La Otra Mirada (1)

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Los miércoles por la noche, a eso de casi las once, algunas –no tanto algunos- esperamos en el sofá la retransmisión de La otra mirada, la nueva apuesta de ficción que RTVE ofrece al target femenino. Cómo ya había hecho de una forma evidente con Seis Hermanas, y de una forma más sutil con Isabel, el canal público sabe y conoce las ventajas de especializar contenidos mediáticos “para mujeres”. Ya se sabe, irles cediendo espacios en parrilla y recrear su universo en ciertos contenidos. Pero incluso habiendo descubierto ‘la fórmula’ de la feminización de la audiencia, La otra mirada va un poco más allá. Hasta hoy, la televisión pública había sido prudente con la incorporación y fidelización de los públicos femeninos, y conservó la rigidez de la programación en parrilla pautada por el binomio sexo-edad. De este modo, las exposiciones más reivindicativas del universo femenino de Seis Hermanas seguían ocultas a los ‘grandes públicos’ en las sesiones de la sobremesa, y las reivindicaciones de mujer de la Reina de España quedaron ocultas tras sus proezas nacionalistas y regias en el primetime. Y teniendo en cuenta lo explícito del feminismo de La otra mirada, el reto y apuesta que se ha marcado el canal público no es poco.

Ambientada en la Sevilla de los años veinte del siglo pasado, es decir, hace ya unos cien años, La otra mirada se centra en los procesos de aprendizaje de unas jóvenes en una academia para señoritas. La academia, dirigida por una joven ambiciosa que hereda el cargo, cuenta con un claustro compuesto por distintas personalidades femeninas que quiere dar muestra de las diferentes tensiones, luchas y ansiedades de las mujeres que se dan en un momento de cambio y prosperidad previa a las grandes guerras. Así nos encontramos con la joven y determinante directora, Manuela, que lucha para acreditar su autoridad ante el claustro y ante su madre, que se empeña en recordarle que la auténtica feminidad es la que sabe apaciguar los sueños de grandeza en favor de la vida doméstica, el matrimonio y la maternidad. Luisa, la mayor, que vive con desazón y desconcierto los cambios y la curiosidad de las jóvenes, atada a un hijo vago que abusa de ella. Ángela, perfecta ama de casa, madre de cinco hijos, y escrupulosa profesora que descubre su lesbianismo y, con ello, la deriva de su planificada biografía. Y finalmente Teresa, con un pasado tormentoso, pero viajada, leída, libre, aventurera y, sobretodo, muy feminista. Es en este ambiente dónde las jóvenes deberán formarse. Y es en este ambiente dónde las jóvenes deberán debatirse entre lo que quieren ser y lo que se espera de ellas. Ni más ni menos. Una serie pensada para que, al menos en un principio, el feminismo se luzca.  

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En los episodios emitidos hasta la fecha, son varias las temáticas feministas que se han abordado de una manera totalmente inusual en la ficción española. Así que, tal como ilustran los tweets, no es de extrañar la enorme popularidad con la que se ha hecho entre el público femenino que no puede dejar de admirar la valentía de la serie.  Es verdad que, como decíamos, RTVE ha sabido apostar por la femininzación de sus contenidos y no ha dudado en presentar personajes femeninos pioneros. Recordemos, por ejemplo, a Diana, una de las mayores de las Silva en Seis Hermanas, que dirigió una fábrica, colaboró con la resistencia en la primera guerra mundial, coqueteó con el divorcio y la separación, hasta que lo dejó todo para irse a la campiña con su marido. Recordemos también Ada, protagonista de El Ministerio del Tiempo, representando a una de las primeras mujeres que fueron a la universidad, inteligente, con carácter y líder de un grupo de hombres, capaz de adelantarse a su tiempo, hasta que lo dejó todo para ir a cuidar a su madre ante la inesperada muerte de su padre. Ni falta hace hablar de la Reina en  Isabel y como se promovió su condición de mujer para celebrar el empeño de la historia de España. Pero a esta serie, por más que cuide su ambientación, no le interesa hacer una revisión de la historia nacional y, por lo que vemos hasta el momento y hasta el momento aparenta, centra todo su interés en no enmascarar la celebración y la reivindicación de la feminidad tras ninguna subtrama. Pues las mujeres y lo que les compete, son la trama. Los cuerpos de las mujeres son la trama: Sexualidad y educación sexual, lesbianismo, el reconocimiento del propio cuerpo. La construcción de la feminidad es la trama: romanticismos y amor romántico, el derecho a decidir por nosotras mismas, el matrimonio y el divorcio, la voluntad de ser o no madres. Las desigualdades y violencias estructurales son la trama: la desigualdad salarial, el acoso constante por ser mujer, la auto exigencia a la que nos vemos sometidas para alcanzar el modelo, el ostracismo social, la violencia sexual.

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Ante tanta explicitación y celebración de los reclamos feministas, y la franca estupefacción que ello produce al visionarlo en horario de máxima audiencia en un canal tan tradicional como es La Primera, gusta pensar que la emisión de esta ficción es un gol en toda regla en la portería del conservadurismo gubernamental –recordemos que se produce y se proyecta en mandato Rajoy-. A juzgar por la tónica de la ficción española en general, la promesa de otra serie de ficción nostálgica, que revise el pasado histórico nacional, resulta muy apetecible a la par que deslumbrante. Pero atención que este mismo gol que celebramos puede ser que se dé en propia portería. La nostalgia tiene sus trampas. Y quizá esta nostalgia sea la auténtica trama. Es decir, que el hecho de explicitar el feminismo en un contexto histórico al que le llevamos cien años, cuando la educación feminista que la academia propone era más que incipiente sino inexistente, acabe por minimizar la necesidad de explicitarlo hoy. O eso, o es que nuestra contemporaneidad aún no tiene las herramientas necesarias para hablar en primera persona del feminismo.

Si en un principio el efecto de la nostalgia tiene la potencia de la reivindicación de las voces y memorias de las mujeres que quedaron desautorizadas e invisibles en el tiempo, a medida que la ficción avanza, y a medida que las problemáticas de las tramas se hacen más complicadas, esta potencia tiene un contra-efecto. Pues de tan bien ambientadas y tan bien defendidas en una sociedad pasada idealizada –¡la sociedad de hace un siglo!-, el discurso se va forzando. Hasta el punto de que no sabemos si vemos panfleto o folletín.

En La otra mirada, más allá de relamernos con el que “por fin hablan de nosotras”, es inevitable detectar inverosimilitud cuando ni siquiera en nuestra contemporaneidad sus problemas están resueltos. Y es verdad que la ficción recrea y no refleja. Pero en el momento que lo inverosímil no se sitúa en la veracidad de los hechos sino del discurso, lo que acecha es la desautorización del propio feminismo. Y, insistimos, más cuando aún hoy no hemos sabido resolver estas tramas o defender este discurso en una ficción que no idealice, sino que denuncie.

Señoritas

Finalmente, la ya tan estratégica como desgastada fórmula de la nostalgia, como plataforma contextual en la que depositar, recrear i resolver toda una serie de valores y tramas a golpe de idealización, en este caso sugiere y comprende las reivindicaciones feministas como algo intrínseco de hace un siglo, pero no propio de la actualidad. De un modo sutil la recreación idealizada nos aleja de un reclamo y voz en presente de la primera persona. Por supuesto reconocemos la urgencia de las tramas. Y no nos cuesta nada establecer paralelismos con la realidad actual. Pero el hecho de que la reivindicación feminista se resuelva de un modo tan efectivo en la España de hace un siglo, con un determinismo y educación que ni soñamos tener ni tenemos, enmascara el hecho de que el feminismo hoy es algo no resuelto ni algo normalizado. Enmascara, precisamente, el hecho de que hoy aun, seguimos teniendo los mismos retos en educación, en normalización del feminismo y del lesbianismo, en la vivencia de una sexualidad propia, y en la resolución de las distintas violencias, que las que tienen las jóvenes protagonistas. Por más que la serie se inspire en los logros de la academia de María de Maeztu. Y lo que es peor, enmascara el hecho de que hoy el feminismo se instrumentaliza a conveniencia de la cultura del consumo y de las estrategias económicas, políticas y culturales gubernamentales.

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