Walter White: la irresistible atracción por el lado oscuro

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La ficción seriada de la Edad de oro de la televisión se caracteriza, entre otras cosas, por la capacidad de convertir en protagonistas absolutos a seres negativos, deleznables o criminales. El antihéroe ocupa el espacio del héroe clásico en los relatos audiovisuales postmodernos pues no es otra cosa que alguien que desempeña sus funciones narrativas pero que difiere en valores y apariencia.

En el caso de Walter White, protagonista de Breaking Bad (AMC, Vince Gilligan, 2008-2013), interpretado por un excelente Bryan Cranston, aparece un enfoque novedoso sobre la moralidad. Es cierto que en otras series también se exponen cuestiones sobre la ética o el binomio bueno/malo pero, de acuerdo con el escritor Chuck Klosterman, la gran diferencia de Breaking Bad es que sugiere continuamente que la moralidad es una elección personal. Y lo vemos a través del personaje protagonista quien, siendo un tipo de ser humano al comienzo de la obra, decide convertirse en otro muy distinto –su alter ego Heisenberg– a lo largo de sus 62 capítulos.

Lo esencial, entonces, es que el protagonista resuelve, en un momento de su vida, convertirse en una mala persona. Y se trata, hay que insistir en ello, de una decisión fruto de su propia conciencia. La maldad, nos dice este drama, es una opción personal. Y el público le sigue y acompaña, toda vez que el guión ha permitido que se coloque a su lado desde el principio, cuando aparece como un pobre hombre, afectado de una grave enfermedad, y desesperado por el futuro de su familia. Esta es una de las claves de su atractivo: la paradoja de una audiencia que, aun conociendo la moralidad de White, se resiste a darle la espalda. Breaking Bad, en palabras del crítico Alberto N. García: “estampa al espectador contra el muro de su conciencia una y otra vez” porque, ante la metamorfosis que sigue White, como público decidimos acompañarle y sostenerle. Nos fascina el lado oscuro de ese personaje insulso y sin recursos.

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Aunque la mayoría de series contemporáneas se benefician del juego que proporcionan los antihéroes –el mafioso Soprano, el embustero e infiel Draper–, aun a costa de la escala de valores tradicional o de romper con el binomio correcto/incorrecto, en aquellos relatos era la ambigüedad la protagonista y, en general, asistíamos al conflicto interior de los personajes, que intentaban situarse en el polo positivo de la ecuación. Esto termina con Walter White, un hombre que no se desvía de su objetivo. No hay dudas morales en alguien que, al principio del drama, parecía un ejemplar profesor y padre de familia, aunque frustrado por la ausencia de éxito personal y que luego decide abrazar el crimen. Tiene claro a dónde va e, incluso, se complace y recrea en el poder que va consiguiendo a medida que va haciéndose importante en el negocio.

Heisenberg, explica en el último capítulo, ha sido fruto de su ego –nadie como él es capaz de producir el deseado cristal azul–, y él ha sido feliz alimentándolo: “me sentía vivo” reconoce alguien a quien el cáncer ha condenado a una muerte próxima. El hombre que no tenía nada, parecía haberlo conseguido todo –poder, respeto, temor–, aunque fuera por poco tiempo y a costa de pagar un alto precio. El talento que demuestran los guiones es que, pese a todo, seguimos sintiendo empatía, quizás afecto, por alguien como Heisenberg. Mientras sus seres queridos hacen lo correcto, la audiencia elige el otro lado: nos ofende que su esposa le expulse de su hogar, deseamos que su cuñado no descubra quien es Heisenberg, no queremos que su hijo lo delate. A White lo amamos, odiamos y compadecemos a partes iguales pero, sobre todo, hubierámos querido que las cosas hubieran terminado de otra forma.

En Felina, capítulo final, vemos la aceptación por parte de White de su auténtica naturaleza. Tras escuchar una y otra vez las excusas con las que el personaje sostenía sus crímenes, de repente Heisenberg hace desaparecer a White y se expone como lo que es: un monstruo soberbio y orgulloso. El ego del protagonista era la clave de todo, la necesidad de sentirse alguien de quien se sabía excepcional por sus conocimientos pero abandonado por la suerte, y el placer de sentir el poder que le otorgaba ese ego. Sin embargo, y esa es una de las virtudes de Breaking Bad, incluso en los episodios finales de la obra, cuando no hay tregua en la exposición de traiciones y fechorías, sigue habiendo espacios para reconciliarse con White: la despedida de su hija que duerme en la cuna o la secuencia en que sabemos que el cáncer avanza irremediablemente –cuando la alianza de boda se desliza de su dedo– impiden dejar solo al antihéroe al que hemos acompañado durante todo el recorrido que le lleva desde aquel anodino profesor de química hasta el temido Heisenberg.

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