Los casos de Victoria: del postfeminismo a la postmisoginia

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Lo lamento. No recuerdo exactamente dónde leí que “Los casos de Victoria” de Justine Triet venía a ser un film a lo “Bridget Jones”, pero a la europea. Luego vi el tráiler y me pareció que, efectivamente, la película parecía ser una comedia postfeminista al uso, dónde una heroína contemporánea –madre soltera, trabajadora, que bebe y usa su cuerpo a voluntad- resuelve la deriva de su vida personal y laboral. Una comedia pensada para recordarnos que la promesa de la libre elección al final no es más que una estrategia ideológica para que las mujeres sean reasignadas, una y otra vez, al orden androcéntrico. Sí, la expectativa postfeminista estaba ahí.

Así que, sabiendo que iba a ver lo que iba a ver, fui al cine con ganas de descubrir la reinvención europea de esta Bridget Jones bautizada con un nombre tan sugerente como el de Victoria. Ganas a las que sumé que estuvo nominada a cinco categorías de los premios César de 2017, y que ciertas críticas la han reverenciado por saber jugar con las reglas del screwball con el tono ácido del mejor Howard Hawks o Woody Allen. Expectación a la que añadí que se trata de un film escrito y dirigido por una mujer, joven promesa del cine europeo que, según leí de refilón, logra graduarse con honores con esta producción. Un éxito total en las taquillas de Francia.

Así que, sí. Tenia ganas de pasar un buen rato. El postfeminismo tiene eso: la capacidad de trazar un discurso sexista sin que tú te des apenas cuenta y que, encima, te diverta. Y también cabía la posibilidad de que mi recelo previo quedara totalmente desautorizado y me encontrara con una película excepcional que supiera darle la vuelta a la sombra de Bridget Jones y Carrie Bradshow. Encontrarme con una comedia certera y crítica con el contexto ideológico y no, como siempre, con la capacidad de las mujeres a adaptarse a él. Pero lo que me encontré fue peor. Mucho peor.

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En ningún caso me voy a reír del sentido del humor de nadie. Cada una que ría como pueda y sepa. Lo terrible no fue no conectar con el género. Tampoco el desencuentro con la narración. Recordemos que la promesa postfeminista estaba ahí: la propuesta de heroínas que creen que es su libertad de acción lo que las conduce al cuento de hadas voluntariamente; el construir mujeres fuertes y autónomas en lo laboral pero muy torpes en lo emocional; el desautorizar y despreciar el feminismo como cambio social “gracias a que mi asombrosa capacidad de elección me permite liderar a la perfección mi propia biografía. No le debo nada a nadie”. Todo ello estaba ahí antes de ver el film. Y lo ‘placentero’ hubiera sido constatar y reconocer el manual postfeminista en el film.

El desencuentro tuvo que ver con la dosis de ironía. La ironía, que tanto caracteriza los procesos de construcción y consumo postfeministas, sin la cual sería imposible la propuesta de una feminidad autónoma y liberada totalmente descontextualizada, basada en el individualismo y carente de un proceso de autoconsciencia. En lugar de esto, me encontré de bruces con un cinismo costoso de digerir. Un cinismo que va más allá de la renuncia al feminismo como plataforma de liberación y autonomía femenina: lo aniquila.

Victoria es una abogada de éxito, madre soltera de dos niñas. Se sirve de amantes jóvenes para que las cuiden. No tiene reparo en concertar sus encuentros sexuales en casa, mientras las niñas están con el canguro, en un piso y una habitación hiperdesordenados pues, ¿quién tiene tiempo para ello? Su ex-marido la acosa, y utiliza su vida para escribir una neo-ficción basada en ella en la que la difama y airea sus secretos más íntimos. O sea, una heroína capaz, pero a la que la vida trata mal. Para más inri, decide defender a su amigo, un vividor que salta de mujer en mujer, al que su última pareja lo acusa de querer clavarle un cuchillo en una boda. Cómo único testigo, un perro.

Comedia y heroína están servidas. Y bajo ellas, un relato violento y trágico. Sabíamos que el postfeminismo tiene la habilidad de enmascarar el neomachismo. Pero lo que aquí se enmascara es misoginia.

Victoria

Victoria no es feliz con su vida. Más allá de su socia pizpireta, y más allá de la relación romántica que mantendrá con un jovencísimo ex-cliente ex-narcotraficante al que acogerá en su casa, Victoria no tiene a nadie. No sabe cómo retomar las riendas de su vida. Y en sus momentos de desesperación, las visitas al psicoterapeuta y a una vidente se convierten en su único puntal.

Hasta aquí, un enredo. Lo grave es el discurso que reconducirá al orden todo este tinglado emocional y laboral. En su empeño en defender al amigo acusado de maltrato, es interpelada por la novia en cuya boda se perpetra el intento de asesinato. En un mar de lágrimas, le reprocha el porqué de su decisión. ¿Cómo puede defender a alguien que le ha arruinado la boda, a un mujeriego inestable y machista que seguro es culpable? Victoria, nerviosa, que le recuerda lo ilegal del encuentro –como abogada no puede hablar con testigos de la contraparte-, le espeta: “Machismo es suponer a todas las mujeres víctimas”. Ahí el primer golpe al feminismo. La aprobación y naturalización de la misoginia sociocultural latente al orden social en boca de una mujer. Precisamente para desautorizar la ‘conspiranoia’ de las mujeres que, gracias al feminismo, creemos y defendemos sin razón ni justificación ninguna que las mujeres somos ‘las víctimas’ de los hombres y del sistema. Una bomba neomachista y misógina en boca de una mujer que suscribe el nuevo ‘sentir común’ basado en la libre elección: hoy, ya somos iguales en hechos, en logros y delante de la ley.

Me permitirán que no cuente aquí todo lo que sucede después –inhabilitación y derrumbe de Victoria; la puesta en escena del héroe romántico; situaciones inverosímiles para dar con la foto hecha por un mono, clave del intento de asesinato; ingesta descontrolada de pastillas; etc.-, sino que me centre en el colofón: cómo Victoria descubre y pone en evidencia, a modo de lección universal, que su amigo es inocente y que, efectivamente, la amante está loca y mintió. Bueno, no es así exactamente, puesto que solamente se descubre que la amante mintió al afirmar que él le quitó las bragas con violencia, hecho imposible pues no llevaba. Pero de si fue ella misma quien se clavó el cuchillo, nada se resuelve. El caso es que Victoria sale victoriosa de su deriva mediante un juicio caótico encabezado por tres juezas amenazantes, en el que ella está medio drogada, y en el que va descubriendo su salvación al darse cuenta de que está enamorada de su joven amante. Todo ello, mientras desenmascara la falsa denuncia de una mujer por intento de asesinato. Sí, todo muy redundante. Y muy, muy peligroso.

Jurado Victoria

Escribir la victoria y salvación de una mujer mientras damos una lección de cómo el feminismo es una trampa y posibilita la traición de las mujeres al orden legal, es un espectacular ejercicio de misoginia. Escribir la victoria de la soledad de Victoria, menospreciando la red femenina, la sororidad y el feminismo, redunda en el hecho de que la mujer no necesita apoyo para superar las desigualdades estructurales, sino que todo es anecdótico, coyuntural y privado. No sólo por que pone en cuestión al feminismo y a las políticas de igualdad de las que las mujeres ‘gozamos’ gracias a éste, sino porque supone una desautorización de la voz de las mujeres. No hay nada más significativo que utilizar el mito de las falsas denuncias (en España no llegan ni a 1%) a la hora de hacer evidente la idea de que dar poder, voz y autoridad a las mujeres por el simple hecho de ser mujeres es una majadería. Un despropósito universal.

La alerta máxima es evidenciar que el film no propone ningún tipo de denuncia. La realizadora solamente se propone escribir una comedia, nada más. Una comedia en la que no se ríe con las mujeres, sino que se ríe de las mujeres. Una comedia que se ríe –ni siquiera rechaza o cuestiona- violentamente del feminismo y su supuesto credo o manual. Un postfeminismo sobreactuado y pasado de vueltas ejecutado desde una mirada altiva y clasista. Una mirada de superioridad hacia las mujeres y el sentimiento de desprotección que conllevan las desigualdades estructurales. Al más puro estilo misógino.

 

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