Representación, Ideología y Recepción en la Cultura Audiovisual

Netflix estrena una nueva adaptación de Drácula (2020)

Mark Gatiss y Steven Moffat atacan de nuevo. Después del éxito de su adaptación de Sherlock con Benedict Cumberbatch a la cabeza, estos dos creadores británicos lo han vuelto a hacer y se han lanzado con una nueva adaptación de uno de los clásicos más clásicos para la pequeña pantalla; Drácula se estrenó en Netflix y la BBC One el pasado 1 de enero. A lo largo de tres episodios, un formato ya típico en las series de televisión inglesas de este estilo, Gatiss y Moffat adaptan, retuercen, validan y discuten a partes iguales el mito del conde Drácula que popularizó el escritor irlandés Bram Stoker con su novela homónima.

Con Claes Bang en el papel del conde Drácula, que ya sea dicho de paso nada tiene que envidiar a otros actores históricos como Bela Lugosi, Christopher Lee o Gary Oldman, la serie ha abierto nuevamente la caja de los truenos. Con un mito tan manido por el imaginario popular y la industria cultural del siglo XX y XXI, ¿qué puede aportar esta nueva miniserie a la tradición ya existente? Para la crítica y los espectadores no existe consenso a todos los niveles, pero quizás una de las apreciaciones más repetidas sea el interés que despiertan el primer y segundo capítulo y, en menor medida, el último capítulo, especialmente el final de la primera temporada. Veamos los aspectos más interesante capítulo a capítulo. 

El primer episodio se desarrolla en Transilvania. Para este Drácula la sangre no es vida, son vidas. Cuando bebe la sangre de sus víctimas, no sólo adquiere su juventud, también adquiere sus recuerdos, sus habilidades o dones, su capacidad lingüística… En esta versión, Gatiss y Moffat explícitamente desarrollan esta característica sobrenatural del vampiro que quizás otras versiones televisivas y cinematográficas pasan más por alto – de hecho en varias ocasiones se discute abiertamente este tema en la serie -. Es poscolonialismo en estado puro. En numerosas adaptaciones del mito vampírico, Drácula actúa como fuerza colonial inversa. Numerosos críticos de hecho han argumentado que el miedo a Drácula no se debe exclusivamente a la amenaza física que plantea, sino al miedo a convertirse en vampiro y al caos que provoca en sociedades occidentales, autodenominadas desarrolladas. Por esta razón, Drácula ejemplifica el “Otro” gótico que invade y rompe el status quo. Su ubicación exótica, título, estilo y modales son representativos tanto del género gótico como de la alienación que padece Gran Bretaña en un contexto colonial en decadencia. Es, en esencia, lo que ya ha sido Drácula en la novela de Stoker o en numerosas adaptaciones cinematográficas y televisivas, pero en esta nueva adaptación este tema es desarrollado argumental y estéticamente con una claridad meridiana para todos los públicos. Somos lo que comemos, dice el conde en no pocas ocasiones.

Otro acierto en el primer episodio reside en la elección del personaje que encarna al némisis del conde; Ágata Van Helsing. Interpretado en esta ocasión por una monja, lo que resulta muy acertado. Recordemos que, si bien puede parecer una elección muy arriesgada, realmente la fuente de conocimiento por antonomasia en la Edad Media son los monasterios. Instituciones, ricas y poderosas, fueron importantes centros de aprendizaje y conservación de textos antiguos, dando lugar a la creación de las primeras universidades. No es de extrañar por tanto que una monja erudita sea la más apropiada para estudiar un fenómeno como el vampirismo. Además, el cinismo con el que Dolly Wells interpreta este personaje no sólo empodera a Van Helsing, sino que también deja espacio para guiños anticlericales nada desdeñables. Por ejemplo, define su matrimonio con dios como cualquier otro matrimonio, falta de afecto con el paso de los años.

El segundo capítulo es quizás uno de mis favoritos. Entre otros motivos porque desarrolla uno de los episodios menos visualmente explotados por el cine y la televisión; la travesía en barco hasta Inglaterra a bordo del Demeter. Si bien Bram Stoker dedica varias páginas a este viaje en su novela, pocos son los directores y guionistas que han prestado atención y detalle a esta travesía. Tras un día en alta mar, Drácula comienza a matar a pasajeros y tripulación, adquiriendo sus recuerdos y sus rasgos. Para Gatiss y Moffat, Drácula selecciona cuidadosamente a sus compañeros de viaje (y su alimento) en el Demeter, para preparar por todo lo alto su entrada en la alta sociedad inglesa. El final de este episodio no dejará a nadie frío desde luego. 

Tras el impacto que produce el final del segundo episodio. Drácula, como ser inmortal que es, logra sobrevivir a la travesía. Su supervivencia, por el contexto en el que se produce, resulta irrisoria por momentos. Sin embargo, es en este episodio en el que crítica y público no vamos a alcanzar un claro consenso. Pero para gustos, colores. No desvelaré más datos para evitar spoilers, solo puedo decir… ¡abogados! 

Por todos estos motivos, además del elenco de actores y actrices, la fotografía, el sentido del humor y el cinismo que se desprende del guión y la interpretación tan equilibrada que ejecuta Claes Bang, Drácula (Netflix, 2020) es francamente recomendable. 

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