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Representación, Ideología y Recepción en la Cultura Audiovisual

Más allá del control social: «Psycho Pass», un anime casi neobarroco

Tokyo. Año 2113. La ciudad y el país entero se hallan bajo la supervisión de una sofisticada inteligencia artificial, Sybil. Los ciudadanos van a ser controlados desde su nacimiento por este sistema cuya principal misión es la de someter a las personas a escáneres psicosomáticos que detectarán el coeficiente de criminalidad de cada individuo y la probabilidad de cometer actos violentos. Esta baremación y estos escáneres tendrán un nombre: psycho-pass. Y, como no podía ser de otro modo, las posibles actividades violentas serán combatidas por la División de la Oficina de Seguridad Pública e Investigación Criminal distribuida en unidades compuestas por los inspectores al mando de cada una de ellas y los ejecutores cuya característica es la de tener un alto coeficiente/pensamiento criminal, que ponen al servicio de los distintos casos a los que deben enfrentarse, siempre siguiendo las indicaciones de un arma, el dominator, ligada a la base de datos de Sybil.

Este es el escenario que se desarrolla en la historia inicial de  Psycho-Pass que comenzó su andadura en 2012 con una magistral primera temporada de 22 episodios firmada por Gen Urobuchi , creador de uno de los animes esenciales de las últimas décadas, Puella Magi Madoka Magika al que acompañaran en la dirección Naoyoshi Shiotani, Katsuyuki Motohoro y Kiyotaka Suzuki. Contrariamente a la trayectoria habitual de conversión de un manga en anime, el éxito de Psycho-Pass propició en el mismo año de su emisión, la aparición de una colección de mangas firmada por Hikaru Miyoshi que seguirán el argumento de la primera entrega y tendrán como protagonistas a dos de los personajes de la serie: la inspectora Akane Tsunamori y al ejecutor Shinya Kogami. En 2013 se lanza una más que desigual y poco interesante segunda temporada firmada por Tow Ubukata —conocido, entre otras obras, por la trilogía de Mardock Scramble— a la que seguirá, finalmente y ya en 2016, el lanzamiento de Psycho-Pass, la película que intentará recuperar a algunos de los personajes y las situaciones diseñadas por Urobuchi. Y debemos poner el finalmente entre paréntesis ya que hace tan solo unos meses se anunciaba  una tercera temporada totalmente renovada cuya emisión está prevista para octubre de 2019 aunque todavía no se tengan más noticias sobre ella, solo que con toda probabilidad podremos verla en Netflix.

Los personajes de la primera temporada. De izquierda a derecha: Karanomori, Kagari, Kunikuza, Kogami, Tsunemori, Ginoza y Masaoka

De los párrafos introductorios podemos desprender ya una primera valoración que no es otra que la constatación de que el éxito de la serie reside en la construcción del argumento y los personajes de la primera temporada a la que no es ajena la trayectoria de sus creadores quienes desplegarán un sustrato filosófico-científico que atravesará toda la serie, así como una magistral puesta en escena que la convertirá en un anime casi neobarroco, incluso un intento de anime mind game en un nivel muy inicial. Y es que la premisa de Psycho-Pass nos remite directamente a la existencia de una unidad precrimen seguidora, teóricamente, del planteamiento de Philip K. Dick en Minority Report; igualmente nos remite a la consolidación de un estado regido por la vigilancia de una inteligencia artificial omnipresente y omnipotente. Pero esto es reducir enormemente la complejidad de la primera temporada de la serie que irá matizando todos y cada uno de los elementos mencionados en el resumen argumental y que ahora retomamos.

Hemos situado la acción en Tokyo cuyos ciudadanos, como el resto de la nación, son controlados por Sybil, una inteligencia artificial que diseccionará a la población de acuerdo con su coeficiente criminal. Un coeficiente que, de manera lógica, va a suponer un incremento de la seguridad frente a la libertad individual —un tema que no es novedoso en este tipo de narraciones— pero que servirá para etiquetar a la población de acuerdo con sus supuestas capacidades. Así, el coeficiente criminal implicará una predeterminación de la vida de las personas: qué trabajo realizarán o no, qué relaciones sentimentales pueden tener o no y así sucesivamente. De este modo, un sistema inteligente dirigirá la vida de los ciudadanos en una traslación —como sugiere uno de los personajes de la serie, el psicólogo Jouji Saiga— de la idea de la burocracia relacionada con la concepción del estado propuesta por Max Weber en la que se da una división prefijada y «racional» desde el punto de vista organizativo de quién debe realizar cada una de las tareas por el bien de la estructura en el poder. Un planteamiento que implica en  Psycho Pass una reflexión política y sociológica crítica respecto no solo a la incidencia de las tecnologías en la vida cotidiana sino también al enorme proceso de selección competitiva-caníbal que se da en la sociedad nipona. Una crítica que se plasmará en los primeros episodios de la temporada —y alguno de la segunda— donde apreciamos que el aumento del coeficiente criminal va a ir ligado a situaciones de mobbing laboral, violencia de género o de avatarización en las redes sociales como manera de escape a  través de la figura de los ídolos extraordinariamente arraigados en la cultura otaku. En todos los casos, el sistema eliminará a los supuestos criminales, no a las condiciones del entorno. Una premisa más que interesante que constituirá un debate moral al que deberán enfrentarse los personajes  de la unidad 1 y que justificará la aparición del «villano» de la primera temporada.

Akane Tsunemori se incorporará a la unidad 1 en la primera temporada

Como hemos esbozado en la premisa inicial de la serie, a la unidad 1 de la División de la Oficina de Seguridad Pública llegará la joven Akane Tsunamori cuyo índice de criminalidad tan absolutamente positivo la hace merecedora de cualquier puesto de trabajo oficial. Akane elegirá convertirse en inspectora para poder ayudar a la seguridad de su ciudad. La recién llegada va a chocar frontalmente con el inspector Nobuchika Ginoza seguidor incondicional de las instrucciones de Sybil quien no compartirá los debates morales de Akane ante los constantes decretos de muerte para los hipotéticos criminales y negarles, en cierto modo, la posibilidad de redención o de integración social. Una cierta rebeldía hacia el corsé impuesto por Sybil y una manera de enfocar el trabajo policial que será compartido por los ejecutores de la unidad: Yayoi Kunikuza, antigua cantante de rock decepcionada ante la violencia iniciada por sus compañeros de grupo; Shusei Kagari, el casi pandillero seguidor acérrimo de Sybil ; Tomomi Masaoka, antiguo inspector que sigue considerando que el trabajo policial debe respetar un cierto clasicismo basado en la intuición, no en las bases de datos y, finalmente, el rebelde y autónomo Shinya Kogami, inspector degradado a ejecutor que es capaz de ponerse en la mente del criminal como corresponde a un buen mindhunter, todavía más cuando el criminal tiene relación con su pasado. Todos ellos tendrán que enfrentarse a la amenaza que supone para Sybil una anomalía del sistema, el indetectable criminal asintomático Shogo Makishima. Una amenaza que va más allá de la comisión de crímenes ya que Makishima planteará una rebelión antisistema en toda regla.

Joshu Kasei será la cara visible de Sibyl

La aparición real de Makishima como agresor en el episodio quinto va romper la estructura de la serie en la que asistimos a historias más o menos procedimentales. Así, la unidad 1 y de manera especial Kogami va a emprender un sórdido viaje por arquitecturas absolutamente distópicas y subterráneas en las que contemplaremos el poder de persuasión de Makishima en su plan de destrucción del sistema Sybil. El potentado —y reconocido cyborg— Senguji va a practicar su deporte favorito, la caza humana, con Kogami, Makishima sacará a la luz los instintos criminales de la estudiante Rikako Oryo quien emulará los cuadros de su padre, y orquestará una revuelta popular repartiendo unos cascos que cambiarán la configuracion del psycho pass de los ciudadanos. Un planteamiento, pues, que va más allá de la presentación de un futuro distópico y que convierte a la serie en una reflexión crítica acerca de la manipulación en aras de una hipotética seguridad señalando las brechas posibles de este tipo de sistemas e insistiendo en la facilidad de conversión de los humanos en bestias. Para ello solo es necesario una pequeña ayuda, en este caso la de un mastermind llamado Makishima. Un mastermind al que el sistema intentará integrar sin éxito, como también intentará hacerlo con Kogami y Akane con suertes muy distintas y con resultados personales absolutamente divergentes. Todos ellos conocerán en un momento determinado la realidad de Sybil y optarán por combatirlo o enfrentarse a él cada uno a su manera: Akane desde dentro defendiendo la idea de «persona» frente a una codificación numérica, Kogami asumiendo en cierto modo los postulados de Makishima.

Makishima y Kogami resultarán ser dos caras de la misma moneda

Porque el acierto de Psycho Pass se encuentra en la configuración del personaje de Makishima y sus relaciones con los personajes principales de la serie. Makishima es un personaje  culto cuyas lecturas y parlamentos científico-filosóficos ofrecen las claves de lectura de la primera temporada y del sentido de la serie. Frente a la consideración burocrática de raíz weberiana de la sociedad a la que nos hemos referido anteriormente con unos ciertos matices de positividad de cara a un sistema de control de la ciudadanía, Makishima —y también Kogami y algunos miembros de la unidad— considerará a Sybil como la perfecta muestra del panopticon de Foucault donde no solo uno controla al resto de la sociedad anulando su libertad de elección sino también propiciando su aislamiento. Así, a lo largo de la temporada, nos enteramos de que Japón se ha aislado política y económicamente del resto del mundo y de que Sybil quiere exportar su modelo social como forma de colonización no democrática y de ingerencia en regímenes políticos, algo que veremos en la película donde se dan incluso suplantaciones de mandatarios por parte del sistema inteligente y en el que se menciona explícitamente los textos de Frantz Fanon, inspirador de los movimientos de liberación argelinos  frente a la dominación francesa. A Foucault se unirán como lecturas de cabecera de Makishima los textos de Descartes y, de manera especial, de obras literarias esenciales para la serie: Los viajes de Gulliver de Swift en su pasaje relacionado con la construcción de cerebros de distintas personas para conseguir finalizar con las discrepancias y desavenencias de las personas; las obras de Philip K. Dick y, finalmente, Heart of Darkness de Joseph Conrad como texto en el que se reflexiona acerca de la relación entre el colonialismo, el imperialismo y la locura así como de la creación de un ser omnipotente pero fantasmagórico y castrador en una clara identificación entre Sybil y el Dr. Kurtz. Toda una declaración de intenciones que muestra la complejidad del discurso de Psycho Pass.

Un discurso que se rompe en la segunda temporada que también anula el interés por los nuevos personajes que se incorporan a la unidad 1 y que se intentará retomar en la película situada temporalmente en 2116, protagonizada de manera exclusiva por Kogami y Akane y, de manera simbólica, por Makishima. Esperemos que la tercera temporada anunciada recientemente recupere el espiritu crítico de la primera entrega. Un espíritu crítico que, realmente, da que pensar y que constata la extrema imbricación del anime en la contemporaneidad.

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