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Representación, Ideología y Recepción en la Cultura Audiovisual

¿A quién llamas loca? «Crazy Ex-Girlfriend» y los tópicos

Para dejar claras las cosas desde el inicio y para que las condiciones de elaboración de esta entrada sean transparentes, debo explicar que mi forma de ver Crazy Ex-Girlfriend ha sido a base de ‘maratones’ durante unos pocos días consecutivos. Vaya esto por delante porque condiciona mi percepción de la serie como espectadora y como crítica para este blog. Indudablemente, no es lo mismo esperar al episodio semanal, ver dos entregas dosificadas por HBO en un día o darse un atracón de episodios a la carta vía streaming. Una se relaciona de manera diferente con las tramas, los ritmos y, sobre todo, con los personajes. De ahí este disclaimer inicial. Dicho esto, vayamos al tema.

Crazy Ex-Girlfriend es una creación de Rachel Bloom y Aline Brosh McKenna. El título más conocido de esta última en la industria audiovisual es probablemente El diablo viste de Prada (2006). Bloom, por su parte, era conocida desde 2010 por sus locos vídeos musicales y su contribución poniendo la voz a varios personajes de animación, y la serie que hoy nos ocupa la ha situado en el panorama de la pequeña pantalla, proporcionándole visibilidad y premios tan relevantes como un Globo de Oro en 2016. Ambas concibieron su propuesta para Showtime, que rodó un episodio piloto pero luego decidió no seguir adelante. Dándole una vuelta, lograron venderla a la compañía The CW, que la distribuyó en Estados Unidos entre octubre de 2015 y abril de este mismo año. En nuestro país, las cuatro temporadas están accesibles bajo suscripción y a demanda en Netflix.

Como es habitual en el complejo panorama audiovisual de nuestros días, Crazy Ex-Girlfriend es una serie híbrida desde el punto de vista del género narrativo. Se podría etiquetar como ‘dramedia’, si bien es la parte humorística lo que domina. En la línea de cómicas con gran presencia actualmente, como Amy Schumer, Bloom y Brosh ofrecen un producto que se basa en las convenciones de la comedia romántica más tradicional para retorcerlas, darles la vuelta y hacerlas explotar. Es un material arriesgado, contemporáneo y de afán deconstructivo que juega con los tópicos más manidos activándolos, exponiéndolos y (la mayoría de las veces) derribándolos.

El punto de partida de la historia es el siguiente: Rebecca Bunch (interpretada por la propia Rachel Bloom), una abogada judía de éxito en Nueva York, se reencuentra por casualidad con Josh Chan (Vincent Rodríguez III), su novio de la adolescencia, y decide en un impulso dejarlo todo y mudarse a West Covina (California) para estar cerca de él y recuperar el amor que vivieron durante un campamento de verano. Lo que comienza como una potencialmente problemática trama de acoso acaba convirtiéndose en un viaje de autoconocimiento en el cual tienen cabida amores y desamores, amistades y rivalidades, persecuciones y vigilancias, rechazos y discusiones, retos profesionales y personales, alcohol y comida basura, embarazos y abortos, lentejuelas y pijamas, salud y enfermedad… y muchas canciones.

Uno de los puntos más originales de Crazy Ex-Girlfriend es su adscripción irreverente al género musical. Cada episodio incluye varias canciones, todas ellas delirantes e interpretadas por actores y actrices que no son en general Pavarottis ni Artetas. Sus letras puntúan los temas claves de cada entrega de la serie, y van acompañados de números de danza que se atreven a parodiar desde los shows más icónicos (ej. Cats), pasando por escenas de películas tan reconocibles como Marilyn entonando “Diamonds Are a Girl’s Best Friend” en Los caballeros las prefieren rubias (1953) y tocando estilos de diferentes épocas y subculturas. La banda sonora se ha puesto a la venta en formato álbum, y tras la emisión del último episodio todo el elenco participó en un espectáculo en el Radio City Music Hall de Nueva York que repasaba los momentos musicales más populares.

Otro de los elementos a destacar en la creación de Bloom y Brosh es su humor atrevido, que combina gags clásicos de comedia gestual (caídas, tropezones y situaciones embarazosas varias desde el punto de vista físico) con chistes inteligentes llenos referencias culturales de complejidad diversa (no nos permiten olvidar que Rebecca Bunch es una joven de clase acomodada y educada en Harvard). La serie se atreve a abordar de forma cómica asuntos como la toxicidad de la construcción tradicional del amor romántico (todo vale si se hace en nombre del amor, como Rebecca demuestra renunciando a toda responsabilidad sobre sus actos), los cánones de belleza (que la protagonista persigue, rompe, adora, modifica, odia y cuestiona a un tiempo), la presión de la masculinidad hegemónica (que varios personajes de varón ponen en primer plano y desmontan), las obsesiones del capitalismo salvaje (competir, comprar, consumir – competir, comprar, consumir – competir, comprar, consumir) y, de manera muy destacada, la salud mental, que merece mención aparte.

Crazy Ex-Girlfriend surge como interrogante sobre el estereotipo de la “ex” desequilibrada que reconocemos en la cultura popular y que probablemente tiene uno de sus mejores exponentes en el personaje de Alex Forrest (Glenn Close) en Atracción fatal (1987), con quien Rebecca Bunch tiene varios puntos en común. Si en un principio nos muestra un catálogo de despropósitos que parecen tener su origen en el mero capricho de una niñata malcriada, con la progresión de la serie vemos que la cosa es más profunda. En un momento determinado Rebecca halla por fin una explicación a lo que le ocurre, que tiene que ver con las romcoms de Hollywood y las revistas femeninas, pero también con un trastorno mental real, serio y con tratamiento. La lectura de un personaje que –especialmente si se ha practicado el binge-watching, como es mi caso– puede resultar excesivo y hasta cansino si se filtra únicamente a través del cliché cultural de la “ex” recalcitrante, cambia radicalmente. Como persona viviendo con un Trastorno Límite de la Personalidad, la Rebecca de las dos últimas temporadas promueve la empatía, la compasión y el acercamiento respetuoso de una manera que antes quedaba fuera de la dinámica de recepción, como han destacado reseñas en varios foros sobre trastornos psicológicos y psiquiátricos.

Aunque hay otros aspectos a valorar que alargarían este artículo (el soberbio trabajo de algunos actores secundarios, los aciertos en vestuario, el uso más o menos forzado de la estructura del triángulo amoroso, etc.), me gustaría terminar aquí poniendo sobre la mesa el debate sobre el enfoque feminista (o no) de Crazy Ex-Girlfriend. Las discusiones han sido intensas en internet, las reseñas han apuntado a los extremos (es la serie más feminista de la historia // ha sido una decepción total en este sentido) y, como casi siempre, la respuesta se encuentra probablemente en algún punto intermedio. ¿Es la posición de Bloom y Brosh feminista como creadoras? Seguramente. ¿Es el suyo un feminismo primermundista, marcado por el privilegio de clase y que roza el postfeminismo en ocasiones? Sin duda. ¿Es la igualdad una cuestión importante en Crazy Ex-Girlfriend? Por supuesto. ¿Se hace comedia con ella, como con todo lo demás? Sí, y de forma refrescante. ¿Ofrece la serie modelos alternativos de hombres y mujeres? Lo hace. ¿Contempla la diversidad en un tono positivo? Mayormente. ¿Hace pensar sobre las convenciones románticas, los estereotipos y los prejuicios dañinos? Innegable. ¿Debemos exigirle mucho más a una comedia televisiva? Quizá sí, quizá no. Juzguen ustedes.

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