Ver o no ver… “Will”

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Que El Bardo es una figura inmortal de la literatura occidental es un hecho. Que sobre su vida y su obra se han elaborado multitud de lecturas, versiones y reinterpretaciones, también. Nada nuevo bajo el sol, pues, cuando TNT nos propone acercarnos una vez más a William Shakespeare a través de una serie de televisión. Una oportunidad más, quizá, de explorar su genio creativo y de conocer mejor su biografía. Y sin embargo, el resultado de la idea ha sido cuando menos desigual. Una sola temporada de diez episodios, críticas tibias y audiencia discreta. En esa línea me acerco a Will, vistas ocho entregas del total, sin ser capaz de decidir si recomiendo verla o no. He aquí mis cinco razones para la ambigüedad:

  1. Las recompensas: Para quien ha leído, estudiado y/o admirado de algún modo a William Shakespeare, Will es un reto constante. El protagonista, interpretado por un novato Laurie Davidson (graduado en Arte Dramático en 2016), aparece en plenos arrebatos creativos, busca/roba/adapta ideas ajenas, e incluso se cita a sí mismo utilizando en sus diálogos frases de textos que aún no ha escrito. Conociendo su trabajo, una no puede evitar pasarse los cincuenta minutos de visionado como con ganas de apretar el botón de respuesta de un concurso, y gritar “¡Ricardo III!”, “¡Macbeth!”, o la obra que corresponda según van surgiendo las referencias intertextuales. Es, cuando menos, divertido.
  2. La tematización del poder: Uno de los puntos fuertes de la serie es cómo presenta las luchas de poder a diferentes niveles, y cómo muestra los efectos que éstas tienen sobre l@s protagonistas. Encontramos protestantes a muerte contra católicos, empresarios teatrales en pie de guerra, tensiones entre actores por el protagonismo, batallas de rimas autor versus autor (una de las mejores escenas es sin duda la lucha de ingenios entre el aún inocente Shakespeare y el oscuro Christopher Marlowe, interpretado por un Jamie Campbell Bower que llega a ser molesto en su obsesión por conocer el infierno), mujeres esforzándose por hacerse un hueco en un mundo de hombres… Cada quien desarrolla sus estrategias y paga su precio. Y por cierto: el actor Ewen Bremner (Trainspotting, Match Point, Wonder Woman) podría hacer un extraordinario trabajo como Richard Topcliffe, el azote de los católicos, si le escribieran guiones un poco menos acartonados.
  3. Los personajes/actores secundarios: La serie combina recreaciones de figuras reales con personajes que son pura invención. En virtud de los actores/actrices que los interpretan, varios de ellos le roban el foco al mismo Shakespeare, que a veces no luce como debería en la piel de Davidson. Es el caso del magnético Max Bennett como el jesuita Robert Southwell, por ejemplo. Pero esto ocurre especialmente cuando aparece en pantalla Colm Meaney –inolvidable en The Van (1996)– como el actor y empresario James Burbage. Su veteranía devora la imberbe juventud de Davidson, su voz lo llena todo y su fuerza deja claro que el teatro es la vida y que, ocurra lo que ocurra, el espectáculo debe continuar.

WILL-Burbage gif

  1. La violencia: Sin negar las brutalidades de la época ni olvidar el lado oscuro del excitante Londres isabelino, dada la temática principal de la serie sería de esperar que los guionistas jugaran más con la dramaturgia y los trucos escénicos y menos con la sangre y los intestinos (literalmente). Will alterna episodios festivos y llenos de humor con entregas oscuras que tiñen la pantalla de rojo, y estas últimas con frecuencia se hacen demasiado pesadas. Para la caracterización del villano Topcliffe no es necesario tanto detalle escabroso (dejen a Bremner hace su trabajo), ni nos hace falta contemplar a Marlowe babeando, moqueando y sangrando en plano corto con tanta frecuencia (los esfuerzos de Campbell por superar el papel de Caius en la saga Twilight son demasiado para cualquiera).
  2. Las estrategias narrativas: La mano que mece la cuna en Will no es otra que la de Craig Pearce, actor y guionista australiano que colaboró con Baz Luhrmann en los guiones de Romeo + Juliet (1996), Moulin Rouge! (2001) y The Great Gatsby (2013). Esto se hace evidente desde el minuto uno del piloto, que arranca con música punk-rock y con una sobrecarga de sonidos y cuerpos en pantalla. Los anacronismos-cum-reescrituras que veíamos en los tres exitosos títulos de Luhrmann marcaron las primeras entregas de la serie, atrayendo y sorprendiendo por igual (en mis clases sobre Shakespeare el alumnado se quejaba de las incongruencias: “¡El público del teatro eran punkis!”, llegó a exclamar una voz más airada que emocionada). El problema llegó cuando esta promesa de cine-de-autor-hecho-serie, que podría haber garantizado una audiencia de fans entregados al estilo Luhrmanniano, se diluyó en un drama pseudohistórico con pretensiones. El foco narrativo se desplazó del teatro a la religión y de la creatividad al martirio, y el ritmo se rompió sin haberse recuperado de momento. Vistos ocho episodios, he perdido casi todo el interés y no tengo muy claro hacia dónde nos lleva Pearce con su propuesta. Con todo, agarrándome a la fe como hace su joven Will, me aferro a mis razones para verla y espero que El Bardo no me decepcione… salvo que le obliguen.  
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