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¡Viva el amor!: reseña del episodio 21 de El joven Sheldon

Este episodio número 21 de El joven Sheldon (“Un salchichón, un chubasquero de bolsillo y Tony Danza”) sirve para, por una parte, ir marcando el final de esta primera temporada, que consta de 22 (pero sin pena, pues no se trata de un “adiós” sino de un “hasta luego”, al estar confirmada la emisión de la segunda); y, por otra, para reconocer cómo Chuck Lorre y compañía se han dado cuenta de que ciertos personajes secundarios pueden darles mucho juego. De este modo, en esta ocasión tenemos escenas en las que incluso se llega a prescindir del geniecillo Sheldon, para poner en el centro de nuestro interés a otros familiares suyos que llegan a adquirir tanto protagonismo, que cuesta considerarlos como secundarios.

Me refiero concretamente a la mini-MeeMaw (pues parece haber heredado muchos de los rasgos de la personalidad irónica y gamberrilla de su abuela), Missy, y a su padre. La supermadre Mary se dio cuenta en episodios anteriores de que George sénior debía romper el círculo de confort que cumplimentaba a la perfección su alter ego, George Jr., para fortalecer sus vínculos paternales con Sheldon. Después de ver esto último casi como misión imposible, aconseja a George que se ponga una meta más alcanzable: estrechar los lazos de unión con su hija. George, siempre obediente (con más o menos buen grado), acaba siguiendo el camino marcado por su esposa, de modo que da a elegir a Missy el plan que más ilusión le haga para pasar tiempo los dos solos. Ella, que no pierde puntada, aprovecha para pedir ir a Red Lobster, un restaurante caro, a pesar de que no sabe ni cómo se come lo que allí sirven: crustáceos gigantes que le llegan a dar miedo. Pero es justo este hecho el que hace que padre e hija se acerquen afectivamente, en una bonita escena en la que la Princesita Missy (pensó que la ocasión no requería menos nivel de elegancia que el que su disfraz le ofrecía) es ayudada por su papá-caballero.

Esta cita “padre-hija” da lugar a otra, “madre-hijo”, en la que Mary intenta también aprovechar para tener una conversación cercana en la que llegar a conocer mejor a su primogénito. Pero todo sale al revés de su plan, y acaba siendo George quien termine descubriendo (o casi, ya que su nivel intelectual no le permite sacar muchas conclusiones) ciertos detalles desconocidos del pasado de Mary que la acercan, a su vez, en parte, al modo de ser de su progenitora. Todo ello provoca, además una serie de preguntas y respuestas que mueven, sin escapatoria, a la risa.

Otra referencia a la importancia de los secundarios en este episodio viene determinada por el retorno del entrañable Dr. Sturgis, que ya anuncié en mi anterior entrada, en mi comentario al episodio 19 concretamente. Así, a vosotros/as no os coge de sorpresa, pero sí a la familia Cooper, incluida Meemaw, ya que Sheldon le había invitado sin consultarlo previamente para evitar un “no” por respuesta. Esta iniciativa de Sheldon conlleva, por un lado, risas, ya que esta nada convencional abuela se encuentra a su pretendiente en casa cuando acaba de llegar de su clase de aeróbic acuático, con el pelo chorreando y oliendo a cloro (como los dos “genios” no dudan en señalar); y, por otro, pena, la de ver cómo este niño lucha desesperadamente por procurar el acercamiento de este profesor, no tanto a su abuela como a su propio entorno, pues con él se encuentra como pez en el agua, cosa que no le ocurre con los niños de su edad.

Resulta un poco inverosímil que la aventurera y nada convencional Meemaw se sienta atraída por este erudito profesor mayor que llega a su casa con artilugios que podrían parecer ridículos, tales como el propio salchichón que lleva a su cita, el chubasquero de bolsillo (que le hace no temer a circunstancias climáticas adversas), o un casco (va en bici) y un wok que lleva colgado y que es tan grande que le hace parecer (como él mismo reconoce) una tortuga Ninja. Pero nos resultará más fácil creer en esta relación si tenemos en cuenta que este señor resulta entrañable, respetuoso al máximo, servicial, cariñoso… y sobre todo, como ya dijimos en la anterior entrada, no podemos olvidar que se parece a Sheldon en muchos aspectos, y Meemaw siente una especial debilidad por su nieto sabio.

Como se deduce de lo expuesto, este episodio, que se centra en afianzar relaciones de amor de distinto tipo (paterno-filial y románticas), tiene a Sheldon más bien de espectador y de propiciador de situaciones que protagonizan los que le rodean. Y es así literalmente, si tenemos en cuenta que pasa gran parte del mismo mirando por la ventana de su casa con unos prismáticos a la casa de enfrente, que no es otra que la de su abuela. Y, paralelamente, el niño hace de consejero en la distancia tanto para Meemaw como para el profesor Sturgis. Esto es lógico: tiene mucho en juego, poner en contacto a dos personas a las que aprecia en alto grado por distintos motivos. El joven Sheldon no siempre se mueve en el plano teórico del conocimiento: demuestra aquí que también tiene sentido práctico. A ver si le funciona para cumplir sus objetivos. Esperemos que sí, pues me caen bien los personajes implicados en ellos, Meemaw y el profe Sturgis; y porque me gusta ver a Sheldon feliz. Que así sea.

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