Representación, Ideología y Recepción en la Cultura Audiovisual

Una oda a la creatividad sin límites y al valor cultural: «Keep Your Hands Off Eizouken!»

El mundo de la animación es un complejo camino que recorrer. Muchas son las producciones que llegan a nuestras televisiones o salas de cine, normalmente de la mano de estudios masivos reconocidos por tener una enorme maquinaria industrial, técnica y artística que les permite lanzar proyectos de forma continuada. La animación ha pasado a formar parte del imaginario colectivo y de la rutina de los espectadores, ya sea gracias a Disney o gracias a que, prácticamente, todas las producciones ya llevan incorporadas elementos CGI en sus conceptos artísticos. Sin embargo, salvo los cinéfilos más empedernidos, pocos son los que conocen el arduo proceso al que se enfrentan los animadores para lograr la textura perfecta, el movimiento correcto o la iluminación adecuada. Pues bien, tal vez uno de los animes de esta nueva temporada sea la solución para comprender el intricado mundo de la animación ¿Su título? Keep Your Hands Off Eizouken!

Estrenada el 5 de enero adaptando el manga de Sumito Ōwara, la historia comienza con Midori Asakusa, una adolescente cuya monótona rutina la tiene sumida en el más profundo aburrimiento. Un fortuito acontecimiento le cambia la vida para siempre: la serie de Hayao Miyazaki de 1978 Conan, el Niño del Futuro. Al verla, Midori encuentra su verdadera vocación: dedicarse a crear anime. Para ello, convence a su mejor amiga, Sayaka Kanamori, y a la famosa modelo, Tsubame Mizusaki, para formar un club de anime en su instituto y dedicarse a aquello que les apasiona. Así, la serie sigue las vicisitudes a las que se tendrán que enfrentarse las jóvenes para llevar el club Eizouken adelante.

Mizusaki explica cómo se animan los personajes a través de capas de dibujos que permiten apreciar la figura en movimiento una vez unidos

Teniendo en cuenta la premisa de la serie, uno de sus ejes principales va a ser la reflexión claramente metaficcional de su propuesta donde cada episodio sirve para explicar las fases del proceso de animación y el funcionamiento de las técnicas empleadas en el anime desde la creación de storyboards, al uso de la cámara multiplano patentada por Walt Disney en 1937, hasta la digitalización de los dibujos. Una traslación a pequeña escala que se traduce en victorias/derrotas par las chicas de Eizouken, pero que es un reflejo fidedigno de la realidad de la industria. Así pues, la serie presenta un didactismo relevante para dar a conocer el cómo se deben desarrollar los proyectos artísticos (la complejidad del trabajo organizado y los plazos), la explicación de las diferentes etapas de la producción audiovisual (desde la idea hasta el marketing) y la funcionalidad de los diferentes departamentos que intervienen en el proceso. Este último brillantemente representado por el rol que desempeñan las tres protagonistas: mientras Asakusa y Mizusaki son las artistas encargadas del diseño de los personajes y del concepto artístico; Kanamori desempeña el trabajo de producción negociando el presupuesto y los materiales. Sus respectivas formas de ser son una clara exhibición paródica de los roles en la industria donde los artistas muestran una imaginación desorbitada, mientras el agresivo y autoritario productor les mantiene los pies en la tierra.

Realizada en dos líneas de acción diferentes, la serie también propone una reflexión acerca de la creatividad sin límites a través de la hibridación estética. Así, la realidad se mezcla con la fantasía en las mentes de las chicas de Eizouken donde las diferentes técnicas artísticas se combinan creando un poderoso atractivo visual. Ni que decir que este barroquismo estético se debe a la dirección de Masaaki Yuasa, prolífero cineasta cuyo sello autoral se centra en el hiperbolismo y en la narración laberíntica. Realizador de largometrajes como Mind Game, Lu Over the Wall, Night is Short Walk on Girl (aquí el link con el artículo sobre estas dos últimas) y Ride Your Wave o series como The Tatamy Galaxy o Devilman Crybaby, Eizouken! respira la impronta de Yuasa y hace aún más relevante la importancia de su mensaje.

Las chicas se adentran literalmente en el mundo de ficción que van a crear para su ansiado anime

En este sentido, la serie pone en valor dos elementos: por un lado, la figura del artista y, por otro lado, la relevancia del lenguaje cinematográfico como medio de expresión. La primera como personalidad en contacto directo con la realidad para realizar su arte (aunque sea para crear un mundo fantástico) y la segunda como parte indispensable del relato cultural que apela a las emociones de los espectadores (aunque éstos no sean consientes de ello). En todo momento se insiste en el sacrificio que supone la dedicación de los animadores y la necesidad de que se contemple socialmente como una forma de vida. Al igual que se hace hincapié en mostrar al artista como un observador con una estrecha relación con su entorno y en constante evolución creativa.

Muchos han comentado que Keep Your Hands Off Eizouken! es una carta de amor al anime. Aunque no vamos a negar dicha afirmación, en mi opinión, la serie va mucho más allá. Ōwara y Yuasa unen sus fuerzas para realizar una reivindicación del valor y el poder cultural de los contenidos audiovisuales – sea cine, televisión, videojuegos o anime. Por supuesto que no hay que obviar el hecho de que la animación forma una parte vital de la identidad cultural japonesa, pero el mensaje se traslada a cualquier forma de expresión artística; y, en especial, a la cinematográfica. No hay que olvidar que en la serie el arte une a jóvenes de diferentes clases sociales (Mizusaki es de clase alta y Kanamori/Asakusa de clase media/baja). Como tampoco hay que olvidar que en el episodio 4 – ¡Agarra bien ese machete! – el humo, los casquetes de bala y la luz del atardecer del corto de las chicas de Eizouken “salen” literalmente de la pantalla invadiendo el espacio del espectador. Algo que a mi me recuerda al público corriendo aterrado viendo las imágenes de La Llegada del Tren de los hermanos Lumiére en 1895. Una perfecta alegoría que demuestra el poder del arte de traspasar las barreras físicas y llegar a las emociones y a los sentidos ¿Quien iba a decir que un simple anime podría llegar a una reflexión tan profunda? Sencillamente, este es el poder del arte.

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