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Representación, Ideología y Recepción en la Cultura Audiovisual

32 años sin Andrei Tarkovsky, el gran poeta del séptimo arte

En el año 1974, el poético director ruso Andrei Tarkovsky, después de haber realizado su cuarta película, participó en una ouija junto a algunos de sus amigos. Durante la sesión se cuenta que contactaron con el espíritu del poeta ruso Boris Pasternak, a quien Tarkovsky le preguntó acerca de cuántas películas le quedaban por hacer, a lo que el espíritu le contestó que le quedaban tres filmes por hacer y que todos ellos serían obras maestras. Durante los últimos días de postproducción de su séptimo filme, Tarkovsky veía cómo su vida se iba desvaneciendo por culpa del cáncer que tenía en el pulmón. Era incapaz de no recordar aquella ouija que hizo hace tantísimos años y que tanto había acertado con su destino. Días después, un 29 de diciembre del año 1986, moría uno de los mayores genios del séptimo arte.

El cine de Tarkovsky ha servido como referencia para muchísimos cineastas (Alejandro González Iñarritu o Lars Von Trier, entre otros), que han sabido ver en él, a un verdadero poeta con la cámara. A un evocador nostálgico neoromanticista cuya filmografía emociona y conmueve a partes iguales.

Ya en su primer filme, La infancia de Ivan (1962), podemos apreciar temas que aparecerán en el resto de su filmografía: la inocencia perdida, la nostalgia del hogar y la figura de la mujer; de importancia vital en su vida, pues Tarkovsky después de que su padre le abandonase, fue criado por su madre y hermanas, a quienes rinde homenaje en este primer film a través del sueño y el deseo recurrente de Iván.

Uno de los fotogramas más conmovedores de La infancia de Iván

Con Andrei Rublev (1966), el director soviético, utiliza la figura del conocido pintor ruso de estilo gótico que da nombre al filme para crear un ensayo de tres horas sobre el arte y su arduo proceso de creación, su destrucción y del total rechazo de los gobiernos por él. De este modo, situándonos siglos y siglos atrás, Tarkovsky crea una crítica al gobierno totalitarista soviético y su política que no permitía apenas algún tipo de expresión artística, penando cualquier obra que tratase de temas religiosos o que fuese contra el pasado “glorioso” de Rusia; en definitiva, contra todo sobre lo que Tarkovsky se atrevió a hablar con su segunda obra, la cual fue prohibida por la Unión Soviética hasta el año 1971.

Después de quedar totalmente maravillado con 2001: Una odisea en el espacio (Stanley Kubrick, 1968), Andrei Tarkovsky se dispuso a crear su propia epopeya espacial junto a su colaborador Fridrikh Gorenshteyn, basándose en una novela de Stanislaw Lem. Un proyecto que vería la luz en el año 1971 bajo el nombre de Solaris y con un mínimo presupuesto de aproximadamente un millón de rublos (que equivaldrían unos trece mil doscientos euros).

Me es imposible no acordarme de una escena de la película en la que el protagonista está flotando, en una cabina llena de libros sobre arte, abrazado a la recreación de su fallecida mujer; y como con esta escena es capaz de representar la naturaleza humana y su debilidad por apegarse a su pasado y al amor imposible y tóxico, y al pasado.

Después de una obra que ocurre a millones de kilómetros de la tierra, Tarkovsky vuelve a poner los pies en el suelo con El Espejo (1974), una brillante y filosófica oda hacia su madre y su infancia; a través de una innovadora técnica narrativa alternando diferentes épocas temporales. Además de los poéticos planos que nos brinda el director, muchas escenas son acompañadas por poemas de su padre, Arseni Tarkovsky, que se convertirían en un elemento indispensable en sus siguientes filmes.

“Mientras escarbo en busca de la verdad, tantas cosas le pasan a esa verdad que en vez de descubrirla desentierro un montón de… perdón… prefiero no decirlo”

Stalker (1979) es, bajo la opinión de muchísimos admiradores, la obra maestra definitiva de Andrei Tarkovsky. Una cinta tremendamente desoladora que cuestiona temas que el ser humano se ha replanteado durante milenios: la libertad, la fe y el deseo. La cinta (cuya primera grabación fue accidentalmente destruida, causando una segunda grabación con muchísimo menos presupuesto) nos ofrece una total reflexión espiritual que consta de una de las escenas más desoladoras del cine, para acabar con uno de los finales más esperanzadores.

Andrei Tarkovsky, harto de la tiránica represión que le imponía la Unión Soviética, decide marcharse a Italia donde rueda Nostalgia (1983), película con la que, tal y como dice su título, expresa la nostalgia hacia su propio país, no su país actual si no una vista romanticista, idílica y utópica de su país. Pues la perfección únicamente la encontramos en nuestra mente.

En sus últimos años de vida huye definitivamente de la Unión Soviética con su familia y se traslada a vivir a Suecia, donde junto a la ayuda de su gran amigo Ingmar Bergman, realizaría su film póstumo, donde Tarkovsky cuestiona el final del mundo que está a punto de abandonar: Sacrificio (1986). Esta película da el punto y final a una filmografía llena de simbolismos recurrentes: el renaciente fuego, el agua estancada y en movimiento, el arte destrozado, la naturaleza y naturaleza como refugio del alma; temas como la nostalgia, la pérdida de la inocencia, el pasado, la existencia de una deidad por encima de nosotros; una bellísima fotografía evocadora y poética; montaje pausado dilatando el tiempo y reconstruyéndolo, espacios donde el tiempo y la soledad han dejado mella en ellos, banda sonora cuidada al milímetro donde ningún sonido está dejado al azar y donde ninguna pieza musical sobra.

La obra de este Dios del cine jamás será olvidada, y solo nos queda decirle, allá donde esté, gracias.

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