“La chica con todos los dones”: vuelta de tuerca a lo Matheson

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El género de zombis pasa por un momento de oro actualmente, y no hay año en que la producción se incremente respecto al anterior. Desde que George Romero pusiera las bases para una nueva lectura de este tipo de cine social y de terror, cada año nos reserva nuevas aportaciones, unas buenas, otras prescindibles, y otras magníficas. En el caso de The girl with all the gifts (La chica con todos los dones), de Colm McCarthy (2016), nos encontramos ante una cinta que, volviendo al origen del género, consigue darle una vuelta de tuerca a lo que hemos visto hasta ahora.

La película se traslada a una Gran Bretaña postapocalíptica, donde un virus ha contagiado a la mayoría de la población convirtiéndolos en infectados sedientos de sangre. En unas instalaciones militares, un grupo de científicos busca la cura a la pandemia trabajando con un grupo de niños, infectados “de segunda generación”, que viven en una especie de tierra de nadie entre un ser humano normal y un infectado caníbal. Entre el grupo de niños, destaca Melanie, una chica de color especialmente brillante, que tiene muy buena relación con su profesora y los científicos. Un fallo de seguridad en la instalación hará que la jefa de investigaciones tenga que huir precipitadamente con la profesora y la niña, junto al sargento al mando.

El film tiene dos partes bien diferenciadas: en la primera, dentro del búnker militar, vemos el día a día entre los soldados y los científicos. Nos preguntamos por qué tratan de manera tan despiadada a los niños, cuando más tarde descubrimos el motivo: son infectados y ninguna precaución es poca. A la mitad de la película, quizá un poco antes, se produce el estallido de violencia y los infectados del exterior logran salvar las defensas militares, con lo que empieza la segunda parte de la cinta, que es la de la típica huida de un grupo de supervivientes en busca de un refugio seguro.

[A continuación el análisis necesita realizar algunos spoilers de la trama]. Pero aquí, la tensión dramática viene generado por Melanie y las reticencias que despierta en el grupo, excepto en el amor incondicional de su profesora. El resto la ve como un peligro potencial. Melanie está entre dos mundos, y lucha por ganarse la confianza del grupo, a pesar de que se sabe también un peligro. En esta segunda parte, McCarthy rueda unos exteriores apabullantes de un Londres desolado, tras años del estallido de la epidemia: una ciudad tomada por la naturaleza, que ha triunfado sobre el hombre. Los infectados son miles, y permanecen quietos hasta que algo los hace actuar en manada: un sonido, una mirada directa, un olor. Melanie descubre a un grupo de niños, infectados de segunda generación como ella, que van a tender una trampa a uno de los soldados. Se enfrenta a ellos, derrotando al líder, y consiguendo rescatar al grupo de humanos.melanie-the-girl-with-all-gifts-3

Pero hay algo que Melanie no consigue ver después de enfrentarse con esta manada de niños, y es qué razón, qué legitimidad puede tener la científica (interpretada por Glenn Close) para experimentar con ella y poder encontrar una cura al virus. Máxime cuando se revela que éste está ya en un estado avanzado: de infectar los cerebros ha mutado a un proceso simbiótico en esa segunda generación, mientras que en los cadáveres de la primera ha logrado enraízar y desarrollarse como planta cuyas vainas están a punto de germinar y esparcirse por el mundo. No hay salvación posible para el resto de la humanidad.

Esto es lo que Melanie comprende, y por ello decide rechazar la propuesta de la científica y adelantarse a los acontecimientos: quema la planta-colmena de infectados que se ha apoderado de una torre de edificios de Londres para que todas las vainas eclosionen y llenen el aire con su virus, ante la incredulidad de los supervivientes. Ya no hay salvación posible: la hora de la humanidad tal como la conocemos ha terminado. Melanie sólo tiene consideración para Helen, su profesora, que sigue en el laboratorio móvil que encontró el grupo antes. Con un circuito de aire propio y energía solar, se han invertido las posiciones: ahora la profesora Justineau es la que está atrapada sin poder salir. Pero queda una esperanza: Melanie reúne a los niños de su clase, además de a los infantes perdidos que deambulaban por la ciudad. Helen seguirá siendo su profesora y así dará comienzo el alba de una nueva humanidad. [Fin de spoilers]

Originalmente una novela de Mike Carey, que también escribe el guion de la pelíula, en The girl with all the gifts encontramos ecos de, sobre todo, 28 días después (Danny Boyle, 2002), pero también de Day of the Dead (Romero, 1985) The Last of Us (Naughty Dog, 2013) o la novela El día de los trífidos (John Wyndham, 1951). A pesar de no ser una adaptación de Soy leyenda de Richard Matheson, ni tener nada que ver, es posible que sea la película que mejor entendió dicha novela. El mensaje de fondo es el replantearse la normatividad de una sociedad, y cuando ésta se convierte en un lastre que la dinamita. En la película, la humanidad ha dejado de tener validez. La única realidad, por cruel que parezca, es la de los infectados. Es puro darwinismo, puro choque de las leyes naturales contra las del hombre. En esta situación, destaca Melanie, que al principio de la película se deleita una y otra vez escuchando a la señorita Justineau contar el mito de Pandora. Melanie es Pandora, es la chica con todos los dones, porque es, en última instancia, la causante de que el mal se esparza por el mundo, pero a la vez representa la esperanza en un futuro mejor, un futuro diferente. La película, así, podría conectar tranquilamente con 28 días después, pero en cierta forma, también con los presupuestos de la evolución hacia la posthumanidad que Romero va desarrollando en cada capítulo de su saga zombi. Su final, tachado por algunos de blando o almibarado, es una apuesta por esa relativización de qué es lo normal, qué es lo que es legítimo, natural, establecido.

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