“It” (Muschietti, 2017). El miedo como catalizador y las fobias (infantiles) encarnadas en Pennywise

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Os volveré locos a todos y luego os mataré. Soy cada una de vuestras pesadillas (…) soy una muestra viviente de todo lo que vosotros teméis”.

Pennywise, the clown hace acto de presencia en Derry, pueblo ficticio creado de la novela original de Stephen King (1986) y cuya primera adaptación Pennywise tuvo lugar hace exactamente 27 años. En efecto, la cifra 27 entraña un simbolismo buscado por Andrés Muschietti (Mamá, 2013) y que representa a modo de cadencia repetitiva según la cual “It” necesitarí­a alimentarse de una nueva víctima para saciar su sed. No obstante, esta lí­nea argumental (en la que subyacen las leyendas de wendigo y, también, con referencias a la cuentí­stica y el folklore medieval europeo) está supeditada a un pacto desde hace siglo de una madre de peregrinos de Derry con “It”, un ser prehumanoide cuyo rostro dentado y de payaso resulta perturbador.

It (2017) indaga en los orígenes de la figura de Pennywise en Derry a través de las investigaciones llevadas a cabo por Ben, rastreando los archivos históricos municipales y analizando, también, las publicaciones periódicas y las imágenes de archivo. Subyace en esta investigación una aproximación a las causas de Derry como ciudad maldita, aterrada por un ser maligno arraigado al lugar y que se alimenta principalmente de niños y también de adultos, viéndose representada por imágenes en las que existe el culto que adora al payaso o, más bien, ofrece sacrificios (niños, principalmente) para calmar su sed. Derry se ve representada, entonces, como un lugar de memoria en la que los viejos miedos se quedan atrapados sin importar el paso del tiempo.

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El miedo, por su parte, se nutre de la vulnerabilidad y las debilidades de cada uno de los siete miembros integrantes del Club de los perdedores, quienes también deben soportar los ataques de la otra banda del instituto. It (2017) habla de la esencia del miedo humano tomando de forma iniciática niños que van a dejar de serlo pronto para pasar a la adolescencia y que experimentan encuentros terroríficos con “It” y con sus miedos representados en él. El miedo aumenta a medida que se cree en él y en su existencia y que se apodera de las fragilidades de una infancia marcada por múltiples factores como el bullying, la culpa por la muerte de un ser querido, la soledad, los abusos sexuales por parte del progenitor, la tartamudez, lo hipocondrí­aco y la sobreprotección materna o las rarezas señaladas por la sociedad como marginales (y, sin duda, el guiño presente a los miedos de la niñez propio Muschietti en la deformación del cuadro de Modgliani, presente en el personaje de Stan y cuya figura nos remite, también, a la figura de Mamá, 2013). Por el contrario, éste disminuye cuando deja de creerse en él, en tanto que se aprende a discernir entre la realidad de la propia sugestión y a medida que se crece y madura, entrando en la adolescencia acompañado y fortalecido por amistades que se tornan esenciales en el desarrollo de los integrantes del Club de los perdedores.

Consideramos que It habla de la propia construcción del miedo en diferentes niveles y situaciones, apelando a la sugestión del mismo, a la anticipación de aquello que es real y aquello que es creado por una mente anulada del raciocinio e inmersa en el miedo instintivo, visceral y a las traiciones de la imaginación junto con momentos de exposición al terror más directo. Pennywise (Bill Skarsgard) se articula desde un ser asociado y familiarizado con la infancia, un payaso que se torna elemento de desconcierto y de terror que viene dada por el choque de expectativas entre la bondad y carácter festivo que se le presupone a la figura asociada a la infancia y que ésta pueda ser transgredida precisamente en un elemento agresor. Éste se ve dado por la alteración de lo esperado y provocando que lo familiar se torne extraño lo cual entronca con concepciones freudianas del uncanny (unheimlich), como una de las escenas finales en las que Pennywise se encarna en el cuerpo de Georgie para atraer a los perdedores a su lugar del horror.

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Si bien el elemento desencadenante es la desaparición de Georgie, el hermano de Bill, tras ir a buscar el barco de papel en el alcantarillado donde se encuentra con Pennywise y las aventuras en el verano de 1989, el Club de los perdedores acabará hallando el foco donde éste reside, haciendo de la entrada en la casa del pozo la última posibilidad de reencontrarse con Georgie y poder terminar con el sentimiento de culpa de Bill por una parte y, por otra, la posibilidad de reencontrarse con las decenas de niños desaparecidos en el transcurso de los años en una tela enmarañada de niños flotando en el fondo del alcantarillado y recuperar a Beverly de ese estado abducido por las luces muertas (o fuegos fatuos).

Sin embargo, este payaso resulta tan solo una máscara inquietante (y asociada, también, a la coulrofobia o miedo irracional a los payasos) que oculta los verdaderos miedos del club de los perdedores (Bill, Ben, Beverly, Richie, Eddie, Mike y Stan), quienes funcionan como protagonistas infantiles mediadores del terror con los cuales la audiencia puede empatizar, posicionándose a si­ misma frente a sus peores pesadillas encarnadas en la figura pasadillesca de Pennywise. Los perdedores (losers) acaban superando entre todos a Pennywise, haciendo de su juramento de amistad y pacto de sangre, su mayor fortaleza y fuente de superación y crecimiento, en un rito iniciático hacia la adolescencia (convirtiéndolos en lovers).

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En ese sentido y, salvando las distancias, flotan en el aire las concomitancias entre el personaje de Pennywise con el imaginario potteriano encarnado en la figura de los Boggarts (ser que puede transformarse en la imagen de aquello que más temes) para una audiencia (principalmente) millennial y que hacen de la propia concepción del miedo de los personajes, la principal fuente ficcional. Tanto Pennywise como los Boggarts pueden ser disuadidos por otras personas que son, en ambos casos, amigos se ayudan para hacer de la fuente de terror, algo inexistente o, incluso, irrisorio.

En definitiva, It (2017) de Andrés Muschietti cumple satisfactoriamente con las expectativas haciendo del imaginario infantil (también presente en sus objetos, los globos rojos, easter eggs y en una predominante banda sonora de Benjamin Wallfisch con nanas infantiles decadentes) un lugar de creación del horror y del miedo que se nutre siempre de la debilidad a partir de la adaptación libre de la novela de Stephen King con un intencionado halo nostálgico a la década de los ’80 y ’90 y con referencias a la cultura pop que le posicionan en una de las pelí­culas más taquilleras del 2017 hasta la fecha y que cuenta con un mag­nífico reparto, trabajo artístico, de producción y de dirección. Si todavía no la has visto, no temas flotar con Pennywise.

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