Sally Hawkins, la sensibilidad de una pequeña gran actriz

Imagen de "Maudie"

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No se sabe muy bien porqué pero parece que la industria cinematográfica se empeña en colocar a actores y actrices de más que reconocida valía y con una carrera  enorme  a sus espaldas en un eterno segundo plano. Muchos de ellos han protagonizado los posts que dedicamos a estos secundarios/as imprescindibles, y otros ya se encuentran anotados en nuestras listas para hacerles nuestro particular homenaje. Pero hoy nuestro reconocimiento es especial, porque Sally Hawkins, esta pequeña gran actriz de 1,57 de estatura, también  lo es por muchos motivos.

La británica Sally Cecilia Hawkins nace en 1976 y se gradua en arte dramático en la Royal Academy of Dramatic Art (RADA). Ni que decir tiene que sus inicios en la interpretación van a ir ligados al mundo del teatro en el que se prresentará en 1998 con Muerte Accidental de un anarquista de Darío Fo, autor al que seguirá un amplio repertorio que incluye a autores como David Hare, Anton Chejov, William Shakespeare o Federico García Lorca, en este último caso con el papel de Adela en  The House of Bernarda Alba adaptada por David Hare  y dirigida por Howard Davies en 2005 en el Royal National Theatre.

Sally Hawkins vuelve a sus orígenes teatrales en «The Hollow Crown» (Henry VI, Part 1)

Hawkins combinará el trabajo teatral con el radiofónico con producciones como Concrete Cow, War of the Newts, Cash Cow y The Party Line e iniciará su carrera cinematográfica en 2002 con Mike Leigh quien le ofreció un papel secundario en la película All or Nothing donde se narraban las historias personales de una familia desestructurada. Desde este momento, Sally ha pertenecido a esa constelación de estrellas a las que nos referíamos al principio de este post con intervenciones en films como Vera Drake (2004), Cassandra’s Dream (2007), An Education (2009), Never let me go (2010), Made in Dagenham (2010), Submarine (2011), Godzilla (2014) o Paddington (2014). Y también en series de televisión como Little Britain (2003-2005), la TV movie Persuasion (2007) —esta vez como protagonista gracias a la novela de Jane Austen— y The Hollow Crown (2016). A este último apartado hemos de unir la fallida serie How and Why propuesta por Charlie Kaufman a FX en 2014 que ni siquiera tuvo la oportunidad de rodar su episodio piloto.

La adscripción de Sally Hawkins a la RADA, y por tanto, a la más importante institución académica dedicada a la interpretación en Europa, no es baladí en la carrera de la actriz ya que a la más que perfecta construcción textual de sus interpretaciones va a unirse un proceso de interiorización extremo de sus papeles. Una construcción de los personajes que va a alejarse de cualquier estridencia aunque estos puedan llegar a ser absolutamente extravagantes —con el riesgo de caída en el histrionismo más extremo— o marginales —con el riesgo de caer exclusivamente en la construcción externa de los mismos. De hecho, estas dos tipologías que hemos esbozado más que rápidamente van a ser los que proporcionarán a Hawkins un reconocimiento público de su trabajo. Y por eso queremos hablar de tres de ellos.

Como Rita O'Grady en la película basada en hecho reales Made in Dagenham

Como Rita O’Grady en la película basada en hecho reales Made in Dagenham

El primero es su papel como Paulina «Poppy» Cross en Happy-Go-Lucky dirigida por Mike Leigh en 2008 en la que da vida a una optismista y extrovertida maestra y en la que asistimos a sus actividades diarias plagadas de situaciones aparentemente cómicas: el robo de su bicicleta, su decisión de sacarse el carnet de conducir y sus polémicas con un profesor ultraconservador al que trae de cabeza, sus distorsionadas clases de flamenco y su trabajo con sus alumnos en talleres artísticos de lo más extravagante. Sin embargo, el optimismo que irradia a las personas de su entorno es tan solo una apariencia ya que, en el fondo, Poppy también va en busca de la felicidad. Un personaje protagonista y perfectamente mostrado por Sally Hawkins que le valió el Globo de Oro a la mejor actriz de comedia y el Oso de Plata a la mejor actriz en la Berlinale.

El segundo es el personaje de Ginger, hermana de Jasmine en la película Blue Jasmine de Woody Allen (2013) con quien ya había trabajado anteriormente en Cassandra’s Dream. Si bien el peso del film recaerá, como es lógico pensar, en el personaje interpretado por Cate Blanchett, no es menos cierto que éste se construirá en contraposición al de su hermana. De esta manera, la arruinada Jasmine deberá enfrentarse con la vida real representada por Ginger cuya máxima aspiración es la supervivencia y la felicidad, algo que no parece entrar en los planes de la caída-en-desgracia Jasmine. El contraste entre la simplicidad de la primera y la sofisticación de la segunda va a constituir el eje central de una película en la que, contrariamente a lo que uno pudiera pensar, la comicidad no va a estar en el personaje de Ginger. Esta protagonizará las situaciones emocionales más contundentes de la propuesta de Woody Allen permitiendo a Sally Hawkins mostrar un amplio registro interpretativo en una perfecta construcción  dramédica —si se nos permite la expresión. No es soprendente, pues, que este papel le valiera a Sally su nominación al Oscar a la mejor actriz secundaria en 2014. Un Oscar que se llevó Lupita Nyongo’o por 12 years of Slavery.

Dos películas emblemáticas de la carrera de Sally Hawkins a la que debemos añadir su interpretación de una operadora que atiende la llamada de un suicida  en The Phone Call, dirigida por Mat Kirkby, ganador del Oscar al mejor cortometraje en 2015.

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Hawkins en The Phone Call, cortometraje ganador del Oscar 2015

La tercera de ellas es Maudie,  una producción canadiense dirigida por Aisling Walsh y estrenada en España hace apenas dos semanas, en la que nos encontramos con una interpretación brillante y llena de una sensibilidad que traspasa la pantalla. Y es que la construcción de Maud Dowley es indescriptible. Y no solo porque Hawkins debe mostrar el cambio físico a lo largo de los años de una mujer que sufre de artritis reumatoide desde su juventud, sino porque se desnuda emocionalmente en su búsqueda de la libertad personal frente a una familia represiva  y una sociedad patriarcal y rural — la acción se sitúa en Nueva Escocia en el primer tercio del siglo XX—  que la estigmatiza por su enfermedad. Un camino de afirmación personal en la que se encontrará con Everett Lewis (interpretado por un magnífico Ethan Hawke), un huraño pescador que contrata a Maud para los trabajos domésticos, y que acabará conviertiéndose en su marido y en principal defensor del trabajo pictórico de su mujer. Un viaje íntimo de dos seres marginales que se comprenden a la perfección y se respetan/admiran mutuamente transpirando simplicidad y paz. Algo que provoca una empatía absoluta con las audiencias no desde las acciones que se nos narran sino desde los valores que los personajes nos transmiten. Porque Maudie no trata de una historia de amor ni de una historia de superación personal —algo que probablemente hubiera explotado una producción norteamericana más o menos sensiblera,  Maudie transmite una lección de vida, una reflexión acerca de nuestro concepto de «priorización de las cosas». Una lección de vida, de buen cine y de interpretaciones brillantes que es muy de agradecer.

Esperemos que, por fin, podamos ver a Sally Hawkins en la lista de candidatas a premios como mejor actriz principal. Porque esta sensible pequeña gran mujer se lo merece.

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