“Trainspotting 2”; Nostalgia, ¿y qué más?

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El sueño de muchos cinéfilos e hijos de los 70, 80 y 90 al fin se ha visto cumplido. Sí, Trainspotting 2 ya está en las carteleras de cine de todo el mundo. ¿Deberíamos regocijarnos? Primero, recapitulemos. Echemos la vista atrás. Allá por el año 1996 se estrenaba una película que marcaría la juventud de muchos. La plasmación de las aventuras y desventuras de un grupo de jóvenes toxicómanos en una deprimida ciudad de Edimburgo, aderezada con una banda sonora más que sobresaliente (¿Quién no recuerda la sobredosis de Renton al son de “Perfect Day” de Lou Reed, o el trepidante inicio de la cinta a ritmo de “Lust for Life” de Iggy Pop?) hizo las delicias de toda una generación. Pues bien, Danny Boyle ha cedido a las demandas de los fans, y junto a él regresa también el reparto original. Ahora, veinte años más tarde, llega la largamente esperada Trainspotting 2, basada en la novela Porno de Irvine Welsh (quien por cierto vuelve a interpretar a Mikey Forrester una vez más), y sólo a esa misma generación le corresponde juzgar si ha merecido la pena la espera. Al fin y al cabo somos nosotros los que la hemos reclamado con insistencia.

Al inicio de Trainspotting 2 el espectador se reencuentra con Renton (Ewan McGregor), ícono de los 90 ahora convertido en un cuarentón que corre sobre una cinta de gimnasio en la ciudad de Ámsterdam, en la que al parecer ha estado viviendo todo este tiempo, después de fugarse con el dinero que él y sus compinches consiguieron al término de la primera Trainspotting a raíz de un lucrativo negocio de venta de heroína. Es en este lugar donde todo comienza, ya que Renton sufre un achaque en medio de su entrenamiento y pierde el conocimiento, cayendo desplomado. Lo siguiente que sabemos es que está de vuelta en Edimburgo, veinte años más tarde, y todavía después de visionar la película seguimos sin comprender del todo cual es el motivo real que le ha llevado a regresar. Podría decirse que este episodio provoca que sienta la llamada de sus raíces, que los asuntos que dejó sin resolver tiempo atrás en su ciudad natal le requieren cuando la perspectiva de la muerte se convierte en una realidad tangible. Resultaría fácil atribuirle esta decisión al peso de la conciencia, aunque más bien parece ser la falta de un rumbo definido lo que lo trae de vuelta.

A partir de aquí, es más bien poco lo ingenioso o sorprendente a destacar. Y es que quizás el aspecto más criticable de esta secuela sea precisamente la gran cantidad de paralelismos que existen con la original, lo que sirve para echar la vista atrás y hacer un ejercicio de concienciación del paso del tiempo, pero poco más. La película está plagada de fotogramas y motivos que recuerdan a los de la original, empezando por el tema que abre la acción, “Shotgun Mouthwash”, de High Contrast, al que lo acompañan imágenes muy vintage, en este caso de iconos holandeses, como Johan Cruyff (en substitución de George Best, quien, sin embargo, reaparece más tarde), y hay que reconocer que este resulta ser un truco muy efectista. Esta escena inicial rápidamente nos tiene tamborileando en nuestros asientos, entregados, pero pronto se diluye el embrujo. Las imágenes de lugares emblemáticos de la ciudad de Edimburgo y del barrio de Leith también vuelven a apoderarse de los fotogramas, y esto si resulta ser todo un acierto.

En cuanto a la trama, esta gira entorno a dos ejes argumentales claros que confluyen. El principal es el intento de Sick Boy, ahora conocido simplemente como Simon (Jonny Lee Miller), y Renton de montar un prostíbulo junto con Veronika (Anjela Nedyalkova), amiga de Simon, aunque para él sea algo más, y por la que Renton desarrollará también sentimientos. No podía faltar la chica joven, en esta ocasión una prostituta búlgara, y el fantasma del pasado, Diane (Kelly MacDonald), que se le aparece a Renton para recordarle que la chica es demasiado joven para él, como ya lo fue ella en su momento. Lo que parece estar recordándole en realidad es que este camino ya lo ha transitado, y que debería tratar de evitar dar los mismos pasos, no fuera cosa que terminara por desandar el camino recorrido, olvidando a su vez lo aprendido.

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Renton y Sick Boy tienen un negocio entre manos, a pesar de que las rencillas del pasado todavía no se hayan depurado.

En cierto punto Sick Boy define a la perfección el viaje de Renton. Este ha regresado para realizar una visita turística a su pasado, y esa es la sensación que el espectador experimenta también. Visitamos personajes, lugares y situaciones conocidas, y muy queridas, pero que en realidad aportan poco, en ocasiones nada, a un argumento cogido con pinzas. No faltan tampoco las alusiones al malogrado Tommy (Kevin McKidd), ni a la hija de Sick Boy, que ahora sería una mujer hecha y derecha. No podemos evitar sentir mariposas en el estómago cuando las imágenes del filme original se entremezclan con las del actual, haciéndonos partícipes de los estragos que ocasiona el paso del tiempo.

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Spud sigue luchando contra su adicción.

En cuanto a los otros dos personajes protagonistas, Spud (Ewen Bremner) sigue siendo el tipo adorable, frágil y desternillante a partes iguales del que muchos nos enamoramos en los 90. Ahora descubre, y nosotros con él, otra dimensión de su sensibilidad; la escritura. Begbie (Robert Carlyle) protagoniza el segundo eje argumental. Sus niveles de agresividad y locura han aumentado todavía más si cabe, y no es de extrañar, ya que se han ido macerando lentamente durante veinte largos años pasados en prisión. Uno de los momentos más esperados es precisamente ese reencuentro entre él y Renton, que a nadie debe sorprender que se produzca cuando Begbie se fuga de la cárcel.

Como puede apreciarse, Begbie no se ha calmado un ápice en todos estos años.

¿Adolecemos de un exceso de nostalgia? La tendencia actual de explotar el sentimiento de añoranza del espectador se está instaurando más y más en la cultura popular. ¿Es esto tal vez preocupante? ¿Implica acaso una falta de frescura en el imaginario popular? Otras producciones como el reciente Episodio VII de La Guerra de las galaxias (para muchos poco más que un calco del Episodio IV), o la muy aclamada serie televisiva de estética ochentera Stranger Things parecen corroborar la existencia de esta tendencia. Mientras estos ejercicios de reutilización y recreación de los arquetipos de clásicos consagrados no impliquen una pérdida de originalidad en otras producciones actuales estaremos a salvo, pero no deberíamos olvidarnos, bajo ningún concepto, de producir nuevos iconos.  Embriagarse con estas producciones al tiempo que pensamos aquello de “cualquier tiempo pasado fue mejor” quizás no sea suficiente. Podríamos terminar por experimentar una sensación de eterno retorno, algo que parece sucederle a Renton y su pandilla.

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