Yorgos Lanthimos afina su fórmula en “El sacrificio de un ciervo sagrado”

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El director griego Yorgos Lanthimos ha destacado en los últimos tiempos en el panorama del cine independiente con propuestas innovadoras como Canino (2009) o Langosta (2015), y ahora regresa con El sacrificio de un ciervo sagrado. La reiterada aparición del motivo animal en sus títulos bien podría convertirse en objeto de estudio, aunque quizás se trata únicamente de una coincidencia. La obra encuentra su origen en el mito griego de Ifigenia, pero este se retuerce hasta convertirse en lo que Lanthimos produce: una cinta que sorprende al espectador desde su mismo arranque, poniendo en pantalla una operación a corazón abierto con enfoque cenital. Al movimiento del órgano en cuestión, que pertenece a un hombre real, le acompaña la sinfonía “Stabat Mater D383” de Schubert. Cada latido acentúa la sensación de que la historia que va a desplegarse está teñida de dramatismo y trascendentalismo, y esta intuición no hace más que confirmarse a medida que avanzan los minutos de metraje.

Tras su destacable interpretación en Langosta, Colin Farrell repite, interpretando en esta ocasión a Steven Murphy, un prestigioso cirujano de reputación aparentemente intachable y con la vida familiar soñada. Esto incluye a su esposa odontóloga Anna (Nicole Kidman), a su amada hija Kim (Raffey Cassidy) y a su hijo menor Tom (Sunny Suljic), y, como no podía ser de otro modo, una vida opulenta. Sin embargo, el médico esconde un secreto que a la postre tendrá consecuencias terribles; mantiene el contacto con Martin (Barry Keoghan), el hijo de un paciente que murió en su sala de operaciones y propietario del corazón que protagoniza el plano inicial de la película.

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Steven (Colin Farrell) es víctima del chantaje emocional de Martin (Barry Keoghan), un adolescente capaz de aterrorizar a un adulto.

Partiendo de estas premisas básicas Lanthimos despliega las herramientas de dirección que le caracterizan y que han llevado a su obra a convertirse en algo distinto e incomparable, prácticamente como si de un nuevo género se tratara. Entre sus rasgos más definitorios se encuentran unos personajes asépticos e incapacitados para expresarse de un modo verosímil, lo que se traduce en unos diálogos planos y carentes de emoción. Esta característica es un recurso al que el director griego recurre adrede, ya que es la música clásica que acompaña la acción la que proyecta el espectro de emociones desgarradoras que experimentan estos personajes arquetípicos. De ahí que esta en ocasiones raye en la estridencia o en la más pura melancolía.

Así es como lo quiere Lanthimos. Pese a que sus personajes se enfrentan a situaciones extremas, el director opta por proporcionar pocas directrices a su reparto, que además tiene poco tiempo para familiarizarse con el guion e interiorizarlo. Así se consigue una suerte de diálogo que bien podríamos calificar de automático, regurgitado para ser rápidamente vomitado. Los actores se convierten así en meros vehículos, que transmiten una presencia vacía en el interior de la cual se intuye una violencia intrínseca. No es de extrañar, pues, que gran parte del público no consiga conectar con un modo de narrar historias que puede resultar algo pretencioso e incluso absurdo, según las sensibilidades de cada cual.

En estos términos se desarrolla la relación entre Steven y Martin. El sentimiento de responsabilidad (y quizás también de culpa) del primero para con el segundo le conduce a establecer un lazo tóxico, ejerciendo de padre en funciones de un chico que cada vez reclama más atenciones. Se trata de un auténtico chantaje emocional que va en escalada, gracias en gran parte a la soberbia interpretación de Barry Keoghan, cuyo personaje se comporta de manera cordial, incluso amigable en algunas fases, pero siempre inquietante. Finalmente, y después de conocer a la familia Murphy en su totalidad, Martin revelará sus auténticas intenciones y pondrá a Steven ante una terrible encrucijada. El cirujano que acabó con la vida de su padre deberá decidir ahora que miembro de su familia sacrificar para compensar el impacto causado en la vida del adolescente. De lo contrario, no sólo morirá uno, sino todos.

Pese a que el planteamiento es terriblemente dramático, lo cierto es que por momentos los diálogos pueden resultar incluso cómicos debido a la acritud de los personajes. Así, lo trágico se funde con lo cómico, que se diluye a su vez con lo terrorífico, que se entremezcla con lo sobrenatural, confundiendo al espectador en sus expectativas y transmitiendo una sensación de ambigüedad. En cualquier caso, el horror se hace con la hegemonía cuando los hermanos Murphy caen enfermos de manera inesperada y siguiendo los patrones exactos que Martin había descrito previamente. Pese a los múltiples análisis y pruebas a los que son sometidos, nadie en el hospital es capaz de dilucidar las causas de la dolencia que les aqueja, paralizando sus piernas e incapacitándolos para consumir alimentos por vía oral. La posibilidad de que Martin este imbuido con algún tipo de poder sobrenatural no puede descartarse, y así el hogar de los Murphy se convierte en un lugar inquietante.

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La psicosis se apodera del hogar Murphy, ante lo inexplicable de las circunstancias que afectan a la familia.

Uno de los puntos más interesantes del filme es la insinuación de los complejos de Edipo y Electra. La relación entre progenitores y descendientes de sexo distinto es idílica; no así la que se establece entre padre e hijo o entre madre e hija. Si Steven se enfurece cuando Tom se demuestra incapaz de tragar comida, llegando a creer que se trata de un capricho infantil y forzándolo a comer, su reacción cuando es Kim quien no puede ingerir alimentos es bien distinta, más comprensiva y sosegada. Este es uno de los grandes misterios de El sacrificio de un ciervo sagrado, ya que el director pone gran énfasis en estas diferencias de trato entre los distintos miembros de la unidad familiar.

Pero quizás el mensaje que más hondo cala es que el ser humano alberga todo un registro de atributos negativos. La vileza, la indecencia o la capacidad innata para ejercer la violencia son algunos de los temas que se ponen de relieve, y se trata de rasgos que nadie parece poder eludir. Un cirujano negligente; una esposa capaz de traicionar a su marido para obtener información; un adolescente que esconde un vengativo plan maquiavélico; una hija que antepone su amor por el chico que atormenta a su familia al que siente por sus padres y su hermano; un niño mimado que prioriza abiertamente su supervivencia por encima de la de su hermana; un compañero de trabajo (el anestesista, interpretado por Bill Camp) que no duda en exponer las debilidades de su compañero a cambio de los favores sexuales de la esposa de este. Lanthimos no deja títere con cabeza.

El mensaje parece ser que nadie escapa a la corrupción del alma, y que por muy convincente que pueda ser una fachada, basta con empujar a una persona a ciertos límites para que aflore lo que realmente alberga en su interior. Y este es precisamente el papel que ejerce Martin en la vida de Steven, instigándole a expiar sus pecados ante los ojos de sus seres queridos, provocando la total desintegración del núcleo familiar. Todo ello estriba en una atroz escena final abierta a interpretaciones, en la que el protagonista deberá decidir que ciervo sacrificar en aras de los demás.

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