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Homeland 5, o el amor-odio por una serie de calidad

La quinta temporada de Homeland, exitosa serie de Showtime inicialmente basada en la israelí Hatufim (Prisioneros de guerra) y creada por Howard Gordon y Alex Gansa, nos dejó sabor a metal y sangre en la boca ya antes de las fiestas navideñas. Y no sé a ustedes, pero a mí me ha llevado un tiempo digerirla; de ahí que esta publicación se haya hecho esperar. Podría no haberla escrito, pero sabiendo que habrá una sexta temporada, como ya nos han confirmado desde la cadena americana, creo que el ejercicio de revisión y de intento de comprensión de hacia dónde está yendo este drama-thriller político tiene sentido en el marco de este blog.

Cuando Homeland arrancó en 2011, a los pocos meses de la muerte de Osama bin Laden, a muchas nos pareció que era uno de tantos síntomas de la atmósfera de paranoia y miedo que dominaba el mainstream televisivo estadounidense, incluso después de la ejecución del Gran Villano. Las dos primeras temporadas fueron tensas e intensas, duras de ver y cada vez más maduras en su construcción narrativa. Después –me van a perdonar sus fans incondicionales– la cosa empezó a ponerse cada vez peor. No por lo que padecieran los personajes de la serie (que también), sino porque para cierto público espectador en el que me incluyo algunos de los desarrollos de sus protagonistas empezaban a ser problemáticos, cuando no directamente insufribles. A estas alturas, tras cinco entregas, yo estaría dispuesta a votar por la NO renovación de la serie si hubiera una consulta popular, pero reconozco que la más reciente temporada se ha metido en terrenos tan resbaladizos que me ha acabado atrayendo como un mal vicio. Amor-odio, que se dice. Les cuento por qué.

Empecemos por las (para mí) malas noticias de Homeland 5: en primer lugar, hace ya años que echamos de menos a Brody, pero no nos dejan añorar a su perseguidora-cum-amante. Carrie Mathison sigue ahí. Siempre. Casi en cada escena. Todo el tiempo. Con ese gesto de niña enfadada al borde del llanto que parece sacarla de todo tipo de apuros sentimentales y profesionales. Discúlpenme, pero como rastreadora que soy de personajes femeninos positivos, hace mucho que he descartado a Carrie para mi catálogo. Lo confieso: no puedo con ella. Sus derivas como personaje son tan exageradas y su desarrollo tan poco coherente que les deseo a los guionistas una pronta epifanía para sacarla de su sufrimiento. Y, si es posible, que se lleve con ella a Peter Quinn, que en esta quinta temporada ha rozado el “modo Terminator” en su actuación. Si el final abierto para este coprotagonista debía tocarnos el nervio, conmigo los creadores han fracasado. Quizá me perdieron cuando le vi asesinar sin pestañear a una reclutadora de jóvenes militantes para el Estado Islámico (Fatima). Yo soy más de juicio y condena en un tribunal que de ejecución en plena calle a cambio de un cheque con varios ceros.

Si la evolución (¿?) de algunos protagonistas ha sido en mi opinión poco afortunada, en esta quinta temporada por otro lado también hemos hecho algunos descubrimientos jugosos: una Mata-Hari de melena rubia que pasa de un paraíso tropical al maletero de un coche; una periodista con una humanidad aún más grande que su enorme ambición; un hacker sin ánimo de lucro; un espía ruso que nos retrotrajo a la Guerra Fría a golpe de mirada torva y voz profunda o un billonario filántropo del que yo no me acabo de fiar. Y junto a todos ellos, mi debilidad: Íñigo Montoya buscando justicia – Saul Berenson batiéndose entre su deseo y su deber, entre su identidad étnica y su identidad profesional, entre la lógica y la emoción.

allsion y saul

Aparte de un cartel desigual de personajes, la quinta temporada de Homeland nos ha traído la que probablemente sea la narrativa ficcional más incrustada en la realidad que podemos encontrar a día de hoy en la televisión estadounidense. Nos ha hablado de atentados en Berlín días después de que sangrara París, nos ha mostrado cómo funciona una célula que se prepara para la macabra Guerra Santa de los fanáticos de un cierto Islam, y nos ha hecho pensar en Siria, ese infierno al que nos estamos acostumbrando a base de imágenes narcotizantes repetidas hasta la saciedad. Los temas y las situaciones que ha tratado esta entrega de la serie eran tan actuales y tan arriesgados en ocasiones que la cadena que la emitía en España se vio obligada a advertir en cada episodio de que la sensibilidad del público espectador podía verse herida debido a lo cercano de algunas referencias y la crudeza de algunas escenas. A mí no me hizo daño, pero sí me movió a reflexionar sobre los límites de la televisión del siglo XXI, las barreas entre realidad y recreación ficcionalizada, la fascinación por el horror (cotidiano, emocional, político) y el poder de la industria audiovisual para sostener los discursos del “ellos vs. nosotros” o del “todo vale para ganar la Guerra contra el Terror”. Sin duda alguna, Homeland ya no es lo mismo que en 2011, pero continúa siendo un producto nada inocente que merece la pena intentar desentrañar. Habrá que seguir en ello, porque ese rayo de luz que entró en la habitación en el último segundo no era el final de nada.

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