Three Billboards Outside Ebbing, Missouri.

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En España, el estreno de Tres anuncios a las afueras (2017), venía precedido por la cosecha de premios que culminaron en los Globos de Oro que, de un modo inesperado, consiguieron dejar en la cuneta a films de la talla de Dunkerke (Nolan, 2017) y Call me by your name (Guadagnino, 2017), y que dejó sólo con dos premios a la esperadísima The shape of water (Guillermo del Toro, 2017). Por otro lado, el estar protagonizada por Frances McDormand, siempre promesa de un talento personalísimo y rotundo, redondeaban las ganas y las expectativas del film. Si a ello le añadimos que tal talento iba a protagonizar la mala leche de una madre que quiere evidenciar la falta de justicia en los asesinatos machistas, la promesa de una narración heroica escrita por el hoy cineasta controvertido y antes enfant terrible del teatro angloirlandés, Martin McDonagh, el caramelo nos parece más que apetecible. Pero muy a menudo sucede que las promesas que nos llegan del otro lado del atlántico, sobre todo cuando se trata de formalidades narrativas no muy clásicas por decirlo de algún modo, o por la capacidad ‘intimidatoria’ de sus contenidos, suele espantar o dejar muy fría a la crítica. Sin ganas de meterme en un jardín, creo que a veces nos pasa que leer y celebrar el talento clásico americano y el estilismo elitista europeo nos parece todo un ejercicio de justicia, del mismo modo que también nos parece justo abalanzarnos contra quién gamberrea en el cosmos cinematográfico para proteger el Olimpo de lo ‘clásico’ y lo “imperturbable”. Un tema de actitud al que me refiero, nada más. Pero a veces es importante mirar de otro modo para pulir con el ejercicio espectatorial aquellas piedras que se nos antojan brutas o con grietas en su tallado, por no decir que nos desestabilizan. Y esto es lo que me gustaría hacer aquí.

No voy a defender que el film sea brillante y regular. Bien es cierto que, al terminar, no sabemos con exactitud si hemos disfrutado de una película de humor negro; de un western descontextualizado; de una surrealista película de sobremesa en la que se sucede una cadena de favores y de superaciones personales; o de una comedia del absurdo llena y plagada de personajes extremos, con un anticlímax anunciado, y personajes siniestros con falsos golpes de efecto. Esto, por no hablar de la arriesgada combinación de tonos. Si en algunos momentos el cinismo y el gamberrismo lo es todo, en otros momentos lo sentimental y lo profundo del melodrama también tiene su lugar. Combinación marciana de tonalidades muy subrayada y muy intencionada por su director. De hecho, todo ello ya es marca de la casa McDonagh. Pero precisamente, llegando a este punto, ante el desconcierto del film, ante la premeditación de una formalidad gamberra y una temática acusadora y desestabilizadora a grandes dosis, cabe pensar que todo está al servicio de la construcción de una heroína de lo más inusual.

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Efectivamente, el gran acierto del film es el monumental personaje que levanta la monumental Frances McDormand. Una mujer ruda, con la boca más sucia que hayamos oído en las pantallas. Obcecada, obstinada, obsesiva, y tenaz y concienzudamente violenta. Desagradable y capaz de llevar al extremo su lucha sin padecer, al menos no explícitamente, por cómo su empeño afectará a su hijo en su fama, reputación y socialización. Una mujer que más que recelo da miedo, con un verbo nada apaciguador, y con pocas ganas de hacer amigos. Eso sí, con un sentido de la justicia abrumador, con un pasado atormentado y con un sentido de la culpabilidad insalvable, que defiende verdades como puños, y reconoce el bien a millas de distancia. Un personaje femenino, si, al margen de todos los convencionalismos. Un personaje excéntrico en sí mismo en tanto que es héroe y en tanto que es mujer. Si bien podríamos disculpar tal excentricidad por el propio universo del film, plagado de personajes de los más ousiders, no debemos tomar a broma que todo esto sea una mujer. Puesto que de un modo premeditado esta heroína se escribe en los márgenes de lo que el cine clásico nos ha enseñado que una madre coraje debe ser.

La película no es irregular por error. La película no es desconcertante, sino que busca el desconcierto. Persigue el gamberrismo tanto como valor de venta como valor subversivo. Y como son las cosas y las paradojas, tanta subversión, a veces, se consigue simplemente por construir lo clásico dónde nunca ha habitado. A medida que el film avanza, nos damos cuenta de que, quizá por primera vez, se ha escrito una heroína femenina al estilo de los héroes masculinos clásicos. Héroes como los que Bogart o Eastwood personificaron tantas veces. A los que hemos celebrado por el tan masculino sentido de la justicia que ha combinado la obcecación y la fe ciega en su misión, con altas dosis de violencia, amoralidad y fatalismo. Héroes que han personificado y celebrado la mística de la mala leche, la individualidad contra el mundo, el tormento interior, la fe en una justicia que no se cree pero que se anhela. Con la conciencia de que, en el fondo, nada cambiará. Sabiendo que te enfrentas a la nada. Una heroicidad, al fin y al cabo, defendida y construida por un código de honor.

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Cuesta, claro que cuesta. Mildred Hayes, mujer de 50 años, no es una heroína al uso. Mildred Hayes, mujer enfadada con el mundo, no es una heroína al uso. Mildred Hayes, mujer violenta, no es una heroína al uso. Pero cuando el cine sigue teniendo dificultades para encontrar una narración y representación heroica femenina (léase “Wonder Woman, siempre nos quedará el amor”) en un momento histórico en el que las mujeres en la vida real estamos poniendo en crisis lo “clásico” e “imperturbable” del sistema, parece que Mildred Hayes concentra en sí misma lo agrio de nuestras denuncias. Mildred Hayes denuncia la impasividad social y judicial de la violación y muerte de su hija. ¿Podemos pensar pues que por su heroína y su argumento el film es feminista? Tengo dudas. No me atrevería a decir que Martin McDonagh tiene una conciencia y vocación política en ello. Sin embargo, el contexto, si puede significar la película desde el feminismo. Y no me refiero sólo a qué este año los Globos de Oro significaron la celebración de los reclamos feministas en contra del acoso sexual, la brecha salarial, y en contra de los procesos de exclusión de género y de racialización. Me refiero también a el efecto reivindicativo que ciertas sutilidades formales y argumentales pueden tener si somos conscientes del contexto “clásico” e “imperturbable” en el que aun vivimos. De algún modo el film se celebra por su carácter grotesco. Pero este canto a lo grotesco es, en el fondo, una revelación al paternalismo al que tanto sucumbimos como sociedad y que funciona como apaciguador premeditado de las revoluciones contemporáneas. Así, el hecho de que el personaje de Woody Harrelson intente neutralizar la furia de Mildred Hayes apelando a que él, joven y padre de dos hijas, irremediablemente muere de cáncer, apela a una cultura de la compasión paternalista que en un momento dado deslegitima o despolitiza de un modo sutil, casi invisible, el sentido de la justicia social. La respuesta de Mildred Hayes, todo un jarrón de agua fría y todo un asalto al código de honor guerrero masculino: ¿qué tendrá que ver esto con la incompetencia de la justicia a hacer frente o a tomarse en serio las violencias machistas?.

polica paternalismo

No hace mucho, justo antes de ver el film, me aventuré en una conversación en la que intenté explicar que el modo en el que se institucionalizan las masculinidades pueden ser una plataforma promotora de violencias. Mi aportación mereció un castigo. Se me espetó, con agresividad, que si con ello quería decir que todos los hombres son violentos. Como respuesta un simple No. Pero ello me hizo dar cuenta de que, como sociedad no estamos preparados para comprender el alcance simbólico e ideológico de lo que Mildred Hayes responde al Sheriff cuando él, impotente ante su discurso demoledor, le asegura que sin pruebas no puede hacer nada. Ella, con total naturalidad, una naturalidad que lamentablemente es más interpretada como subversión que no como ideológica, le dice que lo que puede empezar a hacer es empezar a guardad en ADN de todo hombre que nazca, pues puede ser que por más bueno que sea, alguna vez sea quién viole, quien agreda, o quién inicie un conflicto bélico. Me asombra la natural incapacidad con la que nuestra sociedad aún no ha descubierto ni discutido uno de los mínimos denominadores que definen e institucionalizan violencia. Creo que, por el momento, el alegato de Mildred Hayes sólo puede ser tomado a broma o como síntoma de lo grotesco. Por qué, lamentablemente, Mildred Hayes, con su físico y sus verdades y su sentido de justicia, desestabiliza  pone en peligro lo “clásico” y lo ” imperturbable”. La masculinidad, ¿no?

 

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