Representación, Ideología y Recepción en la Cultura Audiovisual

¿Tenía que ser él? Reacciones contrapuestas

Documentándome sobre la película ¿Tenía que ser él? y teniendo en cuenta las opiniones de expertos, me llama mucho la atención la acogida tan distinta que ha tenido según qué críticos. En el mismo ámbito estadounidense, podemos ver posturas encontradas. Por una parte, muchos comentarios de la película -que está calificada como «R» (para mayores de 17 años)- se centran en lo soez que es, en el humor innecesariamente escatológico y de referencias (e imágenes) sexuales, así como basado en un vocabulario excesivamente lleno de palabras malsonantes (es cierto que si se eliminaran los tacos de los diálogos del protagonista, su guión quedaría prácticamente desierto;  por cierto, no queda nada bien la traducción del término «fuck» por «hostia» -palabra sagrada en el contexto religioso- cuando existe el equivalente mucho más preciso por ser del mismo campo semántico y connotaciones sexuales del usado en la lengua de origen, que es «joder»). En cambio, en otras reseñas (por cierto escritas en español, en el caso que voy a citar), podemos leer titulares como «¿Por qué él? Una comedia familiar ideal para la Navidad» y, en contraste con las reacciones de vergüenza o malestar suscitadas por las palabras e imágenes de la película que destacan las críticas contrarias a la película antes citadas, en el subtítulo de una de las positivas se puede leer que ésta «resulta extrañamente reconfortante».

Reacciones diversas, incluso contrapuestas… como la vida misma. Yo puedo decir que me reí viéndola. No podemos buscar una profundidad filosófica en lo que parece una vuelta de tuerca más de películas ya conocidas en las que se repite la fórmula del primer encuentro entre uno de los miembros de la pareja formalizada y los padres del otro, como Meet the Parents o Meet the Fockers (no en vano, John Hamburg, director y coescritor de ¿Tenía quie ser él?, también participó en la creación de las anteriores). Pero si de lo que se trata es de echar un buen rato de risas, esta película se deja ver (eso sí, mejor sin peques delante).

A pesar de que gran parte de los gags de humor son esperables (como el que reviente, al final, el tanque de orina en que está inmerso un arce americano que adorna el salón del protagonista), y de los estereotipados personajes (el amantísimo padre conservador para el que ningún pretendiente de su hijita sería nunca lo suficientemente adecuado, y el potencial yerno desastre y contrapuesto en todo lo posible a la familia de origen de la «damisela»), podría decirse, incluso, que la peli tiene su profundidad en lo que a transmisión de mensaje se refiere, e incluso los personajes llegan a tener una cierta humanidad a pesar de lo disparatados que puedan parecer (Stephanie, la hija de Ned Fleming -representado por Bryan Cranston-, llega a decir que los quiere a los dos porque, aunque son tan distintos, los dos son igual de auténticos). Así, pues, esta película muestra el contraste que supone para generaciones anteriores a la nuestra (me estoy incluyendo descaradamente en la de los más jóvenes) las novedades que conlleva la nueva era digital y tecnológica. Y es que los Fleming dependen para su subsistencia del papel (tienen una imprenta decadente en Michigan), mientras que Laird (James Franco), el novio hipster y billonario de su primogénita -diez años mayor que ella- no sólo es un crack de Silicon Valley, sino que su opulenta (pero modernísima) mansión se califica como «paperfree». Precisamente esta característica, centrada en lo escatológico, llega a uno de sus puntos culmen en la escena en que el progenitor protagonista no sabe como rematar su faena intestinal sin el clásico rollo de papel higiénico, sentado en un trono tan sumamente moderno, que depende de distintos mandos para dejar reluciente el área de salida del desecho corporal. No doy más detalles para no reventar la sorpresa a quienes deseen reírse con ello (aunque os podéis hacer una idea).

Situaciones de este estilo se repiten y dan lugar a la risa fácil. Por citar algunos detalles diré, por ejemplo, que el joven billonario, en su deseo de agradar a su potencial familia política, se la tatúa en la espalda; con el mismo fin, prepara una sala de bolos a Ned con pinturas a tamaño gigante de su postura de celebración de tantos; Ned acepta ser servido una hamburguesa especial que, para su sorpresa, es introducida repentinamente y de un jeringazo en su boca (todo tan moderno…); Laird es atacado de forma inesperada constantemente por su ayudante, Gustav (Keegan-Michael Key) como entrenamiento de defensa propia; una intrusiva versión de «Siri» con la voz de Kaley Cuoco interviene en los momentos más inesperados… Y así podríamos seguir desvelando momentos graciosos hasta no dejar hueco a la sorpresa y por tanto a la risa de quienes aún no la hayáis visto, así que terminamos aquí esta enumeración.

Otro aspecto a destacar: la presencia de los cameos de Adam DeVine (de Mike and Dave Need Wedding Dates), de Andrew Rannells (Elijah en Girls), de Elon Musk (una de las personas más ricas y poderosas del mundo actualmente, co-fundador, por ejemplo, de PayPal y Tesla Motors), y de los Kiss (con todo lo pintoresca que puede llegar a resultar su presencia, sí -especialmente si tenemos en cuenta que terminan cantando villancicos tradicionales).

Una objeción: el papel tan secundario que parece tener la que podía ser co-protagonista de la película, Stephanie, que apenas pinta nada en medio de las tiranteces de su padre y su novio. Pero, al final, vemos cómo estos se dan cuenta de que ése es precisamente el gran error que comparten, y lo hacen lo suficientemente a tiempo como para que ella pueda seguir queriéndolos tanto como antes y, además, como para que ellos consigan no sólo aceptarse, sino también ayudarse mutuamente. Y así llega el esperado final feliz, con el triunfo del amor (como a mí me gusta: para desenlaces tristes y el predominio del odio, ya tenemos bastantes ejemplos en la vida real).

 

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