Las apariencias engañan: Locas de alegría

LOCAS DE ALEGRÍA
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No puedo evitar comenzar mi comentario de este filme dirigido por Paolo Virzì (responsable de otras películas como Caterina se va a Roma, de 2003; y otras más recientes como El capital humano, de 2014) diciendo que su título es bastante engañoso. Al menos así ha sido en mi caso. Reconozco que siento especial predilección por las películas cuajadas de tanto optimismo que dejan un inevitable buen sabor de boca. De ahí que me sintiera fuertemente atraída por el cartel anunciador de esta peli donde aparecen dos mujeres rodeadas de un contexto pintoresco y colorido, subidas en un descapotable rojo al más puro estilo Thelma y Louise. Por si esta ocasión constituyera una excepción a la regla de “una imagen vale más que mil palabras”, las presentes en su título también ejercieron de imán para mi interés: Locas de alegría. Tal como aparece aquí este sustantivo tan positivo —”alegría”—, como modificador indirecto del adjetivo a que acompaña —”locas”— (para que digan que la Sintaxis no es útil) parece querer dar a entender que el motivo de la locura de estas mujeres es precisamente ese júbilo.

Pero, a medida que la historia avanza, comprobamos que nada está más lejos de esa realidad. Conforme la película se va convirtiendo en lo que se suele llamar “road movie”, el periplo que las protagonistas —Beatrice (Valeria Bruni-Tedeschi; sí, hermana de Carla Bruni); y Donatella (Micaela Ramazzotti; pareja del director)— realizan por los escenarios de sus respectivas vidas antes de su enclaustramiento, al escaparse de la residencia para personas con problemas mentales, va desvelando un pasado que lleva a pensar que es precisamente la falta de razones para estar alegres lo que les ha llevado al estado en que están. Esto es lo que ocurre a medida que vamos viajando con ellas, paralelamente a la sensación creciente de que la gente que está fuera de instituciones mentales como la que ellas abandonan temporalmente, no solo han tenido mucho que ver en desencadenar el estado mental en que se encuentran, sino que, algunos de ellos, tienen incluso más razones para estar encerrados que ellas: unos en algún hospital mental y otros merecerían incluso estar en la cárcel.

Aunque no he disfrutado viendo los contextos generadores de tanto dolor en Beatrice y Donatella, sí que he encontrado aspectos destacables en la película, que me gustaría resumir brevemente. Uno de ellos es la maestría con que se consigue que dos personas tan diferentes como Beatrice y Donatella consigan ganarse la atención del público con casi la misma intensidad. Esto es especialmente loable en el caso de Donatella, dado que cualquier personaje al lado de Beatrice tendría bastante difícil hacerle la competencia, dada la verborrea, alardes de condesa e hiperactividad irrefrenable de esta última. Donatella, en cambio, se caracteriza por una debilidad tan flagrante que se plasma incluso en su lánguido y demacrado físico, que refleja la dureza con que la vida la ha tratado. De esto mismo se deriva una lección importante: cómo en la realidad, a veces, se puede recibir el apoyo o la ayuda que necesarios de quien menos te lo esperas, pues eso es lo que ocurre en el caso de estas dos mujeres tan aparentemente opuestas.

Otro elemento que quiero resaltar de la película es la imagen tan positiva que ofrece de ciertos trabajadores y religiosas de este tipo de instituciones donde se ingresa a enfermos mentales. Muchos de ellos se presentan realmente involucrados en cómo ayudar a mejorar a sus pacientes, sin escatimar para ello ni en riesgos, como dar oportunidades de salir a trabajar fuera de la reclusión en que se encuentran a enfermas como las protagonistas; ni en esfuerzos, como demuestran cuando salen ellos mismos a buscarlas tras su escapada.

La película ayuda a cambiar los prejuicios que pueda tener nuestra sociedad contra las personas con problemas mentales. Nos hace reflexionar sobre qué ha podido llevarles a la situación enfermiza en que se encuentran, y a darnos cuenta, pues, que quizá cualquiera de nosotros, en sus mismas circunstancias, estaríamos igual o incluso peor que ellas. Este cambio queda incluso plasmado en la actitud de la familia que tiene adoptado al hijo de Donatella. Ellos, al principio, temen que se acerca si quiera a ellos y a su hijo, pero tras relacionarse con ella con naturalidad y tratando de dominar su miedo y sus prejuicios, consiguen verla con ojos distintos y casi emocionarse al descubrir cómo es realmente.

En conclusión: no me arrepiento de haber sido un poco engañada por el cartel de la película, como decía al principio. Además, incluso reconozco que éste plasma una pista sobre el tipo de contenido que representa. Consecuentemente, si no me hubiera limitado a fijarme en la cara alegre que muestra en él la acaparadora Beatrice, me habría dado cuenta de la pista que la expresión más cauta e incluso asustada de Donatella me estaba ofreciendo, apuntando al sabor agridulce que me habría de encontrar en la cinta. Este rostro es una pura sinécdoque que representa a las muchas sombras presentes en las tristes experiencias de las protagonistas y que entretejen el argumento de esta película, a pesar de las luces de alegría con que se vende.  

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