¡Un premio (¿Emmy?) para el joven Sheldon ya!: Reseña del episodio 16 de El joven Sheldon

Young Sheldon 16
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En este nuevo episodio, mientras que su personaje no consigue ser premiado en la ficción, Ian Armitage parece concentrar más razones para lograr ser el actor más joven en ser nominado al premio Emmy a mejor actor de comedia. En “Asteroides asesinos, Oklahoma y una máquina encrespadora de pelo”, este niño (“prodigio”) no sólo encarna fielmente el papel de Sheldon de niño, sino que canta (nada menos que temas de Evita de Lloyd Webber), baila claqué y actúa, interpretando, no sólo pasajes de King Lear, sino incluso representando a la archifamosa Annie (otro caso de cross-gendering teatral, como en la época de Shakespeare). Con ello, además de dejar perplejo a su profesor de dramatización, Mr. Lundy (interpretado por Jason Alexander, de Seinfeld), demuestra, además, una vez más, que nuestro protagonista es capaz de hacer bien todo aquello que se proponga, especialmente si encuentra la guía de cómo hacerlo en los libros.

No obstante, es comprensible que nos resulte rara la entregada dedicación a las artes de esta alma que se había mostrado hasta ahora (y lo seguirá haciendo en The Big Bang Theory, de adulto) tan completamente seducida por la ciencia. La explicación se encuentra en un desengaño que podría casi asimilarse a los amorosos, dada la impetuosidad de los sentimientos de ambas circunstancias. Y es que Sheldon, a pesar de su afirmación de que, al tratarse de un evento en que se transmitían conocimientos, todos los participantes eran ya ganadores, en realidad estaba convencido de que se llevaría el premio de la competición de la feria de ciencia de Medford High School con su póster que mostraba un revelador estudio sobre el peligro que representan los asteroides para la Tierra. Pero fue su propio mundo el que dio un vuelco al no ser capaz de encajar la noticia de que fuera en su lugar la insustancial máquina de encrespar el pelo de SuAnne la que le arrebatara tan preciado reconocimiento y le hiciera merecedor, en cambio, de una simple cinta de mención honorífica. (No sabemos qué habría pasado si hubiera ganado el experimento de su hermano, George Jr. sobre qué refresco le hace eructar más fuerte ;-P)

La cuadriculada mente de Sheldon no puede entender cómo el jurado puede ver más mérito en esa simple (aunque llamativa) máquina, que en un proyecto que advierte de un potencial riesgo para la raza humana, así que no escatima en esfuerzos para hacer ver a todos sus compañeros de instituto lo que él considera como un sinsentido e injusticia ante los que no había otra salida que la rebelión. Pero, como actitud no le surtió efecto, decidió ir a la raíz del problema y cortar por lo sano con su amor, la ciencia. Tras los intentos fallidos por parte de George Sr. de animar a su pequeño (que le llega a decir que no ha oído ni una sola palabra de su elaborada y bien intencionada perorata), será con la ayuda (si se puede llamar así) del especialista médico al que le ha llevado su madre en anteriores ocasiones, como Sheldon encauza su afición en la nueva dirección antes descrita: la artística.

El episodio está cuajado de escenas cargadas de humor (que no falta nunca en la serie), como aquélla en la que la familia recibe la noticia de que su pequeño genio es el responsable nada menos que del papel principal de Annie, tratando de disimular su sorpresa para no desalentar a Sheldon en esta nueva iniciativa que tan positivos efectos parece estar ejerciendo en su “crisis vocacional”. En esta misma línea, Missy hace de perfecta partenaire de Meemaw, llegando a veces a dar la impresión de que tenemos en ellas también representadas dos edades de un mismo personaje (como en el caso de Sheldon en las dos series). Este paralelismo se hace especialmente evidente cuando, ante la reacción negativa del resto de los miembros familiares (especialmente de Mary) tras las expresiones supuestamente irónicas tanto de Missy como de Meemaw, ambas responden con la misma frase: “No entendéis mi sentido del humor”. Su estrecha conexión queda, además, reafirmada por las miradas de complicidad que se lanzan mutuamente en diversas circunstancias comprometedoras para la una o para la otra.

Y, yendo más allá con esta duplicidad de personajes, terminamos con el de la propia Annie, que nos hace reír al verla plasmada primero en Sheldon (peluca pelirroja, vestido y pequitas incluidas), y luego, tras el ataque de pánico que le impide actuar en público (para alegría de sus abnegados familiares, excepto Missy, que, según ella misma, deseaba su humillación pública), en Mr. Lundy, cuya perilla facial hace aún más evidente su intención de expandir las fronteras de la dramatización rompiendo moldes de género en la conservadora Texas de 1989. Como dice la voz en off del Sheldon adulto, el efecto de su experimento teatral no necesita comentario; el silencio que prosigue a la escena final (aunque resulte paradójica la afirmación que estoy haciendo) lo explica todo. Pero, lógicamente, ese es el silencio del auditorio texano de hace casi 30, y es roto por las inevitables carcajadas de los telespectadores del siglo XXI, tanto de Texas como de otros lugares del Planeta donde se emite la serie, por ejemplo de Málaga, donde yo me encuentro y desde donde espero seguir riendo y disfrutando de esta encantadora serie por mucho tiempo. 

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