La La Land: La ciudad de las estrellas… tristes

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Leyendo reseñas sobre esta película dirigida por Damien Chazelle (también director de la oscarizada Whiplash en 2014), me he tenido que repetir a mi misma una idea que suelo subrayar a mis alumnos de Literatura inglesa: cuando tratamos una obra de arte (en ese caso, literaria), no podemos esperar unanimidad en las críticas que recibe, ya que su propia naturaleza es de por sí ambigua y subjetiva; y de ahí derivamos las reflexiones propias sobre qué es el canon literario, su parcialidad, variabilidad, etc. Pues me ha venido bien este pensamiento para poder entender cómo ciertos aspectos presentes en La ciudad de las estrellas pueden servir a ciertos críticos de cine para alabarla y a otros, justamente, para vilipendiarla.

Me centraré en el más evidente, relacionado con su género de musical. Para algunos, esta película resucita la relevancia que en la época dorada de Hollywood tuvo este género, rindiendo así homenaje a grandes maestros como Stanley Donen, Gene Kelly, Vincente Minnelli o Jacques Demy. Casi la euforia se desata en boca de comentaristas como Rohan Naahar cuando dice: “Dicen que el mundo se está muriendo. Dicen que las películas están muertas, Y dicen que las películas de musicales están definitivamente muertas. Pero existe una cura para este salvajismo; hay un antídoto para este absurdo. Se trata de una película. Es un musical. Es un musical sobre películas. Se llama La La Land y está aquí para salvarte la vida”. Son muchas las publicaciones que se llenan de elogios para la película (quizá no con tanto ímpetu como en el ejemplo anterior, pero casi) desde que proyectara en Venecia, donde empezó su colección de premios, empezando por el de Mejor actriz. A partir de ahí tanto público como prensa empezaron a rendirse a sus encantos: así, su éxito de audiencia ha dado lugar a que la inversión de unos 30 millones de dólares haya sido más que rentable, dado su éxito de taquilla; y las reseñas de periódicos tan destacados a nivel internacional como el Sun, Mirror, Metro, The Guardian, Times y Telegraph se hayan puesto a sus pies. Estas alabanzas han demostrado no ser vanas a tenor de los premios que la obra fílmica ha ido recibiendo desde el primero veneciano. De hecho, en cuanto a nominaciones, ha llegado a igualar el récord de 14, de Titanic y Eva al desnudo; y consiguió transformar en galardones las 7 que obtuvo a los Globos de Oro (algo, de nuevo, poco frecuente). Sus 5 premios Bafta británicos se sumaron a todos los anteriores, dando lugar al preludio casi ineludible de que en los Óscar le lloverían los premios, como así prueban los 6 que ha conseguido: al mejor director, mejor actriz (Emma Stone), mejor banda original, mejor canción original (“City of Stars”), mejor diseño de producción y mejor fotografía. Ahí es nada. Se le resistió el Óscar a la mejor película que muchos daban por hecho, pero por tan poco, que incluso lo ganó por unos segundos, ya que una confusión hizo que en la ceremonia de entrega de los premios leyeran una tarjeta con su título en lugar de la ganadora, Moonlight.

Otros críticos, apoyándose precisamente en el género, el musical, sacan a la palestra los aspectos negativos de la película. La ven como una mala copia, un intento de imitar musicales míticos pero sin llegarle ni a la suela de sus sandalias. David Cox, de The Guardian, lejos de valorar los parecidos de películas consagradas cuyos ecos resuenan en La La Land, considera que ésta “parasita” a obras maestras como Singing in the Rain, West Side Story, Funny Face, The Young Girls of Rochefort, Shall We Dance, The Umbrellas of Cherbourg y otras muchas. Cox no es el único que saca a la luz la mediocridad de la técnica que exhiben Ryan Gosling (Sebastian) y Emma Stone (Mia) en el baile (dice que no son Fred y Ginger), en el cante (de voz aflautada y leve), y al piano (Gosling aprendió a tocarlo en tan solo tres meses). Pero lo que más se le critica es que, al contrario que los famosos musicales antes mencionados, La La Land no celebra el amor, sino el egocentrismo. De hecho, la relación de los protagonistas no llega a alcanzar tampoco la intensidad de otros musicales; Mia y Sebastian parecen más bien coaches el uno del otro, en su búsqueda de sus aspiraciones individuales: la una, la de llegar a ser una famosa actriz; el otro, la de tener su propio club de jazz, del jazz tal y como él lo entiende y practica. Cox añade que la búsqueda del propio interés es un tema tan importante en esta película, que la distancia, además, de otras que sí han ganado el premio a la mejor película, tales como Schindler’s List, Gandhi, Chariots of Fire o Titanic, que exaltaban las grandezas de la naturaleza humana y no sus limitaciones. Quizá estéis pensando: bueno, eso es lo normal en la sociedad individualista y neoliberal que nos rodea. Pues yo contesto: quizá sí, pero, primero, no todos los humanos somos así, pues hay quienes saben que la felicidad no se encuentra de forma exclusiva en el éxito laboral; y segundo, el filme gira en torno a un mundo mágico donde es posible bailar con la persona amada elevándote del suelo hasta llegar a las estrellas… De situaciones y escenas tan fantásticas e incluso más que esta (de las que está llena la película), ¿cómo podrían sus protagonistas acabar cayendo tan bajo? Quiero pensar que sus creadores han tenido precisamente la intención de hacer reflexionar al público sobre si compensa dejar pasar de largo el amor de tu vida por conseguir éxitos profesionales. Quiero pensar que la última sonrisa triste que se dedican Mia y Sebastian al encontrarse precisamente en el tan ansiado club de jazz genuino del pianista, es una cuestión que se lanza al patio de butacas en forma de gesto facial.      

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