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Representación, Ideología y Recepción en la Cultura Audiovisual

Lealtad, honor y expiación en mundos (no tan) alternativos: Takeshi Kido

El pasado día 15 de noviembre, Amazon Video lanzaba la última temporada de The Man in the High Castle. Una serie iniciada en 2015 y que, basada en la novela homónima de Philip K.Dick plantea un relato ucrónico con un what if escalofriante: qué hubiera pasado si el vencedor de la Segunda Guerra Mundial hubiera sido el eje formado por Alemania y Japón. La respuesta a esta hipótesis va a constituir el eje central de la serie ubicada en unos Estados Unidos divididos en dos grandes bloques, uno para cada una de las potencias vencedoras. Si bien en su momento, escribimos un post relacionado con la virtualidad de la historia y la lucha por el poder que se producía esencialmente en la temporada primera así como en la importancia del personaje de Juliana Crain como catalizadora de los distintos mundos y sus temporalidades, no podemos negar que The Man in the High Castle es mucho más que eso. A lo largo de las temporadas, la serie ha ido desplegando un sutil desarrollo de unos personajes complejos con una clara funcionalidad en la acción de la historia y con un diseño que se va suministrando a cuenta gotas en cada una de las entregas pero del que solo comprendemos la potencia de su personalidad y su significado al final de su trayectoria individual. Como también sucede con el final de la serie que depende del destino y decisiones de cada uno de sus protagonistas.

Joel de la Fuente encarna a Takeshi Kido, jefe de la inteligencia nipona

De este modo, The Man in the High Castle traza un fresco épico  por el que deambulan unos personajes que deben lidiar con las contradicciones de su(s) mundos(s)  donde las acciones a las que deben enfrentarse suponen un paso más en la toma de conciencia individual. En cierto modo, The Man in the High Castle va a ser una mezcla entre el esquema del viaje del héroe con su arco evolutivo y la idea de la novela histórica y el stationendramma propuesto por Lion Feuchtwanger y seguido por Bertolt Brecht —curiosamente en la República de Weimar antes de la ascensión del nazismo. Desde esta última perspectiva, las obras deben mostrar el estado anímico del mundo a partir de una estructura en la que las situaciones que viven los personajes son estaciones de su calvario personal cuyo final implica un acto de lucidez. Así, mientras Juliana Crain (Alexa Davalos) y su entorno van a seguir esencialmente el primer esquema, la cuarta temporada es esencial para la construcción de la «pasión» de un grupo de personajes que son el reflejo de este estado anímico al que nos referíamos: el matrimonio formado por Helen y John Smith  (con unos magníficos Chelah Horsdal y Rufus Sewell) y su lucha interna individual  entre el poder y la familia , el anticuario Robert Childan (interpretado por un empático Brennan Brown) quien por fin encuentra su sentido tras una trayectoria caótica donde siempre está en el lugar equivocado en el momento más inoportuno, y, de manera especial el jefe del Kenpentai japonés Takeshi Kido (encarnado por un espectacular Joel de la Fuente) al que dedicamos este post.

Takeshi Kido como jefe del Kenpentai

Desde la primera temporada, Takeshi Kido es presentado como un personaje sanguinario que cumple y hace cumplir estrictamente las tareas represoras encomendadas al Kenpentai. Caracterizado, pues, como un adicto del deber hacia su país simbolizado por el Emperador, Kido va a tener como misión esencial la captura de «The Man in the High Castle», ese productor de películas subversivas en las que se ve un final muy distinto del conflicto mundial y que fomenta el auge de la resistencia al poder japonés de la costa oeste. De este modo, su cerrada cosmovisión le enfrenta a los movimientos conciliadores y antibelicistas del místico Ministro Nobusuke Tagomi (Cary-Hiroyuki Tagawa) y lo convierte en némesis compulsivo de Juliana Crain y Frank Frink (Rupert Evans). La idea del deber ligada a su trasfondo ritual como heredero de la cultura samurai  —sobre todo la relacionada con la muerte y el suicidio en el que él mismo se incluye— va a marcar la trayectoria de las acciones de Kido pero también su vida personal: su trabajo en el Kenpentai «estadounidense» le obligará a dejar a su familia, con la que apenas tiene contacto y a la que intenta proteger a su manera, en Japón. La combinación de todos estos elementos servirán para configurar a un personaje hermético que se niega a sí mismo la posibilidad de establecer relaciones personales que supongan una alteración de su condición esencial de servidor del país y de su fuerte código moral. Así se aprecia en su relación con Gina, una de las escorts del club al que se ve obligado a acompañar a unos mandatarios japoneses que considera moralmente decadentes y de la que solo busca una presencia física que le acompañe. De este modo, Kido va a luchar constantemente entre un ideal cultural  ancestral y un mundo en el que lo único que parece importar es conseguir el poder a toda costa; por eso jamás llegará a conectar con el Obergruppenführer John Smith pero sí lo hará con Tagomi a quien respeta por la coherencia y honestidad de sus acciones y comportamiento.

Kido en el funeral del Ministro Nobosuke Tagomi
Kido en el funeral del Ministro Nobosuke Tagomi, detrás se halla su hijo Toru

De hecho, la relación con Tagomi va a suponer el conocimiento por parte de Kido del contenido de las películas de «The Man in the High Castle», siendo el único personaje principal de la serie sin una historia alternativa. Sin embargo, su incredulidad ante las imágenes de la derrota de su país —algo lógico dada la configuración inicial del personaje— no va a ser un impedimento para colaborar en el fracaso de las ansias de poder del Tercer Reich iniciándose una extraña complicidad entre ambos que culminará con la toma de conciencia de Kido ante la muerte del Ministro. En este sentido, la cuarta temporada de la serie resulta esencial y absolutamente demoledora para el jefe del Kenpentai cuya trayectoria tendrá dos líneas esenciales: la política y la personal. En la primera, Kido sufrirá un proceso de decepción al comprobar la ruptura, por parte de los nuevos mandatarios de la zona nipona, de unos valores seculares para construir un Imperio más pragmático que equilibre el poder del Reich. Este «inner job» conspirativo militar incluirá a una Emperatriz antibelicista que tendrá en Kido a su más leal consejero en una entente personal que tendrá como resultado el final del what if de la serie, como también lo hará el destino de Helen y John Smith.

La relación de Kido con su hijo Toru es esencial en la temporada final

La segunda línea, la personal, se centra en la relación con su hijo Toru (Sen Mijutsi). Un aspecto esbozado en las entregas de la serie y abandonado, pero que adquiere una relevancia extrema en la temporada final. Toru es un joven militar condecorado por su participación en acciones bélicas prácticamente genocidas que, sin embargo, le han producido un estrés post traumático que es incapaz de superar; un hecho que contraviene las expectativas de su padre exigiéndole los sacrificios —y renuncias— que él mismo tuvo que hacer en aras del deber y que supone su ruptura total entre ellos y el refugio en la droga del joven. Un repudio en toda regla que Kido no asumirá como fracaso personal. Y es en este punto en el que el espectador asiste al segundo gran giro del personaje de Takeshi Kido: la conversación fantasmagórica con el pequeño Toru que le hace comprender cómo sus códigos han afectado a su familia destrozando los ideales y las vidas de personas que no comparten una cosmovisión anclada en un pasado mítico. Un momento magistral —como lo es el despliegue de los personajes en los episodios finales de la serie— de reconocimiento de su fracaso como individuo y que le llevará, finalmente, a la expiación personal aunque eso signifique tener que renunciar a todos sus principios. O si se prefiere, la historia de Toru es el momento de construcción del mundo alternativo de Kido.

Takeshi Kido es un personaje construido de una manera absolutamente gradual y sutil a lo largo de todas y cada una de las temporadas de The Man in the High Castle. Casi nos atrevemos a decir que, juntamente con Helen Smith, es el personaje más interesante de la serie. Y esta construcción tiene un nombre: Joel de La Fuente, quien muestra desde una interpretación interior los sutiles matices del cambio de Takeshi Kido. Un auténtico alarde interpretativo de un actor que hasta que lo vimos en The Man in the High Castle, asimilamos al técnico informático Ruben Morales en Law & Order: Special Victims Unit y del que creemos que valdrá la pena revisar su filmografía. Frente a las nominaciones y algún premio a los departamentos técnicos de la serie, es una  lástima que las magníficas interpretaciones de los actores hayan tenido, por ahora, un escaso reconocimiento público: no ha habido ninguna nominación a Emmys, Globos de Oro ni nada que se le parezca, solo la nominación de Rufus Sewell como mejor actor de reparto en los Critics Choice Awards de 2016. Una auténtica injusticia para el trabajo actoral en una ficción televisiva de las más imponentes y sobrecogedoras de los últimos tiempos.

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