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La edición extendida de El hobbit: la batalla de los cinco ejércitos o la adaptación que nunca llegó a serlo

¿Fan de Tolkien? Desde RIRCA hoy tenemos el placer de presentar la reseña crítica sobre la edición extendida de El Hobbit llevada a cabo por nuestro colaborador externo y filólogo Juan Carlos Palanco Malondra.

Hace más de una década, Peter Jackson emprendió un viaje para llevar la obra del profesor J.R.R. Tolkien a la gran pantalla. La trilogía de El señor de los anillos fue un éxito sin precedentes y, para sorpresa del público, se anunció que El hobbit –la historia que sucede sesenta años antes– se dividiría también en tres películas. Después de haber recorrido este largo camino, la edición extendida de la última entrega (El hobbit: la batalla de los cinco ejércitos) ya está a nuestro alcance y el paso por la Tierra Media se completa con 20 minutos de metraje totalmente nuevos.

Hasta entonces, la edición extendida de las entregas anteriores ampliaba una historia que ya estaba pulida en la edición del cine. Las secuencias que se añadían eran interesantes, pero rompían algunos recursos narrativos, como la omisión de escenas para generar incertidumbre en el espectador. Sin embargo, la edición extendida de El hobbit: la batalla de los cinco ejércitos demuestra que quedaban muchos aspectos por acabar incluso después de estrenar la edición del cine. Los diálogos que ahora se han incorporado consiguen reforzar la coherencia de la película y algunas secuencias de batalla –no todas– permiten solventar los vacíos de la narración.

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No obstante, el problema básico que ya planteaba la edición del cine no ha podido solucionarse con las escenas añadidas, y es que una adaptación que altera la moraleja del libro original termina siendo una historia distinta con el mismo nombre. El trasfondo de la obra de Tolkien ha sufrido más que sus personajes en una película que solo respeta el argumento hasta que una alternativa comercial entra en juego. Y quizá no debería cundir el pánico por ello… a no ser que las diferentes aventuras de la Tierra Media pasen a representar algo muy distinto a lo que significaban en la novela.

La película empieza con el ataque del dragón Smaug (Benedict Cumberbatch) a la Ciudad del Lago. A estas alturas de la historia, debemos comprender que no tenemos ningún héroe para acabar con la bestia: el hobbit Bilbo Bolsón (Martin Freeman) no es un héroe con esta capacidad –aunque sí con otras mucho más diplomáticas–, el mago Gandalf (Ian McKellen) está preso en la fortaleza del Nigromante, y Thorin Escudo de Roble (Richard Armitage) se comporta como un antihéroe al dejarse llevar por la codicia. Ninguno de ellos puede matar al dragón, así que Tolkien introduce a Bardo el Arquero (Luke Evans), el héroe que no lucha contra, sino por el pueblo. El dragón muere y las distintas razas de la Tierra Media se enfrentan por el tesoro que la bestia custodiaba en la Montaña Solitaria. Ya lo tenemos todo preparado para tergiversar la historia.

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Las aventuras del mago Gandalf en la fortaleza del Nigromante (de nuevo, Benedict Cumberbatch) son el primer indicio de que los creadores de la película se han dejado corromper por su propio tesoro. El libro de El hobbit tan solo insinúa el enfrentamiento épico que sucede en la fortaleza, mientras que otros escritos de Tolkien lo desarrollan con detalle. Los miembros del Concilio Blanco –encarnados por actores magistrales como Cate Blanchett, Christopher Lee y Hugo Weaving– se reúnen en la escena sin poder justificar la división de la película en tres partes. De hecho, este episodio carece de matices en la versión del cine y los efectos especiales desenfrenados se adueñan de la pantalla. El poder de los anillos no existe y, aunque ahora la secuencia se ha completado, seguimos sin apreciar la voz, el ingenio y la magia alquimista de los heraldos de la Tierra Media.

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En la Montaña Solitaria, los intentos de Bilbo Bolsón por mantener la paz son inútiles y la inevitable batalla ha sido ampliada con un enfrentamiento entre elfos y enanos. La extensión permite definir mejor el inicio del conflicto y dar más presencia a personajes emblemáticos como Thranduil (Lee Pace) y Dáin Pie de Hierro (Billy Connolly). Sin embargo, se atribuye al ejército de los enanos todo un arsenal de máquinas de guerra con las que protagonizan una serie de escenas de extrema violencia. Nada de esto se corresponde con «el amor de las cosas hermosas hechas a mano con ingenio y magia; un amor fiero y celoso, el deseo de los corazones de los enanos» (Tolkien 1985: 25). Si existía una manera de embellecer el tesoro de los enanos era esta, una imagen totalmente opuesta a la que se transmite en la película. De hecho, las máquinas de guerra solo encajarían –y lo harían perfectamente– en la descripción que se hace de los trasgos en la novela.

El horror que representan las fuerzas del mal es la razón por la que elfos, hombres y enanos deben aliarse si quieren sobrevivir. Pero todavía nos queda un enano al que devolver la cordura: Thorin Escudo de Roble. Es posible que Tolkien no quisiera que un rey corrompido por la codicia gobernase la Montaña Solitaria, de modo que, para salvar al personaje, había que redimirlo y convertirlo en el héroe que debía haber sido. Por desgracia, el momento más acelerado de la película pierde el ritmo trepidante que ofrecía la edición del cine al intercalar nuevas escenas de batalla, algunas tan innecesarias como inoportunas. Las sensaciones reflejadas por Tolkien en la novela se difuminan, la música de Howard Shore se enmudece y el belicismo, que apenas se describía en la obra del escritor, se apodera de la pantalla sin remedio.

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La tragedia invade la historia cuando los actos redentores de Thorin se convierten en los mismos que lo llevan a la muerte. Y no solo a él, sino también a sus sobrinos.

«Fili [Dean O’Gorman] y Kili [Aidan Turner] habían caído defendiéndolo con el cuerpo y los escudos, pues era el hermano mayor de la madre de ellos» (Tolkien 1985: 303).

 Desde cierto punto de vista, esta línea del libro puede tener mayor trascendencia que cualquier escena de la película, ya que ambos mueren apoyando la redención, es decir, el elixir que puede mantener el mal a raya y que Thorin ha reconocido en el olvidado protagonista de la historia: Bilbo Bolsón.

«Si muchos de nosotros dieran más valor a la comida, la alegría y las canciones que al oro atesorado, este sería un mundo más feliz» (Tolkien 1985: 300).

Aunque tan solo se trata de una interpretación, la película opta por algo muy diferente: el mayor de los sobrinos cae en una trampa, el menor se sacrifica por la elfa Tauriel (Evangeline Lilly), y Thorin muere sin nadie para protegerlo. Ni siquiera Beorn (Mikael Persbrandt). El hombre oso más infravalorado de la saga es quien debía encargarse de aplastar al líder de los enemigos en un simbólico y feroz levantamiento de la naturaleza contra la crueldad de los trasgos. Pero en su lugar, la película insiste en vendernos la presencia del elfo Legolas (Orlando Bloom), cuyo misticismo se reemplaza por escenas de acción incansable.

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Tolkien se esforzaba por rodear a sus personajes de un aura que los hacía únicos, tanto en El Hobbit como en El señor de los anillos. El estilo de vida de Beorn, los hobbits de la Comarca y los elfos del bosque terminaba representando el espíritu de una naturaleza que podía llegar a ser fiera si se rebelaba contra la maquinaria que trataba de destruirla. Sin embargo, las pretensiones de la película no son estas y las licencias comerciales se anteponen por doquier. El símbolo de la amistad entre dos culturas enfrentadas ya no pertenece a los personajes de El señor de los anillos –el elfo Legolas y Gimli el enano (John Rhys-Davies)–, sino que se traspasa al flechazo amoroso de una trama secundaria. Poco a poco, el encanto de la primera trilogía se ve tan eclipsado como el protagonismo de algunos personajes entrañables. La compañía de Thorin Escudo de Roble es el mejor ejemplo y el mundo que los rodea se tiñe de diseños digitales que no hacen sino ganar terreno al maquillaje, al decorado y a los paisajes neozelandeses, donde se rodaron las películas.

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El resultado de todo esto es una adaptación que se empaña con giros extravagantes, los mismos que guardan distancia respecto a la frescura de la novela. El viaje de auto-descubrimiento de Bilbo Bolsón y la sabiduría de Gandalf no se hacen notar tanto como merecen las actuaciones de Martin Freeman e Ian McKellen. Dice mucho de la película que no podamos deleitarnos con sus papeles hasta que no llega una escena –¡al fin!– en la que aparecen sentados el uno junto al otro sin pronunciar palabra. A fin de cuentas, la amistad entre ambos es tan tierna como el cariño que sentimos por estos personajes.

En definitiva, la Tierra Media nos deja con un amargo sabor de boca. Y si esperamos disfrutar con las canciones y la magia de Tolkien, siempre podremos volver a las páginas de un libro infantil, sencillo y alegre.

Referencia:

Tolkien, J.R.R. El hobbit. Barcelona: Minotauro, 1985.

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