Representación, Ideología y Recepción en la Cultura Audiovisual

“Look Good, Feel Good: Sexiness and Sexual Pleasure in Neoliberalism” Rachel Wood

A finales de los 80, Barbara Kruger, en uno de sus collages más emblemáticos, lanzó uno de los mensajes reivindicativos más significativos de su trayectoria como artista feminista: “Your body is a battlegroud”. Casi 30 años después, la vigencia de este imperativo, resulta apabullante. Vigencia sobre la que se sustenta el hilo conductor del libro Aesthetic Labour: Rethinking Beauty Politics in Neoliberalism, editado por Ana Sofia Elias, Rosalind Gill y Christina Scharff, en el que proponen desgranar los procesos de construcción de los cuerpos de las mujeres –físicos e ideológicos- en la actualidad.

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En la introducción, Susie Orbach, destaca cómo el cuerpo es un constructo histórico cuya performativización se pacta ideológica y simbólicamente respecto al factor clase y género; respecto a la identidad geográfica; y respecto al clima económico y aspiracional de un contexto determinado. De este modo, el libro propone un análisis crítico y feminista de la cultura del consumo como un lugar pautado por el proyecto económico y cultural del neoliberalismo, que se convierte en un escenario desde el institucionalizar agencias y autodeterminaciones femeninas. Bajo consignas comerciales que instruyen a las mujeres sobre cómo vivir una vida plena y saludable, que enfatizan la idea de que el bienestar con el propio cuerpo es la clave del éxito social, y que asocian bienestar con la disciplina y la auto-exigencia, se trazan unos mensajes auténticamente perniciosos para las mujeres, pero racionalizados como necesarios, para lograr la idea del éxito del paradigma neoliberal: ser dueñas de nuestras propias biografías. Entonces, “aesthetic labor” o el trabajo estético, se convierte en un imperativo. Se convierte en una empresa personal que precisa de sus técnicas y rutinas, pautada y pactadas por la cultura del consumo. Un trabajo mediante el que no sólo se adquieren habilidades, sino mediante el que también se sientan las bases del bienestar, la seguridad y la confianza con una misma. Así, el trabajo estético coloniza el cuerpo de las mujeres e interviene en los procesos de subjetivización y agencia de las mujeres.

En concreto, el artículo que nos ocupa “Lood Good, Feel Good: Sexiness and Sexual Pleasure in Neoliberalism”, analiza como la industria del asesoramiento sexual, interviene en los procesos de construcción de la identidad sexual femenina. Rachel Wood bebe del concepto de Rosalind Gill “Subjetivización sexual”, y de las “Tecnologías del yo” de Michel Foucault, para explicar cómo mediante artículos y reportajes escritos en todo confidente, las mujeres no solamente educan sus cuerpos para conseguir una agencia sexual institucionalizada –masculina y heternonormativa-, sino también su psicología sexual. En concreto, la autora pone el acento en el proceso de  “mental makeover”, o lo que vendría a ser una suerte de cambio mental, por el que las mujeres, bajo el imperativo de la cultura del consumo, moldean sus cuerpos y su bienestar sexual.

La autora observa como tras la mascarada de la libre elección –la nueva racionalización del neoliberalismo-, las mujeres pactan una performativización de sus cuerpos con la esperanza de cumplir con las exigencias de una identidad sexual aprobada y celebrada por una mirada masculina omnisciente que es la que todo lo regula. Así, ser sexy o sentirse sexy implica mucha tecnología, exigencia y disciplina.

Vestirse apropiadamente para la ocasión; rasurarse o teñirse el pubis según la última moda; arquear suficientemente la espalda en el momento del orgasmo para denotar placer máximo; aprender y ejecutar posturas sexuales que enfaticen las curvas del cuerpo de un momo apropiado; practicar sexo a primera hora de la mañana que es cuando el vientre está más plano; relacionar la idea de que un día con sexo es un buen día, lleno de optimismo y bienestar.

Ante tanta norma, siempre espectacularizada por representaciones glamurosas o joviales de lo sexual, no son pocas las frustraciones y la presión social a la que las mujeres son sometidas. Wood, por ejemplo, subraya lo que para ella deviene la gran contradicción de las mujeres: ¿cómo puede una mujer, que es exigida y que se auto-exige dedicarse al trabajo estético de una forma continuada para disfrutar del sexo, que se prepara a conciencia para ello, no perder la seguridad en si misma durante el acto sexual? ¿Cómo puede esta mujer no tener miedo a lo largo del acto sexual, de que algunos de los dispositivos físicos o tecnologías psíquicas le falle en el último momento? ¿Cómo no  puede sentirse absolutamente responsable de que el acto sexual sea un éxito?

Gracias a esta disciplina tan brutal y neoliberal a la que las mujeres son sometidas, enmascarada siempre en mensajes y representaciones que hablan de bienestar y superación, se abona un terreno en el que el postfeminismo no es cuestionado. Un terreno en el que la contradicción, la auto-exigencia, la auto-presión, son eventualidades que una debe asumir puesto que son inherentes al ejercicio de la libre elección. Un terreno en el que conseguir con éxito amoldarse a las consignas o normativas institucionalizadas, se premia con un sentimiento de inclusión social que nos autoriza a un acceso y participación social pleno y aprobado por la mirada masculina y heternormativa. Eso sí, nunca sin cuestionar que hemos sido excluidas, y ahora conducidas, perdonadas o moldeadas por esta masculinidad y heteronormatividad precisamente.

Justo al final del articulo, la autora enciende una problemática que daría lugar a un debate a resolver en otro espacio quizá. No obstante, es interesante apuntarlo puesto que, como quién lee, nos obliga a pensar la relación que tenemos con la ideología.

La autora apunta que, a veces, la masturbación supone un espacio liberador para las mujeres puesto que en su intimidad no se ven sujetas a tanta tecnología y presión estética y psicológica. No obstante, también parece querer apoderar a las mujeres que, de un modo no necesariamente conscientemente, frustran o boicotean su propia experiencia sexual. Basándose en De Certeau, que entiende las prácticas cotidianas como  espacios de negociación y contradicción constantes, en la que usamos tácticas transversales para sobrevivir o subvertir a las estructuras,  la autora interpreta que el auto-boicoteo puede entenderse como un ejercicio de resistencia. Y aquí las dudas: ¿No será, tal como apunta Angela McRobbie a quien la misma autora cita, que la necesidad de celebrar el flaqueo como práctica resistente es un ejercicio autocomplaciente y apaciguador frente a un imperialismo cultural neoliberal que mina constantemente el empoderamiento feminista? ¿No será que necesitamos de esta celebración como un subterfugio para fortalecernos psicológicamente, y así disculpar el hecho de no ser lo suficientemente disciplinadas para merecer tanta exclusión social? ¿No es todo esto la máxima expresión del proyecto cultural del neoliberalismo que, de un modo perverso, culpabiliza siempre la debilidad a fuerza de exigirnos exigentes? ¿O es que a lo mejor leemos de un modo demasiado determinista….?

Elias, S; Gill, R;Scharff, Ch (ed) Aesthetic Lavour. Rethinking Beatuy Politics in Neoliberalism. London: Palgrave Macmillan, 2017

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