido arrancarme una sonora carcajada, risa que estoy segura de que compartiré con vosotros si no dejáis de ver el episodio, bajo mi punto de vista, uno de los mejores hasta ahora.

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