Cinco razones para ver Velvet

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En mi última entrada en el blog ya comenté que me quedaba con ganas de seguir hablando de esta serie. Desde las muchas perspectivas desde las que podría hacerlo, he elegido esta que es la más sintética y que puede ayudarnos a entender grosso modo algunas de las posibles claves del éxito de Velvet, o al menos algunas de las que han llamado mi atención. No en vano, sus productores se complacen repetidamente en anunciar su promedio de más de 3 millones -superando en ocasiones los 4– de audiencia en sus cuatro temporadas de vida. Y esto, a pesar de competir en la misma franja horaria contra Gran Hermano, considerado como la gran bestia negra de las series de Antena 3. Ya en mis comentarios anteriores, señalé algunas de las sombras que recaen sobre este programa, así que ahora me centraré en “las luces” (en 5, cosa difícil), que pueden también complementarse con la información que ya aporté en la citada entrada.

  1. La combinación del elenco de actores, que incluye tanto a reputados actores clásicos, de fama indiscutible (José Sacristán, Aitana Sánchez Gijón, o Concha Velasco), como a otros actores emergentes (artistas “de moda” como Paula Echevarría, Miguel Ángel Silvestre, o Amaia Salamanca). Pero yo destacaría a otros hasta hace poco menos conocidos y que encarnan a personajes secundarios que han ido conquistándonos progresivamente: Javier Rey (Mateo), Asier Etxeandía (Raúl de la Riva: para mi gusto, excepcional), Cecilia Freire (Rita), o Marta Hazas (Clara).
  2. A pesar de su moderado presupuesto, su filmografía destaca por la gran calidad de su fotografía, música (preciosa selección de temas que llenan de la magia del pasado las escenas), y dirección. Además, los detalles de la época en que se desarrolla están cuidados hasta el extremo, reflejándose tanto en la moda (centro de la temática de Velvet), como en el mobiliario, accesorios, costumbres… A ello hay que sumar un hecho histórico: los más de 16 minutos de riguroso directo de su último capítulo, en que, por ejemplo, hasta los relojes marcaban la hora real y las lágrimas de los personajes eran también las de los actores, que se despedían para siempre de la serie en directo.
  3. La variedad de personajes y relaciones: del mismo modo en que hemos señalado los distintos tipos de actores que pueblan la serie, también podemos destacar paralelamente un surtido variado en lo que se refiere a los personajes que encarnan y a las tramas que los relacionan. Así, por ejemplo, aunque la historia de amor que constituye el eje central de Velvet tiene como columnas fundamentales a Ana y Don Alberto, existen otras relaciones amorosas no menos atractivas, como las de Rita y Pedro o Clara y Mateo. Y, junto a personajes que se mueven en el eje del bien, nos encontramos a otros malvados; junto a los centrados, a los díscolos; los románticos y los puramente pasionalesCon tanta diversidad, es fácil atraer a todo tipo de gustos.
  4. En este mundo tan darwiniano en que vivimos, en que parece que sobrevive solo el más fuerte (usando todo tipo de herramientas con tal de conseguir el éxito), en el que tenemos la impresion de que la corrupción lo impregna todo, o de que hay que aniquilar a quien piensa distinto, gusta ver -aunque sea en la ficción- que (además de esto) existen también personas luchadoras, leales, trabajadoras, y amigas de sus amigos (en la serie existen bonitas relaciones de amistad tanto femeninas como masculinas).
  5. La sensación de que, tras todos los contratiempos y dificultades que padecen los protagonistas, por su buen corazón, al final habría “justicia poética”, un concepto que, ya en el siglo XVII, Thomas Rymer distinguía de la justicia sin más, caracterizada por que una serie de normas prevalecen sobre la propia bondad en sí. Creo que los espectadores nos hemos ido convirtiendo en acompañantes de las vicisitudes de los personajes que no desfallecen en su búsqueda del bien, esperando el triunfo y la felicidad de “los buenos”. Y al final, no hemos quedado defraudados: en la serie todo acaba bien (y “los malos” acaban muy mal). Hay a quienes aburre este tipo de finales, aduciendo que son poco originales o idealizados; perdonad mi simplicidad, pero yo creo que para finales infelices, ya tenemos demasiados ejemplos en la vida real. Considero que no viene mal ver en la ficción que merece la pena esforzarse por aquello que realmente valoramos, sin desfallecer ante las dificultades.
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